Monthly Archives: febrero 2016

Las aguas del recuerdo

No recuerdo que edad tenía, no recuerdo que hacíamos allí, pero lo que si recuerdo era aquella imagen, aquellas palabras que mi padre me había regalado en aquél entonces.

-Papá, ¿por qué el agua de este lago es verde?

-¿Quien sabe? Puede que simplemente se haya cansado de ser azul o puede que alguien la haya teñido a propósito.

-¿Por qué alguien teñiría el agua?

-Quizás para recordar algo, ¿no tienes nada que quisieras que esté contigo el resto de tu vida?

Mirando el lago, pensé en la cuestión que mi padre me había planteado, ¿qué sería tan valioso como para teñir el agua de verde? quizás en ese entonces incluso yo mismo encontrara la respuesta, pero han pasado tantos años que no recuerdo cual era, ¿de qué servía todo aquello si no me recuerda nada? he vivido con la duda de qué pieza del puzzle es la que está teñida de ese color, pero nunca me he aventurado a buscarla. Quizás mañana vaya a ese sitio, quizás encuentre ese lago; quizás encuentre ese recuerdo.

Era un día especial para uno de nosotros; entre amigos, fuimos a celebrarlo y pasarlo bien, pero había algo que tenía mi cabeza distraída desde mucho antes y no era más que perseguir aquél lugar que tan fugazmente aparecía y desaparecía de mi memoria. Escalé colinas, bajé por los inclinados caminos y recorrí largas distancias bajo la fría lluvia en busca de aquello que era tan importante, ¿cuál era el recuerdo que esas aguas guardaban para mí, papá? Los árboles de por allí vestían una blanca capa de telas de araña y las hojas mustias obstaculizaban cada vez más mi camino, pero nada me detuvo en la búsqueda; no había nadie esperándome, no había una hora de regreso, éramos solo yo y mi objetivo. Pasaron las horas hasta que, detrás de una gran roca, se descubrió ante mí aquello que en tantas ocasiones había anhelado: un gran hoyo relleno de un líquido verdoso que se iluminaba a contra luz, una vida pasada que me volvió a encontrar después de haber aparecido tantas veces en mis sueños. Me senté allí, observando el lago, comparando la imagen que tenía aquél entonces con la que tengo ahora, y por fin lo descubrí: el recuerdo que le había prestado a aquellas aguas era algo tan doloroso que, inconscientemente, quise olvidar pero a la vez no quise que desapareciera. El reflejo de esas aguas eran el reflejo de un alma que había desaparecido de mi lado hace tantos años, una parte de mi corazón que me había abandonado y que mucho me costó en aceptar. Satisfecho, pero melancólico, abandoné aquél lugar no sin antes darle como préstamo otros de mis más preciados recuerdos, para que, más adelante, vuelva a ir en su búsqueda: ese recuerdo era todo aquello que había formado parte de mi vida hasta entonces y que atesoraba más que a la más grande joya existente.

-«Gracias por mantener mi memoria a salvo, adiós».

 

Relato de los recuerdos

Atrapada.

Era fácil sentirse perdido en un lugar como aquel. Tan fácil de perderse como cuando me desconecto de la sociedad y entro en mi mundo interior. Así de fácil. Todo es verde y tranquilo. Desde luego que no tenía ni idea de donde estaba ni a donde iba, pero era una sensación que me encantaba. De entre los arboles se colaban unos rayos de sol, que apagaban bastante la imagen del camino, pero aun resultaba visible. Doy pasos sin miedo por una senda llena de hojas y me siento libre y despreocupada, porqué ¿acaso no es así como deberíamos sentirnos siempre? Respiro hondo y dejo que el aire de campo inunde mis pulmones. Un gesto tan sencillo que me gustaría guardarlo y reutilizarlo para todos esos momentos de broncas, de no puedo seguir, de me duele respirar, porqué ¿acaso algo tan simple tiene que convertirse en algo tan tedioso? Realmente no tengo la respuesta a nada, yo solo camino, observo y escucho lo que veo por si en cualquier otro lapso de tiempo, no pueda seguir más.

La brecha más profunda

Frío, soledad y oscuridad. La calle era solitaria y en tinieblas, aislada de la gran ciudad. En esta noche el coche rojo, desgastado por el sol se adentra en dicha calle y aparca frente a la casa mas fría del lugar, la de él.
El frío que hacía esa noche aumentaría en su corazón cuando la pequeña supiera la verdad, cuando experimentara emociones demasiado duras para su edad.

