Sin sentido.

Duele. La peregrinación de los recuerdos hasta mi corazón. Día tras día. Noche tras noche. En busca de esa figura religiosa, a la que algunos llaman Dios, a la que algunos llaman. En mi cuerpo, no está. En mi sangre, no está. En mi corazón, no está. Ya no está. Ha desaparecido. Por ello también el museo de mi alma está vacío. Han robado todas las obras maestras, dejando sólo miseria, mi miseria. La que tanto merezco. Ya nadie rige mi mente, pero qué bien la regía. Ya nadie…

Pobres recuerdos, colmados de sensaciones, de ideas complejas provenientes de la experiencia, como Locke bien dijo. Pobres, que siguen haciendo el mismo recorrido cada día. Condenados a hacerlo, hasta dejar de existir. Hasta que el amor muera. Su amor. Hasta perder la fe, la esperanza. Hasta perderlo todo. Yo les he castigado. Yo, la única culpable de sus fútiles viajes. Mi mente inmadura me traicionó y desde que él se fue yo ya no existo. Ahora ya sólo importan los recuerdos. Pobres recuerdos.

Rguez.

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