Daily Archives: 3 febrero, 2014

La felicidad es amor, no otra cosa. El que sabe amar es feliz.

He escrito los versos más profundos que salen de este corazón con el dolor de las uñas, con la tinta de lágrimas y con el papel en blanco del alma, vacía. Poco a poco se ha llenado de los tormentos que abundan por mi ser, y de pequeñas gotas de agua saladas cargadas de sentimientos que salen del infierno de mi vida. Y si los tuviera que leer ahora, lo haría con la voz apagada, como tu amor; con la mirada perdida, como nuestra historia y con los labios temblorosos, como el surco de aquellos escalofríos que sentía cuando me besabas. Pero yo seguiré, y seguiré escribiendo sobre amor, desamor y todo lo que conlleva, porque a mí las palabras se me encajan en el corazón y las miradas en la razón. Esta noche oscura, mi corazón no entiende de razón; y mi alma solo entiende patrañas. Lo más triste de este frío invierno, es que para mi lo único que me da paz, es estar juntos. Pero ya ves, el destino decidió separarnos y si un día quiso juntarnos, fue por algo; aunque ahora mismo lo único que esta junto en mi vida es el dolor, se acumula en el pecho, cómo no, al lado de muchos recuerdos y ya, a estas horas, ningún amor. Ahora solamente y con deprimente vehemencia está separada la palabra «enamorado» de mi impertinente ilusión. Issa.

Grey love.

Rapunzel estaba encerrada en una torre desde hacía ya 1870 años. La torre, que antes era de un color llamativo, ahora era gris. Todo el color se había desvanecido al mismo tiempo que su juventud, su felicidad y su cordura. Todos se tornaron grises. Hasta el bosque que rodeaba la torre por todas partes. El cielo ahora siempre estaba nublado, no había rastro del sol por ninguna parte y llovía. Llovía casi sin cesar. Ya no había animales, al menos no se veían desde allá arriba. Solo se escuchaba el sonido del viento al desplazarse de un lado a otro. Un viento que cuando llegaba a ese lugar, dejaba de ser puro. Por alguna razón los átomos de oxígeno se juntaban con uno de carbono al llegar allí, convirtiéndose casi en humo. Por alguna razón todo estaba contaminado de tristeza.

Ella, es decir Rapunzel, que ya no era igual de joven ahora había perdido toda su belleza, su pelo ya no era rubio, sus ojos ya no eran azules, su piel ya no era lisa. Ansiaba por encima de todo volver a ser bella. Bueno, quizás no de todo… Si no fuera porque su amor, el hombre de su vida, estaba muerto, ella no se preocuparía por nada más que no fuera Él. Si no fuera porque Él no estaba vivo, ella no podría pensar en su belleza perdida. No podría pensar ni en comer, ni en el tiempo que transcurría. No podría pensar en nada más que en Él. Cuánto se arrepiente de haberse comido aquella magdalena que le proporcionó la inmortalidad, ahora, sinónimo de perdición y desdicha. Cuánto desearía estar muerta, estar junto a su amado en el cielo. Viviendo otra vida juntos. Ahora solo le quedaban los sueños. Sueños en los que él aparecía y en los que por un momento se olvidaba de todo lo demás. Sueños que no quería diferenciar de la realidad. Pero no eran suficiente. Ya que cada vez que se despertaba él se volvía a ir.

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