El dongo del fraile

FoliasAntiguasÉrase una vez un rey que vivía solitario en su castillo real, y sentadas sus anchas posaderas en su real trono leía atentamente y como cuento a continuación:

-¿Leéis, majestad? -le inquirió su único ayudante, que era a la vez criado, cocinero, asistente, paje, secretario y limpiarastrojos y que vivía con él en el castillo, con la condición de que le hablara lo mínimo posible. Pero con toda su buena fue, la paciencia que tenía el pobre ayudante se agotaba, pues era persona, como solía decirse a modo de excusa, y también se aburría y necesitaba hablar con alguien para no volverse loco con sus pensamientos.

El rey, como siempre que le preguntaba algo, se quitaba los dos monóculos  que colgaban de cada oreja, miraba enarcando las cejas y respondía con un movimiento ratonil de su nariz que hacía vibrar el bigote espeso y canoso que caía hasta su cuello:

-Realmente.

El rey, que se había acostumbrado a leer novelas de costumbres inglesas, pasó a las de aventuras, y aburrido porque no sabía inglés, un día de diciembre más frío que de costumbre, bautizó a la isla en la que reinaba como Fuerteventura, porque ser rey en una isla diminuta tenía dos grandes cuestiones, se dijo tras años de meditación profunda del asunto: una, que fuera resistente a los invasores -de los que no había oído hablar nunca, ni tan siquiera a su abuelo-, y dos, que era una gra aventura ser rey. Y como Fuerteaventura le pareció que podría generar chistes a su costa de sus súbditos, eligió Fuerteventura.

Pasaron los años, y el rey envecejía, y como en la vieja edad vuelven los antojos de la niñez, el rey, con su vieja capa y su corona de hermosas piedras, mandó venir al compositor del pueblo, y le mandó crear una canción para que los habitantes bailaran en su honor.

-En la letra debe quedar bien clara mi orden.

-Así se hara, Majestad -respondió solícito el compositor.

A las pocas semanas volvió el compositor y en el salón real, tan grande, como le gustaba decirse a sí mismo el viejo rey, que cabrían tres mil personas y aún podrían invitarse a otras tres mil, le habló.

-Majestad -dijo el compositor-, aquí traigo su baile.

-¿Qué nombre le has puesto?

-El Sorondongo. ¿Se la canto? En realidad es para una voz de mujer, preferiblemente había pensado en una muchacha joven del pueblo que tiene muy buena voz.

-Eres el experto. Ese título me trae vagos recuerdos de un viejo fraile llamado Dongo… Estoy pensando que podría incluírlo en la letra de la canción y así hacerle los honores que se merece.

-¿Qué honores, Majestad?

-Los invento de inmediato.

-Pero no tiene mucho sentido, si me permite vuestra Majestad, que…

El viejo rey le ordenó callarse con un gesto de su mano.

-Haz lo que te digo. ¿Lo tendrás para mañana? Me vendría bien alguna diversión que no fueran estos libros tan llenos de palabras en inglés y títulos en inglés y notas en inglés. Nunca supe inglés, no sé por qué me empeño en leerlos si no entiendo nada.

-Lo tendré.

Al día siguiente se reunió el pueblo entero en el salón real. No había habitante de la isla que no estuviera allí. Algunos se habían traído los animales, comida y con todo sobraba más de la mitad del salón del rey.

-¿Quién canta? -tronó su real voz.

-Yo -dijo una hermosa muchacha, vestida con sus trajes de aldeana.

-Muy bien. Ponte aquí a mi vera. Deseo que tu voz sea tan dulce y bella como tú lo eres, hermosa joven. Adelante pues con la canción y el baile.

Y la muchacha se situó al lado de su anciana majestad, al tiempo que un grupo de aldeanos y sus mujeres se preparaban para la danza. Y otro grupito,  que portaba los instrumentos con los que celebraban sus fiestas, comenzó a tocar así:

[audio:http://escribocreativo.com/blog/wp-content/uploads/2009/12/sorondongo_de_fuerteventura.mp3]

Imagen: Bienmesabe.org.

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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