El Atropello del diablo

Ernesto parece un simple adolescente. Uno que no pasa desapercibido, por estar anclado a una silla de ruedas. Ernesto es joven, tiene ímpetu y evita el tema. Es fuerte, aunque tiene la timidez propia de alguien con defectos físicos que no han sido superados. Su mente solo piensa en lo que pudo pasar y no pasó. Ahora le reconcome de nuevo la vieja historia, inexplicablemente.

 

Se ha mantenido igual desde que era un crío; Son sus mismos ojos marrones los que me miran y su pelo negro el que ondea. Lleva una década atormentado, refugiado en su nido por aquello que ocurrió, que pudo haberse evitado. Ernesto hubiera preferido que fuese él, y no un ángel, como él lo llama. Prefiere haber sido él quien estuviera en el sepulcro, y que fuesen a él todos los suspiros, y que no le embriaguen en vida todas las miradas de lástima.

 

Esta situación tan desafortunada data de hace unos años. Para la memoria del chico esta tragedia no es tan lejana.

 

Se hace tarde. El cielo es del color azul de sus acuarelas, las que con tanta deferencia mantenía cerradas en su enorme maleta a rayas de gamas rojas y amarillas. El niño no piensa en otra cosa. Solo quiere acompañar a su hermano mayor a las clases de dibujo, y allí encontrase con su amigo Gabriel, para jugar y pintar.

 

Caminan por el recorrido habitual, sin que nada llame su atención. Observan el suelo adoquinado y van mirando como el firmamento aparece poco a poco en el cielo, que se va tiñendo de naranja negruzco.

 

De forma repentina, el niño siente dolor, sus ojos se cierran y se abren inexplicablemente, se siente confuso, y en su boca salivosa, su papilas saborean algo amargo. Su hermano sigue caminando, pensado que Ernesto solo hace las payasadas propias de su edad. Pero se empieza a encontrar muy mal, le duele el estómago como si le clavasen una vara de hierro afilada, ve el cielo cada vez más negro, un sentimiento de alarido interno le dice que nada va bien. Para él la situación es muy real, aunque ante sus ojos viese el cielo gris y las palomas que vuelan por la calle se hubieran convertido en unos animales parecidos a ciervos, o mirlos. Una sensación sofocante que le hacía marearse, tambalearse, y que manchaba todo de negro. La gente empezara a bajar sus cabezas… Todo era real; los cuervos, el color fúnebre del cielo, la gente apesadumbrada. El tono rojizo de la lava parecía emanar del asfalto, de aquel que pisaría cuando cruzara de acera. Aquel niño parecía haber visto, de un momento a otro, el tenebroso camino del limbo a las tinieblas.

 

Empezó a llover. Siguió caminando, como si no le observara el Ojo de la Providencia. El niño se sentía aliviado, no sabía por qué; sabía que algo le poseía, pero aún así continuó. Se disponían a cruzar la calle. Se paró. Ernesto vio vadear a unos hombres la calzada a caballo, a gran velocidad. Vio como los animales negros se colocaban en frente suyo, detrás de la bruma que dejaba la lluvia. Uno de los jinetes, que llevaba una capa negra arrugada sonrió, dejó ver sus pocos dientes y su cara desfigurada y le dijo al crío, haciendo un gesto con la mano: «Ven, y mira´´, con un tono grave como el de la tormenta. Le había hablado la muerte.

 

Su hermano se quedó impactado. Ernesto gesticulaba y hablaba y empezó a caminar hacia su alucinación por el paso de peatones, hacia la otra acera, donde estaba el diablo. El semáforo no se lo permitía. Pasa un vehículo rápidamente. El conductor se acerca cada vez más a Ernesto. El hermano corrió hacia él para evitarlo.

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