– Vamos, toca el timbre, ¿a que esperas?

La persona que ya había pasado por estas experiencias varias veces sonrió irónicamente, sin ser consciente de que en ese momento una gran brecha se formaría en el corazón de su pequeña aprendiz.
Al ver que la pequeña no llegaba al timbre decidió tocar y ,automáticamente, la pequeña dio dos pasos hacia atrás, para poder observar si él se asomaba.
Así fue, él se asomó, la vio, y la pequeña sonrió llena de emoción.

-¡Mamá mamá, está, te lo dije, él me quiere y se va a quedar conmigo!

Media hora pasó y él no abrió. El frió empezó a apretar en la puerta de aquel edificio blanco, el edificio mas frió de la ciudad. La pequeña abrió los ojos y supo la verdad, y una brecha se abrió en su memoria, corazón y mente. Sabía que este día nunca sería olvidado y quedaría en lo mas profundo de ella para renacer 13 años después, cuando le volvió a ver, cuando él quiso volver y pedir perdón.

La pequeña que en ese entonces tenía 2 años de edad lloró una hora sin parar hasta entender que su vida no seria igual que la de otros niños.
La pequeña, que ahora tiene 17 ha perdonado a la persona que creó esa brecha y recuerda este pequeño-gran momento para olvidarlo y dejarlo ir…

…pero no lo hará nunca.

Frío, soledad y oscuridad, tres emociones que una niña de 2 años no debió sentir jamás.

 

Relato de un recuerdo que pidió Julio

 

IES Isabel de España

¿Cuándo llegará el fin de este ciclo?

¿Es difícil pensar en que la vida te dé una segunda oportunidad? Independientemente de la respuesta, cuando llega el momento, este se torna dulce, melodioso.

Cuando tu corazón se ve herido, cuando ve que no puede más, es cuando tiende a pensar que aquellos alegres sentimientos han desaparecido para siempre, en cambio cuando se ha recuperado y el amor llama a la puerta el corazón sabe que los baches pasan y que los sentimientos oscuros, al igual que aquellos que son pura luz, tienen su fecha de caducidad. Ese amor te hace sentir libre, de repente todas las puertas del mundo se abren hacia ti y olvidas los problemas que habían dificultado tu camino, ¿cómo sería describirlo en un color? rosa ¿muy cursi, no? rojo, eso está mejor. El corazón siente esta época como una eternidad, una eternidad muy dulce: esta eternidad no se debe a que uno mismo se sienta mal, se debe a que esos momentos estarán ahí siempre y siempre te recordarán como se sentía en aquél entonces, y en ese instante no te importaría que así permaneciera pues sientes que va a durar lo suficiente como ampliar la gama de sensaciones. Pero como dije antes, tanto los sentimientos oscuros como los luminosos tienen fecha de caducidad, como el amor en sí. Una fisura aparece y resquebraja toda esa realidad, la convierte en una vorágine que arrastra consigo esos buenos recuerdos, haciéndolo aun más doloroso y por mucho adhesivo, por muchos intentos que hagas para cerrar esa vorágine, no tendrá compasión ni por un instante. Este caos es el que nos sacude cada vez que nos enamoramos y siempre caeremos en sus redes, unas más resistentes que otras, pero la pregunta es: ¿cuándo llegará la verdadera eternidad? ¿cuándo será el momento en el que no nos volvamos a quebrar? ¿cuántas veces deberemos pasar por lo mismo para encontrar la estabilidad? ¿cuándo seremos capaces de amar en libertad?

Quizás ese momento tarde en llegar, pero no voy a dejar que el corazón toque tanto el fondo como aquella vez: dolorido, hastiado, aquí me hallo, esperando a que ese momento llegue definitivamente

El manto del mundo

Era el día perfecto para salir a tomar el aire: el viento se movía con suavidad y el mundo permanecía levemente callado. Decidí tomar un camino que me llevara por todos los lugares a los que acudía con frecuencia: el parque, lleno del verde césped que era sacudido por el viento, era tan fresco y tranquilizante como siempre; la escuela se sentía demasiado solitaria; el mar permanecía en calma con su salado y constante aroma… Pero si algo noté en todos ellos al alzar la vista, fue el cielo: era el mismo en cualquiera de esos sitios, me observaba y acompañaba sin que me diera cuenta y permanecía siempre del mismo color para mí. El cielo es igual estés donde estés; solo con mirarlo, los corazones de la gente se unen y viven la misma historia, sin importar cuan lejos estén, pues es ese cielo el que nos acoge a todos en su cálido abrazo.

