El Edificio

Le despertaba una luz muy tenue que dimanaba de las paredes blancas de su cuarto pero que era lo suficientemente potente para que el joven la percibiera anaranjada a través de sus párpados. Se levantó y notó que sudaba; había pasado una mala noche. Tenía la sensación de verse ahogado por el pijama mientras una gota de sudor frío corría por su frente. Pocas cosas había para él peores que sentir calor, ese agobio, la desorientación, el mal humor que le provocaba notar la sábana húmeda, el madrugar de la halitosis y ya por último su soledad. Aquel chico vivía rodeado de una tecnología que le facilitaba el día a día, que le mantenía aparte de todo lo malo y sin pensar en lo que verdaderamente le obsesionaba. Cualquier sensación extraña le hacía desestabilizarse.

Sin que aquella gota llegara a su ceja, la temperatura del aire acondicionado había bajado. Los pequeños circuitos electrónicos a modo de chips que le habían instalado en el cerebro meses antes, sabían de sus conexiones neuronales subconscientes antes de que tomaran forma de pensamiento;  Cuando tenía hambre y pensaba en tomar su desayuno, ya uno de sus “robots´´ le esperaban en la puerta de su cuarto con el menú que más le apetecía, preparado. Algo le decía que se había suprimido un mecanismo cerebral que su abuelo tenía y él estaba perdiendo, por el cual dependía de máquinas para sentirse bien. Ello suponía la primera de sus locuras.

Antes de comer, subió lentamente las cortinas blancas, permitiéndose observar su ciudad. Este, era un gesto absurdo, ya que se ordenador personal podría haber mimetizado sobre las persianas lo que sucedía allí fuera sin necesidad de subir el dosel. El joven prefería verlo directamente con sus ojos antes de que se lo enseñara una máquina. Sentir lo que sentían sus antepasados cuando eran ellos los que tenían que subir la cortina era algo que le hacía sentir humano. Esto era lo único que pintaba el instinto en su vida.

A través del cristal de su habitación pudo ver el edificio de en frente, el decimosexto piso, donde vivía su amigo. Este bloque de viviendas se encontraba relativamente cerca, a unos diez metros. Era un edificio de color azul, enorme, que no le permitía ver el resto de la ciudad, y tenía unos amplios balcones donde las decenas de vecinos salían a fumar su tabaco, o a coger el aire.

El chico sintió de nuevo una sensación de agobio. Su amigo no estaba. Para colmo, habían cambiado las cortinas de aquel piso, que tomaban ahora un color amarillento vetusto, con lo que el joven pudo deducir que su amigo se había trasladado. Seguro que también podría entablar una amistad con el nuevo inquilino.

El joven intentó relajarse, solo había sido una mudanza, nada más. Aquel piso había cambiado de dueño, seguro que alguien muy agradable que prefería las cortinas mugrientas y amarillentas se había instalado, nada más.

Quiso olvidarse de todo esto y se dio la vuelta para ir a desayunar, pero en ese momento fue cuando se abrieron las cortinas del piso de su amigo. Volvió a prestar atención. Salía al balcón la nueva inquilina, al parecer: una señora, muy mayor, de más de cien años, con la cara desfigurada por las arrugas que le surcaban la frente de un lado a otro, probablemente por haber trabajado al sol, que habría teñido en su piel ese color intenso. La vista de halcón del joven le permitió percibir todos los detalles de su rostro acaramelado. Aquella anciana le devolvió la mirada. Encendió un cigarrillo y miró a los transeúntes de la calle sentada en un sillón antiguo que guardaba en el balcón, bajo una sábana.

Al salir, la anciana había abierto las cortinas de su decimosexto piso y el joven pudo ver el interior de la vivienda. Predominaban las revistas del corazón sobre el tapete bordado de su mesa de café, también se podían observar numerosas colillas sobre un cenicero y algún que otro gato merodeando; Aquella señora había cambiado el decorado por otro más humilde y arcaico. Apenas había muebles, ni enseres imprescindibles tales como un ordenador personal o una pantalla táctil, ni lujos. Pero había algo en el hogar, que probablemente no era material, que le hacía pensar que la inquilina vivía felizmente. El sudor volvió a la cara del joven. Su drama floreció de nuevo.

Aquella señora seguía fumando un tabaco barato. Cuando por fin terminó de dar la última calada, sacó lentamente de su regazo una aguja de hilvanar y una almohadilla de hacer encaje, y se puso a coser.

Así estuvo durante varias horas. Y la señora seguía atenta a su burda tarea tradicional, y miraba de vez en cuando la habitación del jovenzuelo con un aire de soberbia y una sonrisa orgullosa que no molestaban a nadie mientras movía su mano de un lado a otro.  Tenía una cara muy dulce, probablemente fruto de la felicidad que le daba vivir de esa manera, supuso el chico desde la distancia.

Sonreía mucho mirando a las hebras. Aquel joven, que mantenía un rostro melancólico, presionaba un botón y cerraba la persiana.

3 Responses to El Edificio
  1. Julio

    ¿Y tú desde cuando escribes? Sorprendente relato. Me lo voy a volver a leer mañana con paciencia porque… es bueno. Y puede ser todavía mejor.

    Ahora, yo diría que la palabra es “emanaba”, no “dimanaba”, esta no la conozco. Mañana la busco en la RAE a ver.

    No lo digo por meterme con tu texto o como si fuera un error; yo también meto palabras mal escritas, es porque igual existe y no la conozco, solo eso.

    Me gusta este relato, mañana intentaré sacar una lectura más tranquila a ver qué me parece…

    • beneacosta@hotmail.es'

      bne4A

      Me lié un poco y el mensaje no quedó muy claro, pero creo que si se lee con calma se puede entender, sobre todo al final del texto. Muchas gracias por el comentario.

      • Julio

        ¡Ah! ¡Dimanar existe! No recuerdo haber usado esa palabra nunca -y mucho menos haberla leído, no es muy común-.

        Me refería a que el texto se leía muy bien pero que “dinamar” me sonaba raro en esa primera línea, solo era un comentario porque me sorprendió la palabra.

        Para que no tengas dudas: el relato está muy bien, me gusta mucho tu estilo. Por ser perfeccionista, cambiaría algunas cosas, detalles de estilo, pero eso ya lo comentamos en clase y solo por dar mi impresión. Enhorabuena por el relato. Grin

        Ah. Y está en la selección para 4º. La selección es con vistas a publicar un libro con los relatos de 4º, un libro pequeñito, algo sencillo para la clase. Lo hablaremos el martes.

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