Monthly Archives: abril 2016

Los cuentos de la inocencia I

I.

En el ocaso de mis días, el lobo que se acerca, acompañado de una triste tormenta.

Una marcha tenebrosa y lenta. Un sabueso de humo negro con enloquecedores ojos violeta, y garras de madera brillante.

Ya se acerca, puedo oírlo en el pasillo, va rasgando con cada paso la alfombra teñida con el carmesí de mi sangre. ¡Se detiene!, y emprende la marcha, subiendo la tortuosa escalera a mi cuarto, oigo sus pesadas garras rasgando el suelo, y sus dientes resonando por el denso aire.

Ya no queda tiempo, ya no queda tiempo para lamentarse.

Heroína

Helena era una chica normal, que asistía a un instituto ordinario y con amigos igual de normales. Aún así, la gente la veía como un bicho raro. ¿Por qué? Ella nunca se ha enamorado, ni le ha gustado en lo más mínimo una persona. Todos los chicos que había conocido no tenían nada que le atrajera.

Pero todo acabó, cuando un día cualquiera llegó a clase y se encontró a una nueva persona. Era una chica alta, de pelo rubio ondulado y ojos verde esmeralda. Le cortó la respiración con su belleza. ¿Qué le estaba pasando? Quería hablarle pero tenía miedo, ¿y si causaba una mala impresión? Nunca había estado tan nerviosa en su vida. Con su corazón latiendo a mil por hora, se acercó a ella y, tartamudeando, dijo hola. O bueno, eso pensó Helena. Porque en realidad, solo se había desmayado antes de pronunciar palabra, y la chica misteriosa había desaparecido. Pero ya lo tenía claro, encontraría a esa chica que le demostró al fin que tenía la capacidad de enamorarse, su heroína.

Ayla Esteban

Otoño

Llega octubre y el tiempo otoñal con él. Esta estación siempre me trae buenos sentimientos y sensaciones. Quizás sea por todos los buenos recuerdos que tengo en esta época. Como mi viaje a Canadá donde, sin explicación lógica, las copas de los árboles seguían verdes. O esas semanas en las que me pongo mala y paso el día calentita en mi cama. O puede ser también porque me gusta ese tiempo que no es ni frío ni calor, los cielos grises y las hojas cayendo hacia el suelo y cambiando a muchísimos colores: amarillo, rojo, marrón… Paseos por el parque, donde ancianos se encuentran sentados en los bancos, solo observando la belleza del lugar. Todo esto siempre me ha traído mucha felicidad, al contrario que el verano, con ese calor que parece que ni la lava de un volcán podría alcanzar. Quizás solo soy rara.

Ayla Esteban

El sonido de la tormenta

Durante la tormentosa noche, un crujido me sobresalto, era como un sonido de una serpiente, un shhhhh que te hacia estar alerta. Sin pensarlo dos veces busqué en la mesa de noche aquella pequeña linterna para alumbrar mi oscuro camino. De un brinco me levanté poniéndome sobre los hombros una ligera chaqueta y me adentré en la penumbra del pasillo. 
    
        Estaba muy oscuro, tube que estar alerta por todo lo que podía pasar. De repente, una sombra se movió rápidamente cerrando a su paso la puerta del sótano. Miedoso me aventuré a ver lo que era. Súbitamente me tropezé con algo, por el pequeño haz de luz que emanaba de mi linterna, me imagino, así que di un paso atrás y vi lo que parecía ser una trampilla, de esas que guardan algo secreto, oscuro, algo siniestro…Aunque mis años me lo impidieran por un momentos aquella oscuridad me aterró. Pero ya no tenía escapatoria, así que seguí, cortando aquella densa penumbra con la poca luz de la linterna, quería pensar que solo eran imaginaciones mías.
        
        Ahora escuchaba mas sonidos, pero no el que haría un animal o nada parecido, sino humanos, los típicos “ayuda”, “estoy aquí “, “ven, corre ven”…se quedaban cortos ante aquellos desgarradores gritos que provenían de aquella trampilla. Pobre de mí, en mal día se me ocurrió entrar. La linterna ya se estaba quedando sin pilas, así que corrí buscando alguna fuente de luz, me daba igual si era la titilante luz de una vela o la fuerte llama del mechero, pero se ve que mi meta en aquel momento era muy lejana...
Daniel Arocha Cruz y David Hernández Trillo

Un mundo conectado

Estoy desorientado, agonizando casi, llegando a una ciudad fantasma, pero, en realidad, tal vez no lo fuera, fruto de mi imaginación.

