Parte de mi inspiración

Quería dejar un relato de uno de mis autores favoritos Edgar Allan Poe. se trata de una historia de suspense y terror.

Sobre E. A. Poe:

Edgar Allan Poe, fue un escritor, poeta, crítico y periodista estadounidense. Fue renovador de la novela gótica, recordado especialmente por sus cuentos de terror.

El corazón delator, es uno de sus cuentos, publicado por primera vez en el periódico literario The Pioneer en enero de 1843. Poe lo republicó más tarde en su periódico The Broadway Journal en su edición del 23 de agosto de 1845.

La historia presenta a un narrador anónimo obsesionado con el ojo enfermo (que llama «ojo de buitre») de un anciano con el cual convive. Finalmente decide asesinarlo. El crimen es estudiado cuidadosamente y, tras ser perpetrado, el cadáver es despedazado y escondido bajo las tablas del suelo de la casa. La policía acude a la misma y el asesino acaba delatándose a sí mismo, imaginando alucinadamente que el corazón del viejo se ha puesto a latir bajo la tarima.

Esta es la historia:

El corazón delator

¡Es verdad! Soy muy nervioso, extraordinariamente nervioso. Lo he sido siempre. ¿Pero por qué dicen que estoy loco? La enfermedad  ha aguzado mis sentidos en vez de destruirlos o embotarlos. De todos ellos el más fino es el oído. Yo he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra, y no pocas del infierno. ¿cómo, entonces,  puedo estar loco? Observen con qué serenidad, con qué calma, voy a contarles esta historia.

Es imposible definir cómo penetró la idea en mi cerebro. Sin embargo, una vez adentrada allí, me acosó día y noche. Realmente no había ningún motivo para ello. El viejo nunca había hecho daño, y yo lo quería.  Jamás me insultó, y su oro no me despertaba la menor codicia.

Creo que era su ojo. Si… ¡Eso era! Uno de sus ojos se parecía a los del buitre. Era de un color azul pálido, nublado por una catarata. Siempre que ese ojo se detenía sobre mí, se me congelaba la sangre. Y así, poco a poco, gradualmente, se fue apoderando de mi espíritu la obsesión de matar al anciano, y librarme para siempre de aquella mirada.

Ahora viene lo más difícil de explicar. Me creen loco, pero no pensarían así si me hubieran visto,  si hubiesen podido observar con qué sabiduría, con qué precaución y cautela procedí… ¡con qué disimulo puse manos a la obra!

Jamás me comporté tan amable con él como durante la semana que precedió al asesinato. Cada noche, cerca de las doce, descorría el pestillo de su puerta y la abría  muy suavemente. Cuando la tenía lo suficientemente abierta para asomar la cabeza, metía una linterna bien cerrada, para que no  se filtrara ninguna claridad: luego introducía la cabeza. ¡Oh, se habrían reído viendo el esmero con que lo hacía,  por miedo de turbar el sueño del viejo. No exagero al afirmar que  por lo menos tardaba una hora en realizar esta maniobra, y contemplar  al anciano acostado en su cama. ¿Podría haber sido tan prudente un loco?

En seguida, una vez que mi cabeza se hallaba dentro de la habitación, abría silenciosamente la linterna. ¡Oh, con qué cuidado, con qué sumo cuidado: Abría sólo lo necesario para que un rayo casi imperceptible de luz se clavara en el ojo de buitre. Hice esto durante siete noches interminables, a la misma hora, y siempre encontré el ojo cerrado. Así se fue volviendo  imposible concretar mi propósito; porque no era el viejo quién me molestaba, sino aquel maldito ojo. Y todas las mañanas, cuando  amanecía, entraba osadamente en su cuarto, y le conversaba valerosamente, con voz muy cordial, interesándome por saber cómo había dormido.

Comprenderán que tendría que haber sido un hombre demasiado perspicaz para sospechar que todas las noches, siempre a las doce, yo le espiaba durante su sueño.

Finalmente, en la octava noche, entreabrí la puerta con mayor sigilo que antes. La aguja de un reloj se movía más a prisa que mi mano. Jamás, como en ese minuto, pude apreciar tan  bien la magnitud de mi astucia, y apenas lograba dominar mi sensación  de triunfo. ¡Pensar que estaba allí, empujando muy pausadamente  esa puerta, y que él ni siquiera vislumbraba mis acciones y mis pensamientos secretos!

Ante esta idea se me escapó una leve risa, y tal  vez me oyó, ya que de pronto se movió en su lecho, como si fuera a despertar. Tal vez se imaginarán que me retiré de inmediato. Pues no, se equivocan, no fue así.