 

Polaroid – Alzando la vista y encontrando la luz oculta en las nubes

La locura más sombría

El mundo, tal y como lo veo es una locura.

Estoy fuera pero dentro, encerrada aunque vea el cielo. Pueda que no tenga deberes pero tampoco derechos ni placeres que vivir. Vivo sufriendo, sufro viviendo, siempre lo mismo, lo mismo siempre.
¿Cómo acabé aquí? No lo recuerdo pero me sabe a traición. Traición traicionera de gélido corazón, un recuerdo que se siente tan frío como este lugar. Asco me da saborear este ácido recuerdo que aunque se desvanezca se que volverá, para recordarme que esto es la realidad, mi realidad.

 

Polaroid:
Al observarme atrapada en el patio del instituto.

 

IES Isabel de España

El Pequeño

¿Qué soy realmente?

El pequeño no sabía responder a esa insignificante pregunta, era su sueño y queria desesperadamente buscar la respuesta. Era inquieto y si se lo proponía lo buscaría con todas sus energías hasta que encontrara la respuesta… y así fue.
Inmediatamente y sin preparar nada de nada el pequeño embarcó un viaje para descubrir su origen, su realidad. ¿Y qué mejor que empezar desde el principio?

El pequeño que buscaba su realidad regresó a la prehistoria, donde se buscó sin cesar hasta que se encontró. Existía desde el principio de los tiempos… ¿cómo iba a averiguar qué era y de qué estaba hecho?
Aprovechando el viaje se subió a lomos de un gran pterodactilo de grandes dimensiones que parecía bastante amigable y reflexionó mientras este sobrevolaba aquel frondoso paisaje repleto de vida y libertad.
– Si no he podido encontrar la respuesta aquí seguro que no es algo tan fácil de buscar… iré esta vez a observar qué ocurre conmigo, con que se me relaciona y no mi origen… debo saberlo. Read More…

Donde juegan el gato y el lobo, Final

II

Me levanté del suelo apoyándome en mi vieja rodilla y, a continuación, me limpié dispersas manchas de polvo y tierra, que en el pasado no me habían causado interés en limpiarlas.

En el trayecto a la malograda y abandonada puerta oí un murmullo, mi interés no se centraba en aquella agonía y proseguí mi camino, ya veía la puerta, pero por cada paso, el murmullo se convertía en un llanto y el llanto en gritos. Finalmente me paré en seco, taponándome los oídos con las manos intentando acallar aquel sonido infernal, cuando, en un instante conseguí distinguir entre llantos una palabra, un nombre a decir verdad, Marina. Llegaron preguntas de la nada: ¿Por qué vuelves?, ¿qué quieres?, ¿no has hecho suficiente daño ya?

Apretándome los dientes empecé a demostrar mi enfurecimiento y mi locura contra la nada o los gritos que de desconocida procedencia no se me había revelado: ¡CALLA!, ¡CALLA!, ¡SAL DE MI CABEZA!, repliqué y pregoné bastante tiempo, hasta que finalmente un chillido estalló, causándome más dolor que los otros llantos y preguntas juntos. Al cabo de un pocos segundos el chillido aumentó su fuerza estallando y creando un silencio, una calma después de una tempestad, el chillido se había ido.

Me tiré al suelo sin cuidado de no lastimarme, apoyé la cabeza en la materia blanca que de este mundo se componía, los pies curvos formando una C uno tras otro.

La cabeza se me llenó de recuerdos, y el corazón de lágrimas, me dolía la barriga, apoyando mis manos cuidadosamente en los intestinos, tenía miedo de vomitar mis órganos. -¿Por qué esta sensación?- preguntaba, ¿acaso es un castigo del divino?, No- repliqué, el divino no posee control alguno sobre este mundo. Sólo había algo que me sacara de este infierno de dolor y misteriosos tormentos, la puerta que inició este viaje y porque ella cesará este terrible dolor y agonía.

