La caída de Patricia

Se abre el telón. Suena Carmina Burana (Carl Orff). En el escenario, un sofá en un lateral del mismo, con una lámpara de pie alumbrando al personaje. Va en pijama; bata, pantuflas, lleva un bombín y un bastón de empuñadura brillante que gira en una de sus manos. La música, al poco, se detiene cuando el personaje apoya el bastón en el suelo: permanece en el sofá.

[…]

–¡Nicanor!

Entra Nicanor. Va vestido como un dandy, elegante como Oscar Wilde en domingo. Es el primero en hablar.

–Sí
–Preséntate como es debido.
–Buenas tengan ustedes. Me llamo Nicanor y aunque parezca vivo, es justo lo contrario.
–Coméntales quién eres.
–Soy el ayudante de Su Excelencia.


–Cuéntales tu reclutamiento. Es necesario para el efecto final.
–Tengo un don. Puedo ver el interior de los cuerpos, es decir: lo que algunos llaman alma, y los poetas espíritu. Y, además, puedo clasificarla.
–Eres un híbrido de máquina y adivino. Y dime qué ves.
–Veo… Muchas almas pecadoras.
–¿Almas pecadoras? No sobreactúes. Sigue.
–Yo era un simple contable de una empresa de contaduría, y mi vida era puro número desde pequeñito. Vivía en un número, en las páginas de mis cuentos había un número, en la tarta de mi cumpleaños el pastelero dibujaba un número. Llegó entonces el don como suelen llegar: aguardan latentes y brotan motivados por una u otra circunstancia. Nada extraordinario, aunque a mi jefe se lo parezca. Veo las almas apresadas en el cuerpo, cosidas a él por un hilo rojo invisible. Cambian de color, según el mal que les afecte: del violeta de la vanidad al verde de la envidia, fosforescentes con luz ultravioleta. Los hay irisados, ocres, del color de la mostaza o del carmín del invernadero. Y cada gama cromática es una falta grave, porque los colores del alma se atienen a una en concreta, y está oculta a los ojos de todos menos los míos.
–¿Te tropezaste con Patricia al venir?
–Nunca vi una muerta tan viva, si no fuera porque no vi alma en su interior: era como un aguacero de sangre dentro de una casa. Entendí de inmediato: Su Excelencia la guarda a buen recaudo, como siempre.
–¡Ay, mi peonzita! ¿Y qué ves, desde aquí, entre este público tan convencional?
–Veo abogados y ladrones.
–Esos entran juntos por la puerta siete. ¿Y qué más?
–Veo cuatro poetas y media docena de mentirosos.
–Se dedican al mismo oficio: puerta nueve.
–Veo a la autoridad.
–Al fondo, a la derecha. ¿Qué es de tu vida ahora, Nicanor, que trabajas para mí?
–Entre lo que he ganado y lo que he perdido, me siento afortunado. Es un gran alivio no tener que pensar por mí mismo. Realizo mi cometido, y esa es una forma adecuada de estar en el mundo.
–Patricia y tú guardan algo en común: ella se refugiaba en sus sentimientos, y tú en tus actos. Así los dos pueden ser felices en su micromundo, como una composición pastoril. Tendría que encontrar a quien reúna ambas condiciones: el grado absoluto de la cobardía. ¿Has visto qué público?
–Hace tiempo que no veo a tanta gente sin nada que decir.
–Eso mismo: los tiempos. Son una representación; nosotros los miramos a ellos como quien mira un cuadro en el museo. Se han invertido los papeles y en su sueño imaginan que los actores somos nosotros. Pero la libertad está aquí, en las tablas. Abajo, el mundo rígido y aparente. Aquí mostramos la cara oculta de la luna: abajo, se mantiene la ilusión de que después de la representación estarán seguros en sus casas. ¡Abre las puertas, Nicanor!

Detrás de los actores, aparecen unas sábanas con unas llamas pintadas en ellas, sujetas por dos soportes a sus extremos, y compuesta de dos módulos, de tal forma que más adelante se puedan separar para que cruce el personaje por la mitad, y que son agitadas para crear la sensación de que crepitan.

–¡Hace mucho calor, Su Excelencia!
–Eso no es malo. Engulliremos la sala por entero. ¡Más madera!

Nicanor da unas palmas y aumenta el ritmo de las sábanas, que se agitan más rápido.

–Menuda ratonera. ¿Cuántos teatros van ya?
–Cuarenta y nueve, señor.
–¡Hacemos cincuenta! Que son la mitad de cien, pero el doble de veinticinco. Todo este conocimiento no me sirve para dominar el mundo: ¡tan sólo el arte!
–Señor, no se mueve nadie.
–Y qué esperabas, que salieran en estampida. Han pagado su dinero, y hasta que no se sientan satisfechos con la promesa de su entrada seguirán con el culo en los asientos.
–¿Nos aplaudirán, como la última vez, señor?
–No estoy seguro. Los últimos chisporroteaban de alegría.
–Las llamas se acercan.

[…]

Acto seguido, suena el Réquiem en D Menor K626: Dies Irae, de Mozart. El personaje se gira; las llamas se abren por la mitad –las sábanas-y las cruza, para luego cerrarse de nuevo a su espalda, y a continuación se acercan hasta el borde del escenario, agitadas violentamente. Fin.

[Fragmento de la obra original]

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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