El pacto con el Diablo

Así como de Bajtin me apasiona su Teoría y estética de la novela y su Problemas de la poética de Dostoievski, de Ztvetan Todorov me apasiona casi todo, con preferencia golosa a sus análisis de la teoría literaria. Vinculado con el post anterior, quiero tomar un punto de vista de un autor contemporáneo, como contraste y como reflexión y, para esto, Todorov es perfecto. La obra -de la que hago un pequeño resumen del prólogo- a la que me refiero es El jardín imperfecto : el pensamiento humanista en Francia que aquí se tradujo como El jardín imperfecto: luces y sombras del pensamiento humanista (Paidós, 1999).
El primer pacto se lo propuso el diablo a Jesús. Después de obligarlo a ayunar durante cuarenta días en el desierto, le hizo ver, en un instante, todos los reinos de la tierra. Le dijo entonces: «Todo ello depende de mi poder. No obstante, estoy dispuesto a cedértelo. No te pido a cambio más que un pequeño gesto: que me reconozcas como señor; si lo haces, te corresponde reinar». Pero Jesús contestó: «No quiero ese poder, pues sólo quiero servir a Dios, y su reino no es de este mundo». Jesús rechazó el pacto. Sus sucesores, en cambio, acabaron por aceptarlo y, desde Constantino a Luis XVI, durante más de catorce siglos, procuraron reinar en los reinos del diablo. Un vidente ruso, algún tiempo después, afirmó que Jesús, de nuevo en la tierra, había sido reprendido severamente, por parte del Gran Inquisidor, por su rechazo. Este último habría dicho: «Los hombres son débiles, la fe en Dios no basta, la ley de Dios es mejor.
El segundo pacto se lo propuso, en el siglo XV, un delegado del diablo, Mefistófeles, a un hombre ambicioso y orgulloso, mago, nigromante y prestidigitador, que se llamaba Johann (o tal vez Georg) Faust y que intentaba desvelar los secretos de la vida y de la muerte. «Ya que eres tan curioso -le dijo el enviado del diablo- te propongo un trato: tendrás acceso a todo el saber del mundo y ningún enigma se te resistirá. Ahora bien, tú no ignoras que el saber conduce al poder. A cambio, no te pido que hagas una gran declaración de sumisión; sólo exijo una cosa, ciertamente un tanto especial: al cabo de veinticuatro años me pertenecerás enteramente, en cuerpo y alma. A diferencia de Jesús, Faust aceptó los términos del contrato.

El tercer pacto tiene lugar en una fecha cercana al de Faust. Pero tiene una particularidad: su misma existencia no llegó a revelarse en el momento en que entró en vigor. La astucia del diablo consistió esta vez en permitir que la otra parte contratante, el hombre moderno, ignorara el contrato; en permitirle creer que obtendría nuevos privilegios debido a sus propios esfuerzos, y que nunca debería pagar nada por ellos. Esta vez, lo que el diablo ofrecía ya no era el poder, ni el saber, sino la voluntad. El hombre moderno tendría la oportunidad de querer libremente, de adquirir el dominio de su propia voluntad y de llevar su vida a su antojo.

Pasó un tiempo en que el hombre moderno -hombre del Renacimiento, hombre de las Luces- se diera cuenta del alcance de lo que podía llegar a adquirir. Habiendo gozado de ambas libertades -la de no someterse más que a sus propios afectos y a su propia razón- el Hombre moderno fue tentado por una nueva extensión del campo de su voluntad. Le faltaba efectivamente asumir el vasto dominio de sus acciones públicas. Durante estos dos siglos, la conquista de la libertad fue un asunto de hombres estudiosos. Un cambio sobrevino en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando algunos hombres de acción, descontentos del estado del mundo a su alrededor, adquirieron el conocimiento de las ideas que se escondían en los libros y decidieron sacarlas de allí. La Revolución americana y la Revolución francesa no sólo se acompañaron (en el primer caso) de una Declaración de Independecia, sino también de una Declaración de Autonomía. El diablo consideró entonces que el hombre moderno había mordido suficientemente el anzuelo y escogió ese momento para anunciar que existía un pacto y que había que empezar a pagar por sus generosidades pasadas. Prefirió inspirar a algunos sombríos profetas a los que encomendó la misión de revelar a los hombres el montante de lo que debían ajustar. «Si quieres conservar la libertad -dijeron esos profetas a sus contemporáneos- deberás pagar un triple precio, separándote primero de tu Dios, luego de tu prójimo y finalmente de ti mismo». Cuando los hombres modernos (a los que se iban añadiendo, poco a poco, las mujeres modernas) escucharon, a través de esas sombrías profecías, el anuncio del pacto del que eran la parte que recibe, se dividieron. Desde la revelación del contrato, los que dan a conocer sus opiniones en público, sabios, escritores, hombres políticos o filósofos, se han repartido en varias grandes familias, en función de las respuestas que han querido darle. Esas familias de espíritus existen todavía hoy en día, aun cuando los cruces, las defecciones y las adopciones han embrollado un poco el lienzo.

Esquema:

La primer familia, la más fácil de identificar, reúnen a los que piensan que el diablo tiene razón; por tanto, vale más renunciar a la libertad. Esta familia es la de los conservadores: aquellos que querrían vivir en el mundo nuevo apelando a los valores antiguos.
Las demás familias, que Todorov reduce a tres, son los humanistas, los individualistas y los cientificistas, que, aunque podrían parecer comunes, tienen unos rasgos que las diferencian claramente. En principio, estas familias aceptan y aprueban el advenimiento de la modernidad.
Cientificistas: Aceptan las condiciones del diablo sin pestañear, pues para ellos la verdadera y única libertad es la del saber: por lo tanto, nunca hubo libertad. Gracias al razonamiento y la observación los misterios de la naturaleza y de la historia quedarán desvelados. Y quien tiene el saber tiene el poder: y así se pude transformar el mundo.
Individualistas: Para estos, eliminar a Dios no es pérdida sino liberación. Para los individualistas, no hay que pagar un precio porque lo que han perdido no merece que se lo eche de menos, y porque se arreglan muy bien sin valores comunes, sin lazos sociales molestos y sin un yo estable y coherente.
Humanistas: Creen que la libertad existe y que sí tiene un enorme valor, pero también aprecian esos valores compartidos, la vida con los demás hombres y el yo orgulloso de sí mismo. Los humanistas toman en serio las amenzas del diablo, pero no admiten que se haya establecido un pacto con él y, a su vez, le lanzan un desafío.

¿Qué hace luego Todorov? Se pasa 333 páginas tratando de dar explicación y luces al pensamiento humanista a partir de Montaigne, Rousseau y Benjamin Constant, para buscar en su pensamiento ideas que podamos dar utilidad hoy dia. Yo que tú me compraba unas roscas -palomitas-, algo de beber y me leía el librito de cabo a rabo. Es más emocionante que un estreno de Hollywood, aunque eso ya no tiene tanto mérito. Van a hacer el remake de La Huella, pero ahora a M. Caine haciendo de Sir L. Olivier y a Jude Law haciendo de Caine. Cosas de la falta de imaginación. Espero que no la destrocen.

Michel de Montaigne – Ensayos

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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