Me levanté dolorido, conservando aún el sentimiento de vómito y demás sombras ocultas. Me disponía a ir a la puerta, tambaleándome me acercaba más y más, poco a poco me aproximaba, ¡estaba ahí!- repetía una y otra vez en mi cabeza. Ya cerca, disminuí el paso, los mareos volvieron, y un chorro de sangre surgió de mi boca como el aliento infierno de una criatura antigua, una sangre de tonalidades negras pero sin perder la nitidez del rojo. Tras una breve pausa seguí, me paré, frente a frente, yo y la puerta de las maldiciones, un ligero movimiento creé, metiendo así mi mano en el bolsillo, sacando la llave de las tinieblas que abriría el octavo círculo del infierno. Introduje la llave en el picaporte, la giré con una suavidad acompañada de temblores, sonó como si miles de engranajes se incorporaran a filas para recibir a su nuevo mesías.

La puerta, al fin, abierta, solo tenía que empujar la casi podrida madera de la cual estaba compuesta, y desvelar mi tesoro. Conduje mi brazo hacia su destino, qué raro el tacto  de la madera sobre las yemas de mis dedos, no era el tacto que me esperaba. Poco a poco una oscuridad imborrable empezó a desaparecer a medida que yo abría más y más la puerta, y fue allí, donde la encontré, una figura angelical tirada en el suelo conectada a unos tubos, corrí hacia ella me tiré al suelo sujetándola, acto seguido le aparté sus cabellos color castaño descuidado por el tiempo, desvelando así el rostro de mi amada, rompí a llorar, lágrimas y lágrimas caían de mis mejillas y ojos, mientras yo bruscamente amputaba los tubos de su espalda, cayendo un líquido púrpura al suelo. La agarré con fuerza sobre mí, creando llantos de loco y palabras sin sentido, insultos al creador y al demonio, al cielo y a la tierra, a los planetas y a mí mismo.

Estos llantos hicieron que este ángel de infinita luz elevara su brazo con palidez, y tocara mi frente, acto seguido echó un suspiro y calló sin vida entre mis brazos.

Tal toque hizo que me fuera revelado el secreto de este mundo y su existencia.

Ella llevaba muchos siglos encerrada, sustituyendo mi corazón, que yo irresponsable, había perdido largo tiempo atrás. Solo quería cuidarme, hacer de mí una persona con capacidad de amar y ser amada como a las demás, pero el alcohol, el libertinaje, las cortesanas, me habían envenenado y descompuesto, ahora sólo quedaban preguntas satisfechas y ahora desaparecidas, no me quedaba nada. Fue en ese momento cuando presté atención a la llave de mi bolsillo. Mirando la inscripción de la empuñadura y arrojando luz sobre estas tres letras que separadas, formaban una frase, Te Quiere Marina.

Fue en ese momento el final de nuestra historia, el momento de no retorno, tenía que pagar mis pecados, no pensaba en nada más, estaba vacío.

Entonces recordé una frase que ella misma me dijo la última vez que nos vimos:

Hasta el más cruel debe tener a alguien, aunque sólo sea para que le muestre el lado humano del que carece, y si algún día el mundo se acaba, cuando todas las luces se apaguen, sé que estarás a mi lado.

En ese instante la puerta se cerró, dando un paso a la oscuridad, y yo, así cumpliendo mi promesa.

 

 

Donde juegan el gato y el lobo

Adrián tocino Martín 7/2/16

 

 

 

Donde juegan el gato y el lobo: 1ª parte

No sabía que hacía, no sabía qué hora era.

Pero estaba allí, ya no importaban las otras preguntas, las otras palabras que paseaban por mi cabeza. Una puerta en un paisaje de color blanco, bajo un cielo oscuro con luces pretendientes a iluminar aquella misteriosa puerta.

La puerta, aquella puerta, era vieja, de color blanco y con tonos grises que había descubierto la pintura levantada con el tiempo, formaban extrañas siluetas que me resultaban familiares. Algunos levantamientos tenían nombres grabados, nombres que pensaba que nunca volvería a oír, pero, dicen que no se puede huir del pasado, algo que yo no creía, sin duda, pero ahora, en este instante empezaba a creer.

Marina, era uno de los nombres escritos en aquel cuadro de recuerdos, en esa ventana de sentimientos pasados. En ese instante las tripas se me encogieron, los pulmones dejaron de tragar aire y el corazón se me paró. Durante unos instantes se paró el tiempo, y creí volver a las callejuelas que me imaginaba en los bosques, junto a los dúplex de las casitas de pájaros, junto a mí, cogiendo mi mano estaba ella. (Fin del recuerdo). Todo volvió a sus segundos naturales, las tripas se me relajaron, mis pulmones expiraron el aire aguantado y mi corazón volvió a caminar sin temor a perderse.