Entré por el norte, lo supe por la típica veleta, con forma de gallo, que te marca la dirección.

Había una niebla propia de películas de terror. Un frío y calor a la vez, era una sensación extraña. Carreteras agrietadas, edificios derrumbados, otros en ruinas… Entré a uno de ellos y olía a cerrado, humedad… La verdad es que me dieron escalofríos según entré y tenía la piel de gallina y los bellos de punta…

Hola, me llamo Jack, de 23 años y la verdad es que mi pasión es la adrenalina, me encanta. Hablo del puenting, sobre todo la modalidad de “skyfall backward”. Modalidad en la que, en vez de caer al vacío, caías al espacio, así que imagínate: tirarte al vacío del espacio, viendo los cuerpos estelares, las estrellas, los soles, las lunas, ¡Todos los planetas y sus satélites!

Una de las veces que lo experimenté, divisé una especie de espejo grande, con el marco amarillo y de él salía un haz de luz blanco brillante, daba miedo, pero, ¿Sabes qué? No tenía otra, ya estaba en la trayectoria y, por más que lo intentase, por mucho esfuerzo que haga, no conseguí nada.

El renacer de un corazón roto.

Todo lo que mi corazón necesitó para sanar fue su presencia; la manera en la que sus marrones ojos se posaron fijamente en mí fue suficiente para entrar a otra realidad. Fue como si, ante mis ojos, se hubiera abierto una puerta hacia otro mundo, y mi corazón hizo algo que no sabría muy bien describir, pero que se sintió como si saltara de un lado a otro.

Fue tanto para mí… fueron demasiadas emociones y mi instinto me pedía a gritos que le besara y le dijera lo valioso y querido que es.

No sabría decir si es amor o no, pero sé que me hace sentir como si fuera una persona nueva. Como si todas mis piezas rotas se unieran de nuevo en cuanto me mira o dice mi nombre. No es muy común que lo haga, pero cuando lo hace… ¡ay, cuando lo hace! Siento como si mi nombre, de repente, fuera otra cosa y estuviera escrito en seda. Su voz es el sonido más calmante que he escuchado jamás, al igual que su risa. Dios, su risa es de lo peor. Es escandalosa y hace que se ponga rojísimo e incluso termine en el suelo retorciéndose. Es comparable a una desacorde melodía; es hermosa y a la vez no, y es lo único que quiero escuchar por el resto de mi vida.

Y creo que el problema erradica ahí: en que preferiría escucharle reír y hablar sobre todo y sobre nada durante horas, que escuchar mi canción favorita en repetición.

 

Sofía Núñez.

La tribu.

Louise había decidido irse de vacaciones. Hacía tiempo que necesitaba tomarse un descanso de su familia y, en cuanto vio el momento, hizo una escapada a un hotel rural.

Una vez llegó, le picó la curiosidad y fue a explorar los alrededores. Detrás del hotel había una plenitud de montañas, las cuales parecían no tener fin, así que optó por escalarlas. Tropezó un par de veces y, en una de ellas, cayó inconsciente.

Lo primero que vio al despertarse fue el rostro arrugado de una mujer que la miraba con curiosidad.

— ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy? —balbuceó la joven, aún desconcertada. La anciana parecía no entenderla, así que lo intentó nuevamente—. ¿Dónde estoy?

Al no obtener respuesta, Louise se levantó y observó el panorama; estaba en una especie de cueva, la cual parecía haber estado deshabitada por siglos. A su derecha estaba la ya mencionada mujer, observándola extrañada.

—Agua —susurró de repente, señalando hacia la entrada de la cueva.

La joven asomó la cabeza y vio que estaba diluviando fuertemente. Segundos después, un relámpago cayó a lo lejos, haciéndola temblar.

—No salgas, muchacha. Es peligroso —murmuró la anciana. Otro rayo cayó, y ella volvió a temblar—. Están enfadados.

