La pradera.

En una noche estrellada, en la que Raúl y yo estábamos tumbados como de costumbre en medio de la pradera más inmensa y bella que os podéis imaginar ocurrió lo más inesperado. De la nada apareció un ser que no habíamos visto jamás, un ser sin rostro pero con un cuerpo similar al de los humanos, su diferencia era que poseía unas alas verdaderamente colosales decoradas con una especie de purpurina plateada que irradiaba una luz cándida, ese ser además vestía de una forma un tanto tenebrosa que constaba de tan solo una capa gris y negra que le hacía casi invisible en la noche si no fuera por sus alas. En realidad, parecía un demonio con cuerpo de ángel.
El ser sin rostro cada vez se nos acercaba más, decidimos mantener la calma y esperar a ver qué decidía hacer. En menos de diez segundos, sin darnos cuenta, ya lo teníamos justo en frente de nuestras narices, y de pronto empezó a emitir una serie de sonidos que sin saber por qué entendíamos como si de nuestro idioma se tratase. Nos estaba diciendo que nos fuéramos de ese lugar, que le pertenecía a él y que no volviéramos nunca. Raúl le respondió sin temor – ”No nos marcharemos de este lugar sin antes haber luchado por él- ” dijo haciéndole frente, y él sin parecer estar molesto nos preguntó – ” ¿Tanto amáis este lugar como para ser capaces de desafiarme? ” – , y al unísono respondimos – “ Sí “ -, – “ Está bien, si así lo queréis, dos pruebas os pondré y para arrebatarme esta pradera tendréis que superar las dos – “ respondió terminando la frase con unas cuantas carcajadas que nos transmitió el enorme grado de seguridad que tenía en sí mismo. Así pues, empezó a caminar con intención de que lo siguiéramos. Caminamos unos dos o tres kilómetros hasta que decidió pararse en una parte de la pradera llena de margaritas, tulipanes y girasoles que sorprendentemente eran negros. Repentinamente aparecieron unos veinte Raúles con capa negra a mi alrededor, y el ser empezó a hablarme de nuevo, me explicaba que uno de ellos era el de verdad pero que tenía que adivinar cual, también comentó que solo tenía dos oportunidades y que si no acertaba, tras agotar mis oportunidades, Raúl moriría. Las reglas no me parecían justas pero tenía miedo de rechistarle así que me limité a hacer lo que decía, pero me parecía imposible acertar, todos aparentaban ser iguales. Tras haber observado de cerca a quince de ellos ya, le di afortunadamente a una pequeña piedra con el pie que fue por suerte hacia uno de los Raúles y que lo atravesó como si fuera humo. Entonces se me ocurrió ir tocando cada uno de ellos hasta dar con el Raúl que no dejara que mi dedo le traspasara pero Sin Rostro, furioso, porque sabía que pasaría la prueba hizo desaparecer a todos y de pronto me encontré sola en una habitación en la que había dos puertas. Solo me dijo que debía escoger una puerta, tras una estaba Raúl y la pradera, tras la segunda estaba el infierno y la muerte me esperaba. Aquella vez solo podía esperar que la suerte me acompañara, respiré hondo, miré detenidamente las puertas que, para colmo, eran idénticas y me armé de valor como nunca en mi vida para entrar por una de ellas, – “ Esa” – me dije a mi misma en alta voz. Caminé lentamente hasta la puerta que había elegido, respiré profundamente por última vez antes de abrirla, giré el pomo de la puerta y… De repente me desperté.

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