T01, E11: arte y ensayo exhibicionista

Había visto en las noticias ese experimento sociológico de un par de chicas que se pusieron una cámara en el culo de una de ellas y grabaron a todo el mundo que se lo miraba. Y ya creo yo que es todo el mundo.

Pensando si alguna vez me habría mirado una mujer por detrás el culo -una cuestión harto interesante-, mi memoria conectó una neurona y media entre sí y saltó un recuerdo.

Fue hace unos tres o cuatro años. Iba en bicicleta por una  carretera paralela a la calle de Triana, en el histórico barrio de Vegueta, calle tradicional de comercios: bazares, bancos, franquicias, terrazas, etc. Una chica rubia venía en la acera en dirección opuesta. Tenía pinta de extranjera.

Me quedo mirando hacia ella y me devuelve la mirada, seria. Pero no la aparta: como si quisiera intimidarme y decirme «qué coño miras». Yo, inconsciente de que iba en bicicleta y que no sabía si me podía comer el asfalto con un obstáculo repentino, me sonrío como si me fuera la vida en ello y me yergo en la bici y le mantengo el reto.

Ella aguanta el pulso muy seria; finalmente, mira hacia adelante y se empieza a reír. En el recuerdo juraría que se ruborizó levemente pero el ego tiene una capacidad pasmosa de añadir detalles que no sucedieron jamás en las anécdotas -así que no podría jurarlo aunque tenga esa sensación-.

La gente se mira por la calle buscando entrometerse en la ropa para ver lo que oculta. Buscando el vídeo de las chicas, que ya habrá visto todo el mundo, encontré una página de vídeos porno que muestra mujeres haciendo exhibicionismo en lugares públicos pero procurando no ser vistas -o sí, todo depende del grado de provocación del director y la protagonista-.

-¿Que te has metido a ver porno de tías por la ciudad?

No, quiero decir que de repente me saltó sin querer una publicidad y al hacer clic por un tic nervioso que tengo ¡zas! me saltó una página de vídeos raros y dije ¿esto qué es? pero en cuanto me di cuenta que era algo demasiado vulgar y zafio lo quité. 😀

A lo que iba: en un local de una conocida marca de comida rápida transcurre una escena cuanto menos original. Era de noche. La chica come con el cámara enfrente suya un sabroso menú, sentados en un rincón del local, y claro, mientras la gente come alrededor procura enseñar los pechos; la cámara baja y vemos hasta situarse frente a su sexo y comprobamos que no lleva ropa interior.

La chica, emocionada en su papel de estrella del celuloide, acaba metiéndose una linterna -como buena girl scout, por si se queda en un ascensor sin luz- en su culo y la pajita de la bebida en su vagina, que mete y saca con cierta sonrisa sarcástica -que vemos al volver el cámara a la parte superior: la cuestión es enseñar los dos mundos, hacernos partícipe del secreto, ya que ahí reside la provocación estética del asunto-.

No contentos, tras jugar un rato enseñando sus pechos con cierto disimulo -este disimulo conlleva un alto riesgo porque, concentrados en la tarea, no pueden predecir el azar-, la cámara baja para deleitarnos con la linterna que parpadea como un neón blanco y con sus juegos erógenos; entonces se levanta y ¡oh, sorpresa! El cámara nos deja ver cómo una luz parpadea por su fino traje mientras sale del local. ¡Un culo navideño! El director de esta cinta comienza a interesarme por su originalidad bizarra.

Ahí va la chica, me digo, con sus gomas de silicona y su trasero imponente y parpadeante, las puertas de la hamburguesería cerrándose tras de ella.

No contentos, el cámara aparece en el aparcamiento y, a oscuras,  seguros de que nadie los ve,  la chica le hace gustosa una felación -que viene a ser el típico final feliz hollywoodiense-. Para el que imagine un final tradiciona le espera una  nueva sorpresa. La chica retiene el semen en su boca y, ¡oh!, no había terminado su hamburguesa, que aparece a medio comer en  su mano derecha. La abre con cuidado y vierte sobre ella la vinagreta emulsionada de su boca.

Y, agachada todavía tras el coche, muerde con gusto la hamburguesa tras repartir bien esa rica salsa. Primero un trocito por si acaso; sus ojos, algo inquietos, se abren; su boca se transforma en una sonrisa y a continuación, convencida de que le sabe estupenda, el cámara nos deja con un par de mordiscos más hasta que, ¡oh!, se acaba la película.

Esto sí que es arte y ensayo y no el doctor Mabuse de Lang. 😀

P.d.: no puedo poner el enlace del vídeo por aquí porque Google me sancionaría sin poder poner publicidad, así que I’m very sorry, pandilla de pervertidos. 😀

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

3 Comentarios

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  • (Tranquilos todos que lo que voy a escribir no es una anécdota nada erótica, ni mucho menos, pero empieza como si lo fuese) En mi cuarto año de estancia en Santiago como estudiante vivía frente a un hotel re-conocido (juego de palabras entre requete conocido y reconocido por sus cinco estrellas). Cada cierto tiempo venía un tipo que siempre se instalaba en el primer piso del conocido hotel justo, casi en frente, a nuestras ventanas de un piso de cuatro estudiantes femeninas. El tipo – no recuerdo si ya te conté esta historia- entre otras cosas se pasaba la noche enfocando la luz roja de un láser hacia nuestras ventanas para llamar nuestra atención y que le viésemos practicando el arte de la masturbación. Horrible fue el día que tras ver el punto de láser rojo justo en la luz de mi mesa de estudio cometí el error de asomarme a la ventana y ver salir de su culo la horrible luz roja que apuntaba directamente hacia mí…
    Tu historia de hoy me ha parecido una peli de Disney comparado con mi visionado de la terrorífica Rec 😀 (por esto de la luz roja, juas, juas, ¡qué graciosa soy!)
    Como siempre excelente esa manera de llevarnos de un tema cualquiera al tema central. Un beso
    PD: la Policía que nos decía que era cosa del hotel y el hotel que nos decía que no se responsabilizaba de las acciones de sus clientes en sus habitaciones… 😮

    • Qué morbo. Pongamos una solución muy surrealista y fantástica: tenías que haberte llamado a un amigo, que se ocultara detrás de la cortina y de repente que se masturbara delante del voyeur cuando mirara: así del susto no repite -al menos en esa ventana-. Esa cara sería impagable. 😀

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