Las tías buenas son gilipollas salvo Kate Winslet

Personalmente, siempre he considerado a las tías buenas unas gilipollas, de apariencia inofensiva, pero a quienes, por desgracia, su alarmante falta de lucidez vuelve peligrosas. Las tías buenas en Europa son como el paisaje urbano moderno. Todo es funcional, aséptico, de materiales mates y biodegradables -algo que Ikea ha comprendido tan bien-, salvo las prótesis; con los espacios adecuados para los carteles informativos u obligatorios. Todo está predispuesto para que no nos detengamos a contemplar las estructuras, sino su funcionalidad; dirigidos como ratones en laberintos porque el tiempo corre y llevamos prisa. El atractivo de una mujer para el hombre consiste, en general, en un aspecto externo que no resulte grotesco ni anodino, a ser posible en el punto medio de excitación -escotes, trajes ajustados, zapatos con tacones imposibles, ¿puedo llevarla a una cena con los amigos sin que me deje en evidencia?-, pero estas mujeres son tan difíciles de identificar de las gilipollas como el cangrejo del sucedáneo en una ensalada César. Algunas se han vuelto sofisticadas para sobrevivir en ambientes sociales elitistas, en los que su buen nombre no les salvaría de ser pasto de las orgías de los fulanito de tal. Pero dentro de muchas de ellas se agita una tía buena que observa como el Dr. Jeckyll veía cometer sus barbaridades a Mr. Hyde.

La diferenciación jerárquica de las tías buenas es el físico -mientras más buena está, más jerarquía tiene entre el resto de mujeres-, siendo representadas, comparadas con el resto de mujeres, como esculturas figurativas carentes de concepto o con uno irrisorio; como cuando hacen una instalación en la Tate y lees en el folleto que la galería considera que apagar y encender la luz de una sala vacía es arte. Son una construción sinuosa de tetas y culo engarzados de tal forma que hacen que el ADN del macho se active con brillos radioactivos. Pero no nos engañemos: las tías buenas son personajes de películas pornográficas que han vuelto a la vida a través del tubo de rayos catódicos.

En contra de lo que suele comentarse sobre las mujeres en la cultura popular, una mujer necesita pensarse: en general, es necesaria una reflexión profunda sobre grupos de ellas. Pero este tipo de mujer escapa a todo intento taxonómico, pues aunque existen puntos de encuentro la dificultad estriba en la esencia misma del objeto del análisis. Si hay un ser más difícil que definir que la poesía son las tías buenas. Los pocos puntos en común podrían resumirse en ciertas actitudes que son máscara de su verdadera intención. Una de las más comunes es que la conversación se centre en ellas mismas. Si conoces a una tía buena y tienes dudas, charla con ella y comprobarás de inmediato si es una gilipollas. Esto no tiene nada que ver con el narcisismo, como pudiera pensarse, o al menos no del todo, sino con su identidad.

Las tías buenas tienen la autoestima tan baja que deben ser el centro de atención todo el tiempo. En caso contario, corren el riesgo de una caída de la tensión arterial, lo que podría conllevar una lipotimia y que, por una desgracia, se desfiguraran al caer. Buscan aprobación con su comportamiento, ya que la autoestima es voraz y necesitan alimentarla continuamente; de ahí se entiende que a menudo se observe a tías buenas con hombres repugnantes. Diríase que es una aberración estética que un pintor magistral y cualquier aficionado pinten sobre el mismo lienzo, pero para una gilipollas de estas lo importante es encontrar hombres con la autoestima aún más baja y que puedan dominar con su sexualidad, da igual lo feo que puedan ser o si llevan calcetines blancos para hacerles el amor. Ellas son conscientes de que ver reducida a una persona a lo que podríamos denominar «esclavismo social» es degradante y cuestionable éticamente. Una teta no debería tener tanto poder, podrían pensar si tuvieran cerebro; es como si los hombres nos conquistaran, se dirían, porque nos enseñaran sus penes en las discotecas. Nada les parece más absurdo y humillante y esa malicia les produce un aumento instantáneo de las endorfinas.

