Todavía no se ha descubierto la brújula para navegar en la alta mar del matrimonio.

Érase una vez un barco llamado Casito, el cual perdió el rumbo y a bordo iba una pareja. Después de varias horas sin saber dónde estaban el barco llegó a una isla desierta. En la isla no había nadie, pero no era una isla virgen pues en ella habían restos de estancia humana. Carlos y María empezaron a investigar los restos y encontraron un mapa de la isla en el cual había marcada con rojo una cruz. Estaban perdidos a saber en donde así que decidieron ir de aventura en busca de lo que fuese que indicase esa cruz roja.

Primero tuvieron que atravesar una serie de montañas abruptas, después siguieron el curso de un río marrón por las turbulencias de la arena del fondo, y al final llegaron a un bosque. Lo atravesaron corriendo intentando huir del ruido áspero de las ramas y del canto amargo de los pájaros. Finalmente llegaron al punto que indicaba la cruz roja pero no había nada, ningún tesoro ni otra indicación, nada, absolutamente nada, solo tierra.

Estaban exhaustos y se sentaron bajo la sombra de un gran árbol al lado de un pequeño charco. Sin darse cuenta, se quedaron dormidos. Al cabo de un tiempo, los despertó el ruido mas espantoso que habían oído nunca, miraron hacia arriba y vieron a dos tucanes gigantes con picos del tamaño de una puerta y miradas asesinas. Huir, solo pensaban en huir y eso hicieron, corrieron, corrieron y corrieron hasta llegar al Casito, habían conseguido despistar a los tucanes y ahí estarían a salvo. Todavía tenían combustible así que partieron rumbo a lo desconocido, en la travesía encontraron un yate que les indicó el camino de vuelta a casa, la pareja se hizo amiga del dueño del yate, un hombre tan gordo, tan gordo, tan gordo como rico, que necesitaba dos sillas para sentarse y otra para poner su dinero. Cuando llegaron a la costa de la que habían zarpado, le contaron a otros navegantes lo que les había ocurrido y estos les dijeron que la cruz del mapa indicaba un lugar llamado: las narices del Diablo, por los extensos picos de los tucanes. Carlos y María nunca olvidarán su aventura en aquella isla, habían visto cosas inimaginables y se habían jugado la vida. Pensaron que esa experiencia mejoraría su relación, uniendolos más, pero no, todo lo contrario, empezaron a echarse la culpa de su extravío en alta mar. Carlos dejó a María y conoció a otra chica encantadora, la misma que haría que Carlos navegase por primera vez en su vida en el mar del amor, cosa que ni aun teniendo barco había logrado nunca con ninguna chica.

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