El jeroglífico más difícil del mundo

¿Hay alguna diferencia entre escucharse y oírse? Cuando nos sorprendemos al oír nuestras voces grabadas, ¿estamos escuchando u oyendo?

Los diccionarios definen «oír» como una actividad pasiva. Cuando nos oímos a nosotros mismos, inicialmente no somos conscientes de ser los hablantes. Shakespeare se agarró de ese momento para componer otra versión de la voluntad de cambio de los seres humanos. Este formidable psicólogo que fue Shakespeare nos inventó un nuevo origen, basado en la idea más luminosa que un poeta haya descubierto o inventado jamás: el propio reconocimiento de oírse a sí mismo.

John Stuart Mill observó que la poesía se oye más que escucharse, y aunque no somos el príncipe Hamlet, por momentos nos oímos a nosotros mismos y nos sobresaltamos. ¿Es porque alcanzamos una conciencia de nosotros mismos o simplemente es que nos damos cuenta de que no somos lo que creíamos ser?

¡Dios mío! Podría yo estar encerrado en una cáscara de nuez, y me tendría por rey del espacio infinito, si no fuera por los malos sueños que tengo.

Hamlet cambia ostentosamente cada vez que se oye hablar a sí mismo. ¿Es esta composición lo suficientemente significativa como para hablar de la invención (o la reinvención) de lo humano?

Antes de Shakespeare, el personaje literario cambia poco; se representa a las mujeres y a los hombres envejeciendo y muriendo, pero no cambiando porque su relación consigo mismos, más que con los dioses o con Dios, haya cambiado. En Shakespeare, los personajes se desarrollan más que se despliegan, y se desarrollan porque se conciben de nuevo a sí mismos. A veces esto sucede porque se escuchan hablar, a sí mismos o mutuamente. Espiarse a sí mismos hablando es su camino real hacia la individuación, y ningún otro escritor, antes o después de Shakespeare, ha logrado tan bien el casi milagro de crear voces extremadamente diferentes aunque coherentes consigo mismas para sus ciento y pico personajes principales y varios cientos de personales menores claramente distinguibles.

En el más famoso de sus siete soliloquios, Hamlet se oye contemplando la posibilidad de tomar las armas contra un océano de conflictos y ponerles fin oponiéndoseles:

-Ser o no ser… He ahí el dilema.
¿Qué es mejor para el alma,
sufrir insultos de la Fortuna, golpes, dardos,
o levantarse en armas contra el océano del mal,
y oponerse a él y así cesen? Morir, dormir…

Lo que Shakespeare inventa es esa ratificación interior de la oposición a la mayor amenaza del espíritu del yo. El estudio que Hamlet hace de sí mismo es un absoluto y empequeñece todo lo que se encuentra afuera del yo por considerarlo un océano de problemas. Hamlet medita sobre sus palabras incesantemente, como si a la vez fueran y no fueran sus propias palabras, y se convierte en el teólogo de su propia conciencia, tan amplia que es imposible descubrir su circunferencia.

Oírnos a nosotros mismos, al menos por un instante, sin reconocernos es abrir nuestro espíritu a las tempestades del cambio. Edmundo, de El rey Lear, me sirve para explicar esto plenamente.

Edmundo, el malvado bastardo, yace moribundo en el suelo, herido de muerte por Edgardo, su medio hermano y ahijado del rey Lear. Así, conmovido por la narración de la muerte de su padre que hace Edgardo, Edmundo está casi listo para cambiar y esa transformación empieza a suceder después del extraordinario episodio donde se oye a sí mismo; cuando los cuerpos de Gonerila y Regania -hijas de Lear- son arrastrados al escenario, Edmundo desentraña el rompecabezas diciendo:

Pero Edmundo fue amado:
La una envenenó a la otra por mí,
Y después se mató.

Edmundo se soprende de su propio «pero Edmundo fue amado», que solo puede dar crédito a lo que ha oído -dicho por sí mismo- si añade algo dolorosamente obvio: «La una envenenó a la otra por mí, / Y después se mató».

