El último día del atardecer

Pensar, creer y sentir, y nada más, seamos pluma de cisne volando con los vientos creados por mis palabras, y aquí me encuentro, bailando un vals solo, solo, y con un limpio suelo de roble amarillento a 10 metros de mis pies, estoy volando, siento el clamor del día y la teñida capa gris ni negra de lo que llegó a ser la noche. Y vuelo, y vuelo, y vuelo más y más alto, ¿qué veo?

-Respondo: oscuridad de millas y millas a lo lejos, planetas de colores verde y azul, y dientes rotos y perdidos que son las estrellas.

Cuando al final, caminando por este pasillo, ocupo los espacios de ventanas masculinas, el eco sordo de mis pasos que ocupan el aire y va revotando en las paredes blancas invisibles, hemos llegado al cuarto, he llegado y abro la puerta, (para cualquiera sería un movimiento rápido y sencillo, pero para mí fue lento y pesado, como si te callera una nube de lluvia encima).

Allí, postrada en un marco de madera tallada, con un letrero de color plata falsa se leía “Maggie”….. Una magnifica y esbelta figura de color plata, con dos grandes ojos consumidos por una negrura profunda e infinita, parecía poder meterte en ellos y llegar a algún lugar, lejos de aquí, lejos de este cuarto.

Tome a aquella belleza fosilizada, y bailando un vals acompañado, ella posó sus ojos en mis labios, sus ojos en medio, divididos por una línea imaginaria que partía la nariz y cabeza en dos. Con unas alas cortadas ella cayó al suelo perfumado, un dolor intenso recorrió mi cabeza, y más un desgarro de hierro candente penetró en mi pecho y locamente ciego comenzó a indagar en mi cuerpo en busca de mi abandonado y poniente corazón para quemarlo y encadenarlo a él.

Pronto, caí en un suave y mullido aire que dócilmente me hacía perder la razón y el tiempo.

Cierro los ojos, y se convierten en dos eclipses manchados de rojo y más negros de o que son,  y la sala se oscurece.

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