Su alcoba se hallaba profundamente oscura. Las ventanas  estaban herméticamente cerradas por miedo a los ladrones, y las  espesas tinieblas envolvían toda la estancia. Absolutamente seguro  de que el anciano no podía ver nada, me disponía a abrir   la linterna, cuando mi pulgar resbaló sobre la perilla de la puerta,   y el viejo se incorporó en su cama, preguntando:

—¿Quién anda ahí?

Permanecí completamente inmóvil, sin musitar una sola palabra, y durante una hora no moví un músculo.  Tampoco él, en todo ese tiempo, volvió a acostarse. Continuaba sentado en la cama, alerto, haciendo lo mismo que yo había hecho  en esas largas noches, oyendo deslizarse a las arañas en la pared.

De pronto oí un gemido profundo. Se trataba de un lamento de terror mortal, no de dolor o tristeza. ¡Oh, no! Era el rumor  sordo y ahogado que escapa de lo más íntimo de un alma sobrecogida por el pavor. Yo conocía ese quejido. Muchas veces, precisamente en el filo de la medianoche, cuando todos dormían, lo sentía  irrumpir en mi propio pecho, brotando de los terrores que me consumían.

Sabía lo que estaba experimentando el viejo, y  no podía evitar una gran piedad por él, aunque también otros sentimientos colmaban mi corazón. Comprendía que su zozobra iba en aumento, y que procuraba persuadirse de que sus temores  eran infundados. Posiblemente decía para sí: «No es nada…El viento en la chimenea… Un ratón que corrió por el entretecho… Algún insecto…»

Sí, debe haber intentado calmarse con estas hipótesis. Pero todo fue inútil. La muerte había pasado junto a él,  y lo envolvía. Y era la influencia fúnebre de su sombra,  invisible, la que lo hacía «sentir», aunque no viera ni  escuchara nada, la que le permitía notar mi presencia en su habitación.

Luego de haber esperado un largo rato, me aventuré     a abrir apenas la linterna. La abrí furtivamente, hasta que al  fin un rayo delgado, como el hilo de una telaraña, descendió sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, íntegramente abierto, y al verlo  me llené de furia. Lo vi con claridad perfecta, entero de un azul  mate, y cubierto por la horrorosa nube que me helaba hasta la médula de los huesos. No podía ver nada más; ni la cara ni el cuerpo del anciano. Sólo existía aquel ojo obsesionante.

¿No es acaso una hiperestesia de los sentidos aquello que consideran locura? Una vibración débil, continua, llegó a mis oídos, semejante al tic-tac de un reloj forrado en algodones. Inmediatamente reconocí ese apagado golpeteo. Era el corazón  del viejo que latía, y este sonido excitó mi furia, igual  que el redoblar de los tambores excita el valor de un soldado. Me controlé,  sin embargo, y permanecí inmóvil. Respiraba apenas, y sostenía quieta, entre las manos, la linterna. Hacía un esfuerzo por mantener  el rayo de luz fijo sobre el ojo. Entre tanto, el latido infernal del anciano era por segundos más fuerte, más  rápido, y…, sobre todo, más sonoro.

El pánico de aquel hombre debía ser monstruoso,  y retumbaba en ese latir que crecía y crecía.

He confesado que soy nervioso, y realmente lo soy. En  consecuencia, en medio de la noche y del silencio de esa antigua casa,  un ruido tan extraño hizo surgir en mi un terror incontrolable.  Pese a ello, todavía logré mantenerme, y luché por  conservar la tranquilidad, pero la pulsación se hacía más y más audible, más violenta, y una nueva angustia se apoderaba  de mí. Ese ruido, y los que iban a producirse, podrían ser escuchados por un vecino. La hora del viejo había llegado.

Con un gran alarido, abrí inesperadamente la linterna,  y me precipité en la alcoba. El viejo dejó escapar un grito, un solo grito. En menos de un segundo lo derribé, dejándolo  de espaldas en el suelo, y tiré la cama sobre él, aplastándolo  con su peso. Entonces sonreí, ufano, al ver tan adelantada mi obra. No obstante, el corazón aún latió, con un murmullo apagado.

Pese a ello, ya no me atormentaba. No, no podía  oírse nada a través de las paredes. Finalmente, cesó todo: el viejo estaba muerto. Levanté la cama, y examiné el cuerpo. Sí, estaba muerto. ¡Muerto como una piedra! Afirmé     mi mano en su corazón sin advertir ningún latido. ¡ En lo     sucesivo su ojo de buitre no podría atormentarme!

A los que insistan en creerme loco, les advierto que su opinión se desvanecerá cuando les describa las inteligentes medidas que adopté para esconder el cadáver.