No hay momentos como este en Homero o en la Biblia, en Virgilio o en Dante. Estamos ante una introspección nueva que crea el cambio en lugar de confrontarlo. Shakespeare ha llevado la capacidad de oírse a sí mismo a un nivel de perfección que será decisivo en Chéjov y Stendhal, en Dostoievski y Proust, y en muchos más.

Si la invención del siempre creciente espíritu interior, incluyendo su capacidad para oírse a sí mismo, no es una invención de lo humano -tal y como conocemos lo humano desde entonces-, quizás estamos demasiado abrumados por la historia social y por las ideologías para reconocer nuestra deuda con William Shakespeare. Tenemos que ejercitarnos y leer a Shakespeare tan tenazmente como podamos, sabiendo a la vez que sus obras nos leerán más enérgicamente aún. Nos leen definitivamente.

Reescrito y extraído de: Genios y Shakespeare, la invención de lo humano, Harold Bloom, ed. Anagrama, y fragmentos de Hamlet, William Shakespeare, edición bilingüe y estudio crítico, ed. Cátedra.

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

10 Comentarios

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    • Jaja, es interesante para mí pero reconozco que es un poco coñazo de entender -de ahí lo del jeroglífico-. Uno se tiene que imaginar la escena y empatizar pero intenté quitarle toda la parte de lenguaje teórico a los textos para que fuera lo más simple posible. Se dice que los espectadores de Shakespeare son «oyentes heridos de asombro». Un abrazo y buen día, señor. 😀

  • Me ha encantado la reflexión. Y la importancia que da Shakespeare al desarrollo de las personalidades de sus personajes.
    No puedo añadir nada constructivo, sólo que me ha encantado, y he aprendido.
    Salu2

  • Puf! me sentí en una de mis clases de análisis de discurso en las que (por algún motivo) el profe en lugar de analizar discursos políticos hacía análisis literarios.
    Bueno, esta no es mi área de interés ni de especialidad, pero aún así se agradece leer tan buen estracto que nos compartes y con el que nos ayudas (o al menos a mi) a ser un poco menos ignorante 😉

    un beso

    • Ha sido duro, eh, jajaja. Bueno, relax, mira, uno de masturbación, para que no te estreses. Partes del discurso -haciendo memoria de teoría literaria, por eso mismo analizaría discursos literarios porque de ahí parte, de los griegos-: inventio, exordio, dispositio, elocutio y… ya no me acuerdo más. O metí una que no era, jaja. Me lo miraré un día loco de estos. 😀

  • Shakespeare es tan dificil… s continuamente mi asignatura pendiente. Hay personas que lo han leído y no ven más allá de la trama argumental (digamos la superficial porque sé, por lo que me han contado los entendidos y grandes lectores de él) que debajo de las metáforas, an muchas ocasiones se esconde algo más que una sencilla comparación de un rostro con una flor, se esconden intenciones, hechos políticos, menciones encubiertas a nobles y demás…
    Algo de ello conseguí comprenderlo con Looking fro Richard de Al Pacino pero igualmente después de Leer Hamlet, Macbeth y alguno más que ahora mismo no recuerdo, me quedé con la sensación como de perderme algo.
    Muchos besos

    • Es un coñazo, yo me releo Hamlet porque soy así de raro al menos dos veces al año. Por qué: porque es la hostia, mientras más releo el estudio introductorio y lo que tengo de él por ahí más me entero porque te aseguro que esos estudios, que se supone por mi carrera tengo que dominar, una cosa es saber lo que dice y otra imaginar el alcance de eso en la obra cuando lo lees. La pena de una mala representación de Shakespeare es que igual uno se queda a medias, pero mira, yo vi la versión neoclásica -salían armas, el Moratín que la adaptó a sus tiempos, tampoco tiene culpa el hombre- y no gustándome porque la obra en mi cabeza es otra, no me gustó. Si no leo jamás a Shakespeare y solo veo eso iría diciendo por ahí que está sobrevalorado, jaja. Yo no entiendo tanto como tú de arte y mira, esa envidia que te tengo. Un besote.

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