14 sencillas razones para leer a los clásicos

calvinoItalo Calvino, en Por qué leer a los clásicos, nos propone una serie de definiciones para estos, a la vez que razona el por qué de cada una. Voy a aportar mi experiencia personal en aquellas definiciones que así me lo permitan, para encontrar mi camino en este test de relectura de los clásicos.

De la lectura de Calvino se desprende pasión y amor por la literatura, cierto, pero también es una mano que abre un cofre lleno de tesoros sólo ponderables para aquellos que se atrevan a dar el paso. Recomiendo leer la última definición con paciencia -pero no por eso te adelantes-. 😀

I. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy releyendo…» y nunca «Estoy leyendo …».

Para la primera definición, tengo que decir que no hay una primera vez para una lectura de clásicos. La primera vez puede ser la edad madura: pienso ampliar mi corpus de clásicos con el tiempo. Yo he releído últimamente, que recuerde: Sófocles, con sus tragedias: Edipo Rey, Electra, Antígona; El príncipe, de Maquiavelo, que además es un libro muy pequeñito para su densidad; me estuve leyendo un par de cuentos del Decamerón de Bocaccio, y la última reflexión en el blog sobre la verdad fue a raíz de la relectura hace pocos días del Tartufo o el impostor de Moliére. Cuando tienes estos libros en tu casa es todo más fácil. Ahora seguiremos leyendo a ver si esto tiene algún provecho para Calvino.

II. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.

Dice Calvino algo en lo que estoy muy de acuerdo:  estas lecturas pueden ser (tal vez al mismo tiempo) formativas en el sentido de que dan una forma a la experiencia futura, proporcionando modelos, contenidos, términos de comparación, esquemas de clasificación, escalas de valores, paradigmas de belleza: cosas todas ellas que siguen actuando, aunque del libro leído en la juventud poco o nada se recuerde. Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su simiente.

III. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.

Hay libros que alumbran a toda una generación, por las razones que sean: Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez o Siddharta de Herman Hesse.

IV. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera.

V. Toda lectura de un clásico es en realidad una relectura.

VI. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.

Cuando creo que ya he leído un libro, y conozco bien sus entresijos, una relectura, me descubre, por varias razones, nuevos aspectos. Uno que lo hace de forma sutil y que releo al menos dos veces al año: Hamlet, de Shakespeare. Por más que he leído ensayos sobre la obra, no deja de asombrarme los matices que creo retener o las certezas tras cada relectura. Así, entendí a fuerza de no entender que la relectura de un clásico deja un efecto de «es la primera vez que lo leo» indeleble.

VII. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres).

Para Calvino, esto vale tanto para los clásicos antiguos como para los modernos. Leyendo a Kafka no puedo menos que comprobar o rechazar la legitimidad del adjetivo «kafkiano» que escuchamos cada cuarto de hora aplicado a tuertas o a derechas. Si leo Padres e hijos de Turguéniev o Demonios de Dostoyevski, no puedo menos que pensar cómo esos personajes han seguido reencarnándose hasta nuestros días.

Sigue Calvino: la lectura de un clásico debe depararnos cierta sorpresa en relación con la imagen que de él teníamos. La escuela y la universidad deberían servir para hacernos entender que ningún libro que hable de un libro dice más que el libro en cuestión; en cambio hacen todo lo posible para que se crea lo contrario. Por una inversión de valores muy difundida, la introducción, el aparato crítico, la bibliografía hacen las veces de una cortina de humo para esconder lo que el texto tiene que decir y que sólo puede decir si se lo deja hablar sin intermediarios que pretendan saber más que él.

VIII. Un clásico es una obra que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, pero que la obra se sacude continuamente de encima.

El clásico no nos enseña necesariamente algo que no sabíamos; a veces descubrimos en él algo que siempre habíamos sabido (o creído saber) pero no sabíamos que él había sido el primero en decirlo (o se relaciona con él de una manera especial).

IX. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.

¿Quién no tiene ejemplos de este punto número IX? Un ejemplo que me llamó la atención tras leer el Curso de literatura europea de Nabokov: El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde. Su relectura me dejó una obra totalmente nueva, ajena a los convencionalismos  y las adaptaciones cinematográficas. Lo que yo creía saber del libro y lo que decía eran dos cosas totalmente diferentes. ¿Otro caso? El Frankestein o el moderno Prometeo de Mary W. Shelley. En poesía, poderosamente sentí ese cambio en Hojas de hierba, de Whitman y en Emily Dickinson, una poeta tan hermética que me hacía cerrar el libro cada tres poemas.

Dice Calvino: Naturalmente, esto ocurre cuando un clásico funciona como tal, esto es, cuando establece una relación personal con quien lo lee. Si no salta la chispa, no hay nada que hacer: no se leen los clásicos por deber o por respeto, sino sólo por amor.

X. Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes.

Dice Calvino: con esta definición nos acercamos a la idea del libro total, como lo soñaba Mallarmé. Pero un clásico puede establecer una relación igualmente fuerte de oposición, de antítesis. Todo lo que Jean-Jacques Rousseau piensa y hace me interesa mucho, pero todo me inspira un deseo incoercible de contradecirlo, de criticarlo, de discutir con él. Incide en ello una antipatía personal en el plano temperamental, pero en ese sentido me bastaría con no leerlo, y en cambio no puedo menos que considerarlo entre mis autores.

XI. Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él.

Calvino: Creo que no necesito justificarme si empleo el término «clásico» sin hacer distingos de antigüedad, de estilo, de autoridad. Lo que para mí distingue al clásico es tal vez sólo un efecto de resonancia que vale tanto para una obra antigua como para una moderna pero ya ubicada en una continuidad cultural.

XII. Un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lee aquél, reconoce en seguida su lugar en la genealogía.

Calvino: «Por qué leer los clásicos en vez de concentrarse en lecturas que nos hagan entender más a fondo nuestro tiempo?» y «¿Dónde encontrar el tiempo y la disponibilidad de la mente para leer los clásicos, excedidos como estamos por el alud de papel impreso de la actualidad?».
Claro que se puede imaginar una persona afortunada que dedique exclusivamente el «tiempo-lectura» de sus días a leer a Lucrecio, Luciano, Montaigne, Erasmo, Quevedo, Marlowe, el Discurso del método, el Wilhelm Meister, Coleridge, Ruskin, Proust y Valéry, con alguna divagación en dirección a Murasaki o las sagas islandesas.
Para mantener su dieta sin ninguna contaminación, esa afortunada persona tendría que abstenerse de leer los periódicos, no dejarse tentar jamás por la última novela o la última encuesta sociológica. Habría que ver hasta qué punto sería justo y provechoso semejante rigorismo. La actualidad puede ser trivial y mortificante, pero sin embargo es siempre el punto donde hemos de situarnos para mirar hacia adelante o hacia atrás. Para poder leer los libros clásicos hay que establecer desde dónde se los lee. De lo contrario tanto el libro como el lector se pierden en una nube intemporal.
Así pues, el máximo «rendimiento» de la lectura de los clásicos lo obtiene quien sabe alternarla con una sabia dosificación de la lectura de actualidad. Y esto no presupone necesariamente una equilibrada calma interior: puede ser también el fruto de un nerviosismo impaciente, de una irritada insatisfacción. Tal vez el ideal sería oír la actualidad como el rumor que nos llega por la ventana y nos indica los atascos del tráfico y las perturbaciones meteorológicas, mientras seguimos el discurrir de los clásicos, que suena claro y articulado en la habilitación. Pero ya es mucho que para los más la presencia de los clásicos se advierta como un retumbo lejano, fuera de la habitación invadida tanto por la actualidad como por la televisión a todo volumen.

XIII. Es clásico lo que tiende a relegar la actualidad a categoría de ruido de fondo, pero al mismo tiempo no puede prescindir de ese ruido de fondo.

XIV. Es clásico lo que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.

Calvino: y si alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran (que no es un clásico, al menos de momento, sino un pensador contemporáneo que sólo ahora se empieza a traducir en Italia): «Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. «¿De qué te va a servir?», le preguntaron. «Para saberla antes de morir»».

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

6 Comentarios

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  • Hay que volver a a los clásicos de vez en cuando. O ir a ellos si no lo has hecho. Yo combino autores contemporáneos, con obras clásicas. Es una manera de tener lo mejor de los dos mundos.

    • @Mertxe: Pues claro, no puedo estar más de acuerdo. Alternar es una buena alternativa y recomendable. La lengua evoluciona y la literatura también. ¡Un saludo! 😀

    • @RC: Sí, sí, exacto, me pasa fijo con Hamlet, por ejemplo, pero hay más que releo. La anécdota está genial. Leo porque quiero aprender antes de morir. Si es que estos griegos son… ¡Un besote! 😀

  • Que mis favoritos son los clásicos!!! Vientos huracanados! una razón más para confirmarme a mi misma x que amo leer los clásicos…

    En lo personal me gusta mucho releer un libro 2 veces o mas, en cada nueva lectura siempre encuentro algo diferente.

    En lo personal me gusta mucho Otelo y Hamlet… 😀
    .-= Último artículo del blog de Pinkyrancher… Blogs de México =-.

    • @Pinkyrancher: Ah, te gusta Otelo y Hamlet, eres de las mías, además coincidimos en eso de releer, pero tiene que gustarme mucho, porque si no voy a por otro… 😀

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