Malas noticias.

Era un día despejado y con un sol que rajaba las piedras. Ya quedaba poco para que volviera Phil, mi hijo. Laura y yo le íbamos a hacer una fiesta de bienvenida en solo dos semanas. Íbamos a celebrar su llegada y el embarazo de Laura. Por fín iba a tener un nietito, seguro que hubiera salido con el pelo dorado igual que su madre. Ojala que mi marido hubiera estado vivo para ver lo feliz que estaba.

Mientras estaba ensimismada en mis pensamientos, tocaron a la puerta. Era Laura, y no se le veía muy contenta. Me preocupé mucho, y en lo primero que pensé fue en su embarazo, pero nada tenía que ver.

– ¿Pasa algo Laura? ¿Ten encuentras bien?- Pregunté con un nudo en la garganta.

– Dios, Mary tenemos que hablar- Dijo ella entre llanto y llanto. Sus lágrimas saltaban como si sus vidas dependieran de mojar a las baldosas.

– Claro, pasa ponte cómoda. ¿Quieres que prepare un té?

– Mary siéntate por que esto te va a doler- Cuando pronuncio esas palabras mi corazón iba a mil por hora. Laura era una reina del drama, pero en mi vida la había visto tan melodramática.

– Me llamaron este mediodía de la estación militar- Hizo una pausa para sonarse los mocos- Phil a muerto. Me dijeron que fue un accidente, un compañero pisó una mina y él estaba demasiado cerca. Los dos han muerto, lo siento tanto Mary.

Me quedé en sock. Mi mundo se quedó gris. Mi hijo. Muerto. Por una mina. Ya sabía yo que ir a la guerra era muy peligroso, pero él me había convencido hace unos meses de que no me preocupase, que llamaría todas las semanas. Cuando me di cuenta de que no lo volvería a ver más, de que Laura nunca volvería a ver a su marido y de que Peter, que aún no había nacido, nunca conocería a su padre, no pude más con la presión. Expulsé llantos y derramé lágrimas. Desde mi fuero interno sabía que las cosas no podrían ir peor. Por para mí el mundo ya se había acabado.

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