Avanzaba la noche, y yo trabajaba con prisa y en riguroso  silencio. Hábilmente fui desmembrando el cuerpo. Primero corté  la cabeza y después los brazos; luego, las piernas. En seguida  separé unos trozos del entablado, y deposité los restos bajo el piso de madera. Terminado este trabajo, coloqué otra vez   las tablas en su sitio, con tanta destreza que ningún ojo humano, ni siquiera el del viejo, podría descubrir allí algo inusual.  Ni siquiera una mancha de sangre.

Cuando terminé estas operaciones eran las cuatro  y estaba tan oscuro como si todavía fuese medianoche. En el momento  en que el reloj señalaba la hora, llamaron a la puerta de calle. Bajé a abrir confiado, y di la bienvenida a los recién llegados. ¿Por qué no? ¿Acaso tenía algo que temer?

Los tres hombres se presentaron, gentilmente, como agentes de la policía. Un vecino había escuchado un grito en la  noche, y esto lo hizo sospechar de que podía haberse cometido un  homicidio, por lo cual estampó una denuncia en la Comisaría.  Los agentes venían para practicar un reconocimiento.

Sonreí, ya que, repito: ¿acaso tenía algo que temer?

—El grito —les expliqué— lo lancé yo, soñando. El anciano se encuentra viajando por la comarca…

Conduje a los visitantes por toda la casa, y les sugerí que revisaran bien. Por fin, los guié hasta su cuarto. Allí     les mostré sus tesoros; todo perfectamente resguardado y en orden. Entusiasmado con esa gran seguridad en mí mismo, llevé unas  sillas a la habitación, y los invité a que se sentaran,   mientras yo, con la desbordada audacia de mi triunfo, colocaba mi propia silla exactamente en el lugar bajo el que se ocultaba el cuerpo de la  víctima.

Los agentes parecían satisfechos. Mi actitud les  convencía, y hablaron de temas familiares, a los que respondí  jovialmente. No obstante, pasado un rato, me di cuenta de que palidecía,  y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y sentía  que mis oídos zumbaban. Sin embargo, ellos continuaban sentados,   y proseguían la charla. Entonces el zumbido se hizo más   nítido y rítmico, volviéndose cada vez más perceptible. Comencé a hablar atropelladamente, para liberarme  de esa angustiante sensación. Pero ésta persistió,   reiterándose de un modo tal, que no tardé en descubrir que     el ruido no nacía en mis oídos.

Sin duda palidecí más, y seguí hablando sin tino, alzando mi voz, tratando de apagar aquel sonido que aumentaba, «aquella vibración semejante al tic-tac de un reloj envuelto en  algodones». Principié a respirar con dificultad, aunque los agentes aún no escuchaban nada, e hilvané frases apresuradas, con mayor vehemencia. El tic-tac se elevaba, acompasado. Me levanté  y discutí tonterías, con tono estridente, haciendo grotescas   gesticulaciones. ¡Todo era inútil! ¡El latido crecía, crecía  más. ¿Por qué ellos no querían marcharse? Comencé  a caminar de un lado a otro por la habitación, pesadamente, a grandes  pasos. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer? Echaba espumarajos,  desvariaba. Volvía a sentarme y movía la silla, haciéndola  resonar sobre el suelo. Pero el latido lo dominaba todo, y se agigantaba indefinidamente.

Los hombres continuaban conversando, bromeando, riendo. ¿Sería posible que no oyeran? ¿Dios Todopoderoso, sería posible? ¡No, no! ¡Ellos oían… sospechaban! ¡Sabían! ¡Sí, sabían, y se estaban divirtiendo con mi terror!  Así lo creí, y lo creo ahora. Y había algo peor que  aquella agonía, algo más insoportable que esa burla. ¡Ya no podía tolerar por más tiempo sus hipócritas sonrisas,  y me di cuenta de que era preciso gritar o morir, porque entonces…!  ¡Préstenme atención, por favor!

—¡Miserables! —exclamé—. ¡No disimulen  más! ¡Lo confieso todo! ¡Arranquen estas tablas! ¡Aquí, está aquí! ¡Es el latido de su implacable corazón!

Espero que os guste y que os de ideas nuevas

3 Responses to Parte de mi inspiración
  1. Julio

    Me gusta mucho Poe. De pequeño leía sus historias. También me gusta mucho una cosa, aparte de la historia: que usas el guión largo y además está bien colocado. Hay que usar el guión largo en los diálogos. Lo copio aquí de tu texto para que sepan cuál es y, al lado, el guión normal, que no se usa en textos a ordenador: – —

    ¿Ven la diferencia, verdad?

    ¡Un saludo!

  2. tollos2004@terra.es'

    lauramartin21

    Sii, se nota la diferencia, repasare los relatos & los ire cambiando. Es mi escritor preferido me gustan muchos las historias de ese tipo.

  3. Julio

    Mi favorito puede que sea El escarabajo de oro… ¡Me parece genial! ¡Un saludo y buena historia!

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