El guardián entre el centeno y el helado de espuma de limón

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de la infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco.

elguardianentrelcenteno¿Cuántos inicios de novelas he leído que sean tan arrebatadoramente sugerentes e hipnotizadores como éste? Al comenzar este párrafo, no tuve dudas: tenía que leermela de un tirón. La acabé esa misma noche; la dejé en la estantería, entre Opus Pistorum de Henry Miller y Pastoral Americana de Philip Roth, y así quedó hasta que, semanas después, reposado de su lectura, la retomé.

Volvió a dejarme en estado de shock -y entonces la situé entre esa docena de novelas que me hubiera gustado escribir a mí-, y todavía en su segunda lectura amplió las carreteras secundarias. Sucede con las obras maestras.

El guardián entre el centeno se inscribe dentro de ese grupo de novelas llamadas «de iniciación», donde el protagonista, el joven Holden Caulfield, nos cuenta su pequeña historia de cambio…

Lo que diferencia, a mi juicio, esta novela de otras de su género -y de otras, en general-, es que desde las primeras líneas sentimos una total empatía con el narrador. Nos seduce con su visión decepcionada de la realidad, pero no desde la amargura y el sufrimiento, sino desde un humor irónico, desde la alegría despreocupada de la dulce adolescencia, donde la juventud es una excusa perfecta para que nos perdonen los atrevimientos en el mundo adulto.

Es evidente, según avanza la novela, que es demasiado maduro para su edad; y esta riqueza emocional le otorga, a la vez,  una personalidad compleja, capaz de mostrar un amplio repertorio de sentimientos. Es trágico, divertido, pero, por encima de todas sus virtudes, me impacta su inteligencia, que parece revelarnos realidades que están ahí para que las descubramos por nosotros mismos… y nunca lo hacemos. Si tuviera que elegir un rasgo que enmarcara a Holden Caulfield como el celofán al caramelo que lo envuelve, sería: que usa el humor de forma inteligente, siempre.

La novela, además, va desgranando crítica social sin pesadez, mezclada en el pensamiento del joven y en su narración, haciendo que las manos pasen las hojas con una naturalidad pasmosa. ¡Qué ritmo tan maravilloso tiene!

Un último rasgo, curioso, a mi entender, de El guardián entre el centeno: la historia es ágil, inmediata, de digestión fácil. Tiene un ensamblaje tan armonioso y funcional que se disfruta como un helado de espuma de limón: mientras saboreamos su esponjosa textura nuestro paladar se deleita,  y la lengua se mueve ávida en busca de más; pero en cuanto lo acabamos nos preguntamos: ¿ya me lo comí?

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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