Males endémicos del escritor – Parte II

El mal de la Luna.

El escritor despistado, más pendiente de su texto que de cualquier otro suceso que ocurra en el universo, puede llegar a extremos enfermizos si padece el mal de la luna. No es recomendable para escritores/as que no hayan suscrito una póliza de seguros -y que paguen los plazos-. El mal se reconoce porque un extraño haz de luz, invisible para el ojo no entrenado, infecta momentáneamente -y de forma benigna- a quien esté a su vera, que exclama con acritud: «¡parece que estás en la luna!».

El mal de la luna, según últimas investigaciones, se contagia a menudo por herencia genética. Si el padre del escritor/a era un despistado, por ejemplo, se comenta: salió al padre. Aquí hay poco que hacer; tan solo recomendamos usar riñoneras y chichoneras en articulaciones para evitar males mayores. Y las latas de paciencia que venden ahora los japoneses en los supermercados. Estos japoneses son tremendos.

El mal de Venus.

El mal de Venus genera polémica entre los expertos de todo el mundo. Hay quien afirma -en compañía de nadie- que no existe -como los que dicen que no existen los sinónimos, por aquello del estructuralismo y Saussure-, pero hasta que no se aclare el hecho con un hallazgo genial, seguirá constando como mal del escritor. He aquí un ejemplo.

-Cariño, ¿fuistes a pagar la guardería del nené?

-Cielo, estoy trabajando en el capítulo XVII.

-¿Y yo qué hago entonces de 8 a 7?

Otro día:

-Amor, ¿fuistes a traer la nevera, que se nos descongela todo? ¡Por Dios!

-Cielo, estoy acabando con el capítulo, ahora sí que no puedo.

Al día siguiente del otro día:

-¡Tú! ¡Se puede saber porqué no regresastes que te preparé tu comida favorita y hasta las tres me tuvistes despierta! ¡Es que te crees que eres el único que trabaja en ésta casa! ¡Me tienes harta!

-Cariño, fui a recopilar información sobre el tráfico de buques holandeses en el puerto de Rotterdam en el siglo XIV, no me guardes rencor, es para la novelita, ya la acabo y nos vamos de viaje a dónde tú quieras.

El mal de Saturno.

Para el dr. Fritz, experto ajedrecista y una mente obtusa cuando no habla de su tema favorito, el mal de Saturno es un una metáfora, transmutada en enfermedad, de los famosos cuernos. El escritor/a siente que su pareja actúa de forma extraña. No le importa que pase 12 o 16 horas diarias con la novelita; incluso, le anima a estar más horas. Le deja todo preparado para que continúe su titánica labor; paga el alquiler, la hipoteca, el coche, la gasolina, confiado/a en un futuro éxito y el talento de su amorcito. Pero entonces, el escritor/a, de madrugada, va a la nevera. Tropieza con la puerta. ¿No quepo?, se pregunta. Se mesa el cabello y percibe, golpeando como una sábana al viento, una especie de aro mágico, invisible al ojo, sobre ella. ¡Soy un/a santo/a!, se imagina. A las pocas semanas, otro anillo, de mayor tamaño, visible solo para el escritor/a, aparece sobre el anterior. No hay duda, lamenta: me los está poniendo. El dr. Fritz aconseja no leer a Bradbury, Asimov y Arthur C. Clark durante una temporada.

El mal de Mercurio.

El mal de Mercurio es tan raudo y chispeante como el dios Mercurio, del que toma su nombre. No se ha podido especificar en qué consiste, porque los expertos aseguran que no permanece el tiempo suficiente como para detectarlo. Viene y va; es una marea vertiginosa. Durante un tiempo observaron a un escritor, del que se guarda el anonimato, al que algunas fuentes identifican, en secreto, con Camilo José Cela, que lanzaba exabruptos, palabrotas, frases sin sentido, para luego volver a un mutismo receloso. El dr. Fritz estuvo presente en esas observaciones y solo pudieron percatarse de que el sujeto podía ingerir un litro de agua via rectal, sin respirar.

El mal de Bradamonte.

El mal de Bradamonte se manifiesta en playas y acantilados rocosos. Los más recientes especialistas -norteamericanos- lo han querido rebautizar con el nombre de Bradabeach, pero la comunidad científica europea, fiel a su espíritu conservador, aguardará un tiempo prudencial a que todo su consejo de administración, presidente, secretario, subsecretarios, burócratas, bedeles y plantas paleolíticas mueran de una maldita vez para cambiar la postura. En esta espera, los científicos siguen investigando para mejorar la esperanza de vida, mientras se rien una y otra vez de los jóvenes aprendices, que ven como ellos envejecen y los viejos enviejan. Un caos de mundo, asegura el dr. Fritz, moviendo Cf4.

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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