Poder y verdad: literatura y blogs

20080415084152-img-poeticaFue Nietzsche quien dijo que la gente decide primero lo que quiere y luego dirige sus actos para conseguir su objetivo. Esto significa que no podemos hablar de verdades absolutas ni de conocimientos objetivos. La gente reconoce que una filosofía o una teoría científica sólo son «verdaderas» si encajan con las descripciones de verdad establecidas por las autoridades intelectuales o políticas del momento, por los miembros de las élites gobernantes o por los ideólogos dominantes.

Foucault se interesó por la dimensión histórica del cambio discursivo: lo que se puede decir cambia de una época a otra. En ciencia, por ejemplo, una teoría no se ve reconocida en su época si no se adapta al poder consensual de las instituciones y los órganos científicos oficiales. Ejemplo: Galileo.

Foucault, además, afirma que nunca tendremos un conocimiento objetivo de la historia. Foucault habla de luchas de poder; en la política, el arte o la ciencia, el poder se consigue por medio del discurso, que es «una violencia que ejercemos sobre las cosas».

Las exigencias de objetividad realizada en nombres de discursos concretos siempre son espurias: no existen discursos más o menos «verdaderos», sino sólo discursos más o menos poderosos.

Así entiendo yo la crítica literaria. Cuando un crítico habla de una reedición de, pongamos, Orlando, comentará lo que el discurso vigente de Woolf y Orlando dicen sobre la obra. E intenta un discurso poderoso, porque es más útil e inteligente que tratar de hacer un discurso que busque el reconocimiento.

Salvo contadas excepciones por su innegable aproximación a autores desde perspectivas nuevas, arriesgando en análisis brillantes y novedosos para la época –Bataille, por ejemplo-, los críticos se convierten en recreadores de textos y opiniones ya cursadas.

Habla de Woolf, Proust, Shakespeare, Milton y Molière y di que son geniales, sus personajes están llenos de vida y que marcaron un hito en la historia de la literatura; recomienda los consabidos manuales de historia de la literatura reeditados y corregidos, tótemicos y poderosos, hasta que un nuevo manual suplanta al otro y se convierte en doctrinal.

Encontramos, además, original una crítica sobre un libro cuando escuchamos la voz del autor impregnándonos de sus sentimientos: el poema les resultó «sublime», «inspirador», «catarsis miltoniana», «extrañeza de un mundo alejado de lo irreal»…

Existe una autorreferencialidad constante y necesaria a otras críticas y las consabidas «notas al pie», que denotan que lo que uno escribe ya lo dijeron antes -pero no sabemos si lo que dijeron nació de esa voz, lo que indica que el nuevo crítico no tiene pensamientos o ideas propias, bien hay que irse dos mil años atrás para estrellarnos de nuevo contra Platón y Aristóteles-; un discurso carece de validez fuera del circuito de «construcción» de estas críticas, y además, las voces de los ideólogos y las élites son eternas.

Anécdota contada en primera persona por la afectada: un profesor de una universidad de las Islas Canarias, catedrático de Filología por más señas, comentó a una futura «doctora» que ella era «una mierda» -literalmente- y que no podía poner en su tesis -aunque en las clases de dicha facultad, abiertamente, se reconoce que estaba equivocado- que tal eminencia había cometido un error en su planteamiento estructuralista. Mobbing aparte, el «sistema» perpetúa sus iconos contra viento y marea, hasta que todo el engranaje, pesado y pausado, consigue ajustarse a la nueva realidad científica, artística, política o filosófica.

Este pensamiento sobre el discurso poderoso y la verdad del mismo me lleva a los blogs, donde encuentro que existen determinadas reglas no escritas que se aplican bajo la estricta vigilancia de élites virtuales.

Para muchos, el concepto de blog requiere la inmediatez. Y, al mismo tiempo, esto produce que muchos autores de blogs visitados influyan en crear nuevas reglas porque en internet todo es inmediato. El valor, por tanto, está intimamente ligado a lo actual.

Por esta misma razón, muchos bloggers cierran comentarios a determinadas entradas una vez han pasado un tiempo, puesto que la consideran demasiado alejada en el tiempo. Y, a la vez, desprecian el valor del conocimiento, puesto que para el lector la inmediatez la da el preciso instante en que la lee, no el momento en que la publica.

Más allá de estas consideraciones menores, me molesta, como nombré antes, la autorreferencialidad. La gran mayoría de ocasiones, un número cada vez mayor de bloggers copian noticias, apenas modificadas y con alguna opinión que no aporta nada a la noticia -«me gusta, no me gusta, lo he probado y me funciona, me da problemas con este componente»-.

Encontramos, además, enlaces a noticias diseminados por todo el artículo, de tal forma que el artículo deja de ser una información precisa y concreta sobre un aspecto que el blogger desea comunicar. Si pudiéramos unir con una línea, de los millones de artículos publicados sólo en castellano, veríamos que ésta apenas parecería un punto dibujado en ese hipotético mapa, dando saltos aquí y allá según avanza su exposición.

El blog tiene, por tanto, una sobreinformación sin depurar, amputable y que satura la red. Y al tener cabida todo deja de tener una definición plausible más allá de «sitio web actualizado -o no- donde publico lo que me apetece».

Creo, sin embargo, que internet funciona como un ser biológico, que se transforma, desarrolla y va generando nuevas pautas. A muchos no nos importa en absoluto lo que nuevos «gurús» o los proyectos que las élites virtuales tengan pensado acerca de, por ejemplo, el funcionamiento y características de un blog o «urbanidad y civismo blog», a la manera de los libros de urbanidad que se vendían antaño (aquí la paginita actualmente).

Para los opinólogos contrarios al discurso poderoso sólo queda un camino: tomar riesgos en nuevas rutas, por más que al principio nos destrocemos la quilla del barco contra los arrecifes. No defiendo el «todo vale» ni rechazo el conocimiento adquirido y ancestral -porque es vital y necesario-, pero sí añadirle/transformarlo con la voz propia. La voz propia que es la única voz posible.

CUANDO SE ENCIENDE LA LUZ ROJA

Dejadme libre el paso
que camino hacia el día de mañana.

No me paréis con fielatos
ni aduanas,
con registros inútiles, con nada.

No me cerréis el paso,
clavándome esos ojos de lagarto
y poniendo esa verde y displicente cara.

Voy a doblar el cabo
de la buena esperanza.

Mi pasaporte sólo tiene una palabra.

Millares Sall, Agustín (Las Palmas de Gran Canaria, 1917-1989). Uno de los poetas sociales españoles más importantes de los últimos cincuenta años. Entre sus obras: La Sangre que me hierve, Ofensiva de primavera, Habla viva, Poesía unánime… Premio Canarias de Literatura (1985).

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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