Cuando pierden ese control, cuando no llega el halago esperado, por soez que pueda resultar, a continuación llega la rabia febril y la cuarentena por prescripción médica: acaban de adquirir una inseguridad galopante. Por eso son capaces de cualquier aberración sexual por un hombre que pueda hacerlas vivir en ese estado de baja autoestima, que ellas consideran lo más próximo al enamoramiento. Vendría a ser como ponerle el bozal a una perro: su piel es suave al acariciarlo, cuando le llevas de paseo se pone contento, y además no puede morderte aunque contraiga la rabia. No puedes jugar a la pelota con él porque entonces tendrías que quitarle el bozal, pero qué demonios: tú no te comprastes el perro porque fuera inteligente sino porque era lindo.

Por otro lado, la condición sexual masculina ha ido extremándose cada vez más. El hombre moderno, miedoso y aturdido por la indefinición de su lugar, sintiéndose comparado con los demás machos, ya no tiene suficiente con demostrar su poder sexual en la penetración, sino que, cada vez más, necesita reafirmarse con actos violentos durante el sexo. Estos actos conllevan a menudo la degradación de la mujer durante el acto sexual. La mala noticia es que se está comprobando que la mujer se ha ido apuntando a estos comportamientos extremos como ejecutora de los mismos. Cada paso de liberación de la mujer ha ido acompañado de un mimetismo en los actos que en el hombre representaban su libertad y al mismo tiempo superioridad social (como el fumar). Y, como no podía ser de otra forma, no han tardado algunas gilipollas en adaptar este comportamiento agresivo a su vida sexual.

Sopesando todas estas contraindicaciones, no sé qué es peor de las tías buenas. Que no piensen, que tengan la autoestima tan baja, que quieran ser siempre el centro de atención, que solo quieren hablar de ellas mismas, que tengan la misma vocación vital que una mantis religiosa -sustituyendo la antropofagia posterior por el control emocional y físico de la vida de otra persona-, que antes de comenzar a follar griten, a modo de advertencia, «¡Good Morning, Vietnam!» o que, si les pones un bozal, no puedas arrojarles la pelota para que te la traigan moviendo el rabo, aunque siempre podrías ponerle uno en el culo, como en esas escandalosas películas de cine francés que retratan a la sórdida burguesía, y preguntarle: «¿No te sientes humillada?», a lo que ella respondería que si a ti te gusta, por supuesto que no.

Son estas razones las que me hacen pensar que las tías buenas son todas unas gilipollas peligrosas. Salvo Kate Winslet.

«Personalmente, siempre he considerado a las feministas unas amables gilipollas…», Michel Houellebecq, epílogo a SCUM manifesto (Society for Cutting up Men), Valérie Solana.

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

4 Comentarios

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  • Decías que el post no ha causado el revuelo que esperabas… Normal. Los tíos no opinarán porque les gustan las tías buenas, y no las pueden crujir. Las tías buenas no opinarán porque es admitir que es cierto todo lo que dices, y sería su ruina. Las tías no buenas tampoco opinarán porque con solo leer el título habrán pensado:»Ya, ya lo sé», y pasarán de largo.

    Y entonces llego yo, que no soy una tía buena porque no soy gilipollas, y que además soy rara: mala convinación. Y te dejo un comentario, raro por seguir en mi línea. No he tenido perros porque fueran lindos, sino porque rozaban la inteligencia suprema. Pero ya te digo, que soy rara y solo puedo hacer comentarios raros…

    • Jajaja, qué cobardes, o sea que como les gustan las tías buenas no les crujen, qué mal. Ah, y que te gustan los perros inteligentes, ese discurso me lo conozco. 😀 Viva la rareza con tomate. Besazos. 😀

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