La voz

    Esa tarde como todas las tardes, salí a jugar con Alexandra y con Laura. Entre varios juegos, Laura decidió que sería una buena idea ir al campo de fútbol. Allí mientras jugábamos con la pelota, sin querer la lancé muy fuerte y Alexandra fue a buscarla. La pelota llegó justo a la entrada de una vieja casa abandonada rodeada por altos matorrales y montañas de ramas secas. La entrada no era muy agradable a la vista, e hizo que un escalofrío recorriera mi espina dorsal.
    Laura que era muy atrevida nos propuso entrar dentro a echar un pequeño vistazo, yo no quería. Había oído a mi madre hablar con mi padre de que esa casa era peligrosa.
    
-No seas cobarde, Carlos -murmuró Laura con una sonrisa torcida-. ¿O es que acaso te da miedo invocar a un fantasma?
    Alexandra empezó a reírse y Laura se unió a su risa.
    
-Vale, vamos, pero esto es una tontería -y dicho esto los tres nos pusimos en marcha.
    Al entrar tuve que tragar saliva por el nudo que se me había formado en la garganta, otro escalofrío volvió a recorrer mi cuerpo.
    
-Carlos… -una insignificante voz me llamó desde detrás de una columna en la entrada de la casa.
-¿Ha…habeis oído eso? -el miedo empezó a hacerse dueño de mi cuerpo.
-¿Oír el qué? -cuestionó Alexandra con insolencia.
-Nada, nada 
     Ni una palabra más fue dicha, y los tres empezamos a caminar sin rumbo alguno. Unos minutos después, Laura y Alexandra se alejaron, y yo quedé en completa oscuridad. Con torpeza, comencé a caminar por donde creía que habían pasado, tratando de encontrarlas a ellas y a la linterna.
-Carlos… Carlos… -rápidamente me giré, pero a mis espaldas no había nadie.
    Otra vez la misma voz. Esto era aterrador y quería salir de allí inmediatamente pero al intentar buscar la entrada todo parecía haber cambiado de sitio, no era capaz de averiguar por donde había llegado hasta aquí.
    
– ¡Carlos! -volví a escuchar, aunque ésta vez era una voz femenina y mucho más fuerte; Laura-. ¿Se puede saber dónde estás?
    
    Con prisas y con mis piernas temblando corrí hasta donde supuse que estaba Laura pero algo se interpuso en mi camino.
    
-¡Carlos, para! -de nuevo la misma voz.
    Los gritos surgieron de mi garganta, las lágrimas se amontonaron en mis ojos. Me tiré al piso y me tapé los oídos con intención de no oír más esa aterradora voz.
    
-Carlos, ¿por qué estás llorando? -Laura apoyó su mano en mi hombro y me ayudó a levantarme- ¿Qué te pasa?
-¡Quiero irme! ¡Quiero irme! -mis pies se movieron solos, corrieron y di con la salida. 
    El aire de fuera llenó mis pulmones. Laura venía detrás de mí, pero y ¿Alexandra?
    
-¿Dónde está Alexandra? -mi pregunta pareció sorprender a Laura.
– ¿Cómo que Alexandra? ¿De qué hablas? -murmuró mi compañera con un tono sombrío.
-Alexandra venía con nosotros, se habrá perdido dentro, ¡tenemos que ir  a buscarla! -me puse en camino a la casa de nuevo pero Laura me detuvo.
-Carlos para, por favor. No tiene gracia -pidió suplicante a la vez que severa-. Ambos sabemos que Alexandra no está ni ha estado aquí desde hace mucho tiempo.
-¿Mucho tiempo? Hace 10 minutos estaba con nosotros, aquí y en el campo jugando y ahora ¿no? 
-Los dos somos conscientes de que Alexandra falleció hace tres años.
Valentina Sepúlveda, Sofía Núñez

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