El brillo de la noche

Recuerdo perfectamente el momento en que lo vi. Era una noche estrellada, de luna creciente, yo me encontraba apoyado sobre la barandilla de la terraza de mi apartamento contemplando el inmenso mar de luces que flotaban sobre mi cabeza cuando cruzó el cielo. Se parecía a una estrella fugaz, pero desprendía un brillo tan intenso que tuve que apartar la mirada al instante de fijarme en él, lo que no me impidió ver  impactaba contra la montaña que se erguía al lado de la siempre ruidosa ciudad. De repente, una sensación de euforia que nunca antes había sentido invadió todo mi cuerpo, sentía el irrefrenable impulso de averiguar que había pasado y encontrar respuestas acerca de lo que acababa de vivir. No estaba acostumbrado a las grandes emociones, mi trabajo era bastante monótono y cansado pero en el fondo, siempre estaba al acecho de algún reto o aventura al que enfrentarme. Así que rápidamente cogí las llaves de mi moto, salí del apartamento y me subí en el ciclomotor para ir hacia la montaña. Serían las doce y media, las calles estaban desiertas, alumbradas por las farolas. Cuando llegué hasta el inicio de la montaña me detuve y decidí seguir mi camino a pie por la colina. Recuerdo que olía muy fuerte a quemado en toda la montaña. A decir verdad, estaba bastante asustado, y el viento frío soplaba con bastante fuerza pero mi espíritu aventurero y el subidón de adrenalina me ayudaron a seguir. Estuve una hora rondando por la montaña, miraba a mi alrededor en busca de algún resto del objeto, o de alguien que quizás lo hubiera visto precipitarse contra la montaña como yo, pero estaba yo solo.

Cuando estaba apunto de darme por vencido, lo encontré. Estaba en el suelo y había logrado hacer un pequeño cráter al impactar. Era algo más grande que una pelota de baloncesto, su superficie era lisa, y parecía estar hecha de metal. De pronto la bola se iluminó de un color azul intenso y se abrió en dos, partiéndose por la mitad y mostrando el ser que había en su interior. Se asemejaba mucho a una paloma blanca, pero tenía unas alas brillantes que parecían ser una extensión del mismo cielo estrellado del que había caído. Tenía unos ojos azul celeste, con los que me miró fijamente antes de batir sus alas y emprender su vuelo hacia el profundo horizonte.

¿Lo volvería a ver?

 

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