Verde y Blanco

Tuve curiosidad al ver aquella humilde tienda, rodeada por locales vacíos, en las que, seguramente, hubo empresarios novatos empezando negocios que, finalmente, fracasaron y fueron sustituidos por las pintadas actuales que habían en la pared. Estaba llena de colores oscuros, como si la noche viviese allí durante el día, se pasase en el cielo desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana, y regresase a esos ladrillos. Me acerqué para verlos mejor. Abundaban palabras, y por el color de la pintura, las habrían echo hacía tiempo.

Después de haber observado por el cristal rallado del escaparate, me decidí ha entrar. Tenía una de esas campanillas a lo alto de la puerta, que las hacían sonar cada vez que abrías y cerrabas la puerta. Estaba sucia por los años, o tal vez desgastada por la gente que la visitaba. En su época, tal vez fuese una de esas campanitas de un color dorado como los rayos de sol.

Busqué alguna señal de vida, pero no hubo suerte. Estuve mirando lo que había en la tienda, ya que por el escaparate no pude ver nada. Era una tienda de discos antiguos. Los Beatles, los Rolling Stones, Frank Sinatra, …. No podía creerlo. Estaban un poco raídos, pero aun así eran de gran valor musical. Me dí la vuelta, para ver que más podía encontrar, cuando un hombre salió de la nada. Era bajito, un metro cincuenta. Llevaba unas gafas finas y diminutas, ocultando unos ojos castaños, como la tierra mojada. Su piel era bastante pálida, quizás se pasaba todos los días trabajando en la tienda, aunque no fuese nadie.

– ¿Puedo ayudarla, señorita?

-Sí, me gustaría saber que discos tienen, aparte de los que están en esas tres estanterías.

– Me temo que son las únicas que disponemos. Esta tienda no ha tenido tanto éxito con la música y, como sabrá, estamos un poco desfasados.

– ¿Y como puede mantener la tienda? Si no tiene clientes…

– Los tenemos, pero no vienen aquí por la música, sino por los libros.

– Vaya, pues fue listo al buscar otra alternativa, y más si le va bien.

– Fue idea de mi esposa, que en paz descanse. Falleció hace tres meses, pero yo siempre hablo en plural. Parece que todavía está aquí. ¿Sabe? La tienda era suya, y sigo cuidando de ella como si fuera mía. Bueno, ¿quiere algo, al final?

– Sí, creo que sí. Quiero un libro, y quiero que usted me aconseje.

Nos fuimos a la vitrina que tenía detrás del mostrador. Ésta estaba  igual de rallada que el escaparate. Sacó una llave negra, a la que encajaba perfectamente a la cerradura de ésta. Metió su mano con extrema delicadeza y sacó un libro. Era verde, como un bosque de pinos y robles, y blanco, como la luna llena. Lo cogí y leí el título: «Ventanas que chocan con cosas por el viento.»

 

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