— ¿Quiénes?

—¡Los dioses, muchacha! —exclamó como si fuera obvio—. Nuestra tribu ha sido un secreto durante milenios, y tu presencia les disturba. No eres de los nuestros, jovencita, así que ten cuidado, sobretodo con Ed. ¡Por favor, ten muchísimo cuidado con él! ¡Es muy peligroso!

— ¿Quién es Ed? ¿Y cómo sabe usted que es tan peligroso?

—Ed es el jefe de la tribu, y sé que es peligroso porque, hace bastante tiempo, me ocurrió lo mismo que a ti: fui a escalar, me resbalé y caí inconsciente. En cuanto desperté, Ed me sacrificó como ofrenda a uno de sus dioses, sólo por haber “irrumpido” en su tribu. Y he estado encerrada aquí desde entonces. Llevo doce años muerta, muchacha. Así que por lo que más quieras, ten cuidado.

 

Sofía Núñez.

¿Otro día igual?

En aquel pasillo no había un silencio normal, digamos que era un silencio doble. El primero era fácil de describir era un silencio apacible y difícil de perturbar,el segundo, un silencio generado por las cosas que faltaban: niños corriendo por los pasillo, profesores riñéndolos…
Contrastaba con aquella atmósfera soporífera y calurosa, pensé yo. Seguí avanzando y un olor delicioso era transportado por una leve y refrescante brisa, llegué al lugar del que provenía: la cafetería que aunque bulliciosa la mayoría del tiempo estaba desierta. Crucé el patio donde por fin vi a alguien, una chica de pelo castaño claro acababa de cruzar la verja hacia la cancha. Fui tras ella pero al bajar las escaleras de después de la puerta un olor acre y a cerrado emanó del baño de los chicos, no le presté mucha atención aunque me tapé la nariz con el cuello de la camisa, también desde el gimnasio escuche el sonido de muchos objetos cayendo simultáneamente, aquel sonido me desconcertó y casi hace variar mi ruta pero con una fuerte decisión continué tras la chica al llegar a la cancha la vi de espaldas, de pronto se viró y con una voz masculina nada propia de ella me dijo:

Esta no es su cama, David.

Era el profesor, me había vuelto a quedar dormido

¿Esto me hace una heroína?

Desde 1º de la ESO estaba con él en la misma clase, pero nunca había notado su presencia.

Hasta que llegó 2 de la ESO, en clase estaban sentados de uno en uno. La profesora la sentó justo detrás de él y ahí, en ese momento empezó todo. Él cada vez se giraba más hacia atrás y ahí empezaron a hablar. Cada día hablaban más, a veces unían sus mesas y se sentaban juntos. El amor empezó a crecer en ella y no hubiera importado si él no hubiera tenido novia en ese momento. Ella sabía que no debía ilusionarse pero lo hizo, él, por su parte le daba ilusiones pero no para hacerle daño, daba ilusiones porque él también las tenía, pero su novia seguía allí.

Todo ese curso fue igual, tenían un feeling especial. Habían abrazos en todo momento, caricias, lágrimas, preocupaciones y hasta algún que otro beso de por medio, pero por desgracia todo acaba y ese curso se acabó y con el todo lo vivido. Ese año se pasó volando y sin duda siempre será uno de sus mejores años en el instituto.

Olvidarlo será difícil y ella lo sabe, pero gracias a esta vivencia, ella aprendió algo más. Aprendió que todo se acaba, que las cosas tienen un fin y que por mucho que quieras algo, no siempre vas a conseguirlo.

Valentina Sepúlveda

Ojos color café.

Sus ojos marrones me escrutaron de arriba a abajo y sentí como, por primera vez, un calor reconfortante recorría todo mi ser. Había sido la sola mención de mi nombre, la manera en la que sus labios se formaban al pronunciarlo, lo que me había hecho ver que, quizás, había algo valioso en mí.

Después de tanto tiempo sin sentir emoción alguna, de vivir como si estuviera en un círculo vicioso de monotonía, su sola presencia me hacía sentir fuegos artificiales en mi interior, me hacía sentir como si estuviera en casa.

Mi hogar no era un lugar, era una persona.

 

Sofía Núñez.

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