Me volví a fijar en la puerta, con la esperanza de ver algo que mis ojos sobresaltados en el pasado no hubieran visto.

Mía la sorpresa, un letrero camuflado con el blanquecino tono de nuestra puerta se había dado a descubrir, a veces me pregunto si llegué a descubrirlo, o si él se dignó a aparecer.

El hallado letrero ponía: “Zona de máquinas del corazón”. No me resultó extraño, todos necesitamos a un diminuto ser que se preocupe por nosotros y arregle o haga girar una tuerca para que nuestros sentimientos no nos destruyan. Pero admito que me sobresaltó, no esperaba que semejante puerta almacenara un corazón entre sus engranajes de cierre y su oxidado picaporte.

¿De quién será el corazón encarcelado?-Me preguntaba-

Una pregunta que pregonaba sin saber el resultado de mis desventuradas respuestas, sin embargo, había una respuesta que calmaría mi sed por tal pregunta formulada por nadie.

Tal respuesta era sino abrir la misteriosa puerta. Me acerqué con paso de mendigo hacia mi futuro premio, poco a poco, los sonidos de mis pisadas iban desapareciendo junto a los viejos pasos. Me paré en seco, alargué la mano mientras me encorvaba inclinando el pie izquierdo, apoyándolo sobre las cabezas de mis dedos. La mano que lentamente se acercaba temblorosa, dando parte de mis nervios y temores de qué encontrar dentro, finalmente coloqué mi mano sobre el picaporte, que nada más tocarlo, la piel de éste se enfureció conmigo cortándome, pero yo sin desprender la mano giré suavemente a aquel mal agradecido montículo de hierro adornado, cuando sentí una parada en seco, la puerta estaba cerrada,-PARDIEZ- grité enfurecido, por un momento pensé que había espantado a las golondrinas que volaban sobre mi y justo debajo del cielo, pero cuando  me distraje con estos enigmáticos secuaces del cielo, volvieron a aparecer y mi enfurecimiento cesó.

Yo, ya relajado me hallé sentado en el suelo minutos después del incidente, limpiándome la herida que aquel guardián me había marcado.

Desinteresadamente metí  mi mano en el bolsillo de mi chaqueta, con la esperanza de encontrar un pañuelo para vendarme, pero encontré un viejo cuaderno, aquel cuaderno rasgado por el tiempo y con mi nombre grabado en la esquina derecha me produjo la misma experiencia que cuando leí el nombre de mi amada en la puerta.

En esta travesía me encontraba en un diminuto planeta con un pequeño volcán, (sé que era un volcán por los hilillos de humo que de su nariz salían), me imaginé que la respuesta de este viaje se encontraba en el volcán, la razón de no encontrar nada más en aquel planeta me condujo a esta teoría.

Me alongué sin temor a ensuciarme el pantalón, algo raro en mí, pero la ocasión lo requería. Introduje la mano en el volcán con miedo a quemarme.

-¿Por qué?- preguntareis, ¡un volcán, aunque sea pequeño sigue teniendo la misma fuerza que uno de tamaño descomunal!

Fuerte era mi sorpresa al no sentir calor ni escozor en mi piel, palpé el fondo del volcán, buscando algún aparato o mensaje. Llegué a tocar un objeto, de madera creo recordar, atado con un hilo de cuero, lo que me dio a deducir que era un collar, en ese momento me tele transporté otra vez al mundo de la puerta. (Fin del recuerdo).

Tirado en el suelo hallado me encontré, con el cuaderno desaparecido, pero sentía un peso sobre mi pecho, del cual una de mis manos se encontraba agarrando algo.

Me incliné dolorido de mi espalda y dije – ya no estoy para estas cosas-. Retomé mi curiosidad después de este comentario, aparté la mano con el objeto en ella, y descubrí el objeto entre mi amasijo de piel, carne y hueso. Era la llave, una llave vieja y de color herrumbre, con un grabado en la culata: TQM.

Poca atención le presté a la inscripción, mi viaje se acercaba a su fin, tenía la salvación en mis manos y me disponía a acercarme a la puerta.

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