Donde juegan el gato y el lobo: 1ª parte

No sabía que hacía, no sabía qué hora era.

Pero estaba allí, ya no importaban las otras preguntas, las otras palabras que paseaban por mi cabeza. Una puerta en un paisaje de color blanco, bajo un cielo oscuro con luces pretendientes a iluminar aquella misteriosa puerta.

La puerta, aquella puerta, era vieja, de color blanco y con tonos grises que había descubierto la pintura levantada con el tiempo, formaban extrañas siluetas que me resultaban familiares. Algunos levantamientos tenían nombres grabados, nombres que pensaba que nunca volvería a oír, pero, dicen que no se puede huir del pasado, algo que yo no creía, sin duda, pero ahora, en este instante empezaba a creer.

Marina, era uno de los nombres escritos en aquel cuadro de recuerdos, en esa ventana de sentimientos pasados. En ese instante las tripas se me encogieron, los pulmones dejaron de tragar aire y el corazón se me paró. Durante unos instantes se paró el tiempo, y creí volver a las callejuelas que me imaginaba en los bosques, junto a los dúplex de las casitas de pájaros, junto a mí, cogiendo mi mano estaba ella. (Fin del recuerdo). Todo volvió a sus segundos naturales, las tripas se me relajaron, mis pulmones expiraron el aire aguantado y mi corazón volvió a caminar sin temor a perderse.

Me volví a fijar en la puerta, con la esperanza de ver algo que mis ojos sobresaltados en el pasado no hubieran visto.

Mía la sorpresa, un letrero camuflado con el blanquecino tono de nuestra puerta se había dado a descubrir, a veces me pregunto si llegué a descubrirlo, o si él se dignó a aparecer.

El hallado letrero ponía: “Zona de máquinas del corazón”. No me resultó extraño, todos necesitamos a un diminuto ser que se preocupe por nosotros y arregle o haga girar una tuerca para que nuestros sentimientos no nos destruyan. Pero admito que me sobresaltó, no esperaba que semejante puerta almacenara un corazón entre sus engranajes de cierre y su oxidado picaporte.

¿De quién será el corazón encarcelado?-Me preguntaba-

Una pregunta que pregonaba sin saber el resultado de mis desventuradas respuestas, sin embargo, había una respuesta que calmaría mi sed por tal pregunta formulada por nadie.

Tal respuesta era sino abrir la misteriosa puerta. Me acerqué con paso de mendigo hacia mi futuro premio, poco a poco, los sonidos de mis pisadas iban desapareciendo junto a los viejos pasos. Me paré en seco, alargué la mano mientras me encorvaba inclinando el pie izquierdo, apoyándolo sobre las cabezas de mis dedos. La mano que lentamente se acercaba temblorosa, dando parte de mis nervios y temores de qué encontrar dentro, finalmente coloqué mi mano sobre el picaporte, que nada más tocarlo, la piel de éste se enfureció conmigo cortándome, pero yo sin desprender la mano giré suavemente a aquel mal agradecido montículo de hierro adornado, cuando sentí una parada en seco, la puerta estaba cerrada,-PARDIEZ- grité enfurecido, por un momento pensé que había espantado a las golondrinas que volaban sobre mi y justo debajo del cielo, pero cuando  me distraje con estos enigmáticos secuaces del cielo, volvieron a aparecer y mi enfurecimiento cesó.

Yo, ya relajado me hallé sentado en el suelo minutos después del incidente, limpiándome la herida que aquel guardián me había marcado.

Desinteresadamente metí  mi mano en el bolsillo de mi chaqueta, con la esperanza de encontrar un pañuelo para vendarme, pero encontré un viejo cuaderno, aquel cuaderno rasgado por el tiempo y con mi nombre grabado en la esquina derecha me produjo la misma experiencia que cuando leí el nombre de mi amada en la puerta.

En esta travesía me encontraba en un diminuto planeta con un pequeño volcán, (sé que era un volcán por los hilillos de humo que de su nariz salían), me imaginé que la respuesta de este viaje se encontraba en el volcán, la razón de no encontrar nada más en aquel planeta me condujo a esta teoría.

Me alongué sin temor a ensuciarme el pantalón, algo raro en mí, pero la ocasión lo requería. Introduje la mano en el volcán con miedo a quemarme.

-¿Por qué?- preguntareis, ¡un volcán, aunque sea pequeño sigue teniendo la misma fuerza que uno de tamaño descomunal!

Fuerte era mi sorpresa al no sentir calor ni escozor en mi piel, palpé el fondo del volcán, buscando algún aparato o mensaje. Llegué a tocar un objeto, de madera creo recordar, atado con un hilo de cuero, lo que me dio a deducir que era un collar, en ese momento me tele transporté otra vez al mundo de la puerta. (Fin del recuerdo).

Tirado en el suelo hallado me encontré, con el cuaderno desaparecido, pero sentía un peso sobre mi pecho, del cual una de mis manos se encontraba agarrando algo.

Me incliné dolorido de mi espalda y dije – ya no estoy para estas cosas-. Retomé mi curiosidad después de este comentario, aparté la mano con el objeto en ella, y descubrí el objeto entre mi amasijo de piel, carne y hueso. Era la llave, una llave vieja y de color herrumbre, con un grabado en la culata: TQM.

Poca atención le presté a la inscripción, mi viaje se acercaba a su fin, tenía la salvación en mis manos y me disponía a acercarme a la puerta.

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