El último día de nuestros días – Capítulo 2

-¡Oye, vayámonos rápido, tengo que contarte algo importante!- El cabello rojo de la muchacha apareció de la nada ante la cansada mirada del estudiante que se alegraba de haber terminado la jornada.

-Estás muy eufórica hoy, ¿Qué pasa? ¡Ni que te hayan seleccionado para presidir nuestra escuela!

-No no, es algo mucho mejor, ¿te acuerdas de aquél chico por el que sentía curiosidad?

El ambiente se tornó tenso para el muchacho, que ya había predicho la noticia que iba a oír, aunque hubiera preferido haberse equivocado.

-No me digas que… ¿¡Están saliendo?!

-¡Vaya! Al parecer, tus bajas notas las compensas con otras cosas, ¡Pues sí! ¡Me aventuré por la mañana y se lo dije! Aún no me lo creo… es raro….

-¿Raro?

-El amor, al principio se siente muy dulce, es algo de lo que no me gustaría despegarme nunca; es cálido y huele a fresitas.

-El amor no se huele ni se siente, cacho imbécil… – más no era una mentira, pues era él quien sabía mejor que nadie los colores, sabores, aromas y tactos que este sentimiento podía llegar a desarrollar- en fin ¿Cómo fue todo! ¡CUÉNTAME YA, QUE ME TIENES DESESPERADO!

-Simplemente me dió un arrebato y le dije que nos apartáramos para hablar de una cosa… ¡Y al momento, ya estábamos saliendo! ¡Es genial!.

-Sí…lo es, ¡Me alegro! Ya era hora, no podía soportar como la antisocial número uno de mi lista de personas antisociales se volvía, además, una antisocial enamdiza.

-¿Sabes? Te lo dejo pasar por hoy, pero a la próxima puedes ir despidiéndote de tocar la guitarra.

-Anda fantasma… bueno, me alegro mucho por ustedes, será mejor que me marche, tengo prisa.

-¿Ya? ¡Si es muy temprano y tenemos mucho de lo que hablar!

-Vivimos en el maldito siglo XXI, existe whatsapp, ¡nos vemos!

Por mucho que intentara ocultarlo, su rostro marcaba una seriedad poco usual en él, y así permaneció todo el camino hasta llegar a casa, donde pudo sentarse y colocar sus sentimientos en su sitio. Cuando se dio cuenta, ya eran las siete de la tarde y ni siquiera se había cambiado de ropa, mucho menos mirado el teléfono móvil, «¿Hola?» «¿Pasa algo?» «¡Sandwich de nocilla!» «…vaya, ese era mi último recurso… háblame cuanto antes porfa, o si estás mal conmigo dímelo…», pero ni se molestó en contestar esos mensajes, las fuerzas y las ganas le habían abandonado hace ya bastante tiempo.

Al siguiente día, intentó evitar todo cruces de miradas con la persona con la que, hasta entonces, compartía todo su tiempo del mundo, pero había llegado la hora de que ella compartiera ese tiempo con otro.

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