Daily Archives: 26 abril, 2014

Un último momento

Un extraño dolor abarcaba mi cabeza, como si fuera a explotarme, continuo, lento… y doloroso, sobre todo doloroso.
No hacía falta ser un experto para saber que tenía fiebre, lo cual era normal a mis noventa y dos años de edad, esperaba la muerte de un momento para otro, estaba preparada, ya fuera por infarto, vejez, enfermedad… estaba lista, no me preocupaba, es más, la esperaba con los brazos abiertos, a diferencia de mis familiares. Hijos, nietos y mi hermana… todos estaban como una barrera entre yo y la muerte, pero lo que no entendían era que yo estaba cansada, solo era una encorvada viejita, que anhelaba la llegada del último aliento, del último movimiento de mis músculos, el momento de dormirme, y no volver a despertar.
Terminé de comer tan rápido como mi desgastado cuerpo me lo permitía, y fui directo a mi tocador, sabía que me quedaba muy poco, sabía que iba a ser hoy, así que, mientras miraba las fotos de las personas que formaban mi familia, llamé a mi hermana, esa mujer de diez años menor que yo, tan activa como cuando tenía dieciséis años, que le gustaba observar todo con sus grandes ojos marrones como su pelo abundante, ya un poco plateado por el paso del tiempo, pero a mi opinión, tan bella como el primer día.
Al tercer timbre escuché su voz, cansada pero llena de ternura.
-Hermanita, ¿qué tal? ¿Te encuentras bien? ¿Te duele algo?
-Hola Lara, me duele un poquito la cabeza, pero por el resto estoy de maravilla.
-¿De maravilla? Tu nuca estas de maravilla, dime que no es lo que yo pienso que…
-Diles a todos que les quiero, que no me extrañen, esto es lo que yo quiero, y que no cometan locuras, yo velaré por todos ustedes, ahí arriba.
-No, no, no, tienes que ser fuerte, Raúl no lo aguantaría, solo tiene tres años…
-Es lo que yo quiero, solo así soy feliz, os quiero.
Y colgué, pasa no seguir escuchando sus sollozos.
A paso lento recorrí mi casa, mirando por última vez lo que fue mi hogar desde hace cincuenta años, al menos.
No puede evitar que una silenciosa lágrima brotara de mis oscuros ojos, recorriendo mis pómulos hundidos y arrugados cachetes, llegando a mi mandíbula, y desde ahí cayendo al oscuro suelo de mármol, por el que tantas veces había caminado, sentado, jugado… donde había pasado mi vida, entre estas paredes blancas y marrones, que le daban un toque cálido, como a mí siempre me había gustado.
Pasé mi dedo por las finas telas rojas de los sillones, por la mesa de cristal, por la televisión negra que tantas risas, miedos, llantos y enfados me había otorgado.
Miré la nevera, la cocina, el fregadero, las sillas y la mesa. Observé los dibujos pegados al congelador que me hicieron mis nietos. Agarré unos cuantos y me dirigí a mi habitación, donde me senté sobre la mullida cama, y abrí el cajón de la masita de luz.
Removí hasta dar con la foto de mi hermana con nuestros hijos. Me acosté en la cama, depositando los dibujos y la foto en mi barriga y pechos, abrazándolos fuerte, como si así me los pudiera llevar a la otra frontera, como si así pudiera llevarme una parte de mi vida al otro lado.
Lentamente cerré mis ojos, a la vez que el dolor de mi cabeza disminuía, y detrás de mis ojos empecé a ver todas las caras de las personas que abarcaban mi corazón, sintiendo como, aunque no las volviera a ver, estarían dentro de mí, al igual que yo dentro de ellos, no nos olvidaríamos, porque así era el amor…
“fuerte y duradero”-pensé, y me sumí en un oscuro sueño del que nunca volví a despertar.

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