Una sonrisa con lagrimas

Cada martes, en las noches nubladas, se presenta abrigada por un manto negro, una gata de ojos color rojo.

Su presencia agradezco, pues me acompaña en la noche al dormir, y por la mañana ya se ha ido.

Hubo una vez, que a lomos de la chimenea, ella se tumbó y me permitió leerle versos que después quemamos para que solo quedara la presencia del recuerdo.

Y largo tiempo atrás, en una media noche húmeda y fría, que el aliento era sometido a convertirse en escarcha, la gata me arañó cerca del corazón.

Curiosa gata…… últimamente aparece con pequeñas pecas blancas y sonrientes, me alegra la vista, me alegra el dormir.

A su cita de los martes nunca falta, me tiene en estima, ella me controla a mí, le gustan las sábanas negras y el olor de la tinta en mi plumín, le gusta manosear lo que escribo y mojar con sus lágrimas mis mejillas, le fascina ver la luz de la llama.

Ella es simple como el amanecer del cual escapa, su libertad es plena por este mi cuarto, posee control sobre todo, hasta el aire que respiro, y el prender de sonidos de páginas caer de mis manos al suelo.

A veces la odiaba, pero llegué a odiarla tanto como la amaba.

Concédeme algo más que tu pestañeo, devuélveme al menos el recuerdo de tu risa.

Me recuesto en mi cama, inclinándome hacia la chimenea, y ahí esta, en el suelo despejado, mirando la llama a plena oscuridad…

Y al despertar, ya no está la chica de ojos de demonio.

Deja un comentario