El lector pedante

Había ganado el premio de narrativa breve «Hermanos Millares Cubas» y decidí que era una buena idea donar unos ejemplares a un par de bibliotecas de la universidad. Así que, tras haber dejado uno en mi Facultad de Filología Hispánica, me dirigí una tarde con un par de ejemplares a la Facultad de Medicina para darme el gustazo de meter un libro de narrativa entre los gruesos tomos de anatomía y enfermedades de la piel. No es mala idea, pensé, darle una alegría al estudiante relajando su mente con otro tipo de lectura, teniendo en cuenta que en la edición iban también los otros finalistas y si el mío no le gustaba, había más para elegir: ventajas de las colecciones de relato breve. En mis visitas a las biblioteca de la Facultad de Medicina había tenido cierto trato con una de las chicas que trabajaba en la secretaría de la facultad.

No recuerdo cómo comenzamos a hablar. Supongo que la complicidad saldría de la manera más espontánea, como suele suceder en estas relaciones que se inician por pura rutina: coincides con una persona a una hora y en un lugar determinados y voilá, el roce hace el cariño. Los temas de conversación giraban en torno a la narrativa y quedó en dejarme algunos libros para que los leyera, aunque yo siempre me excusaba porque pienso que los libros no se prestan y no estaba dispuesto a intercambiar los míos. Era una lectora voraz, de esas a las que les gusta recitar los libros que se ha leído y de hacer juicios críticos sobre la prosa, la trama, etc. etc. Recuerdo su simpatía por Irène Némirovsky y por Virginia Woolf; hablaba muy mal de los best-sellers como El código da Vinci, y además era lectora de poesía. Así que pronto tuvimos una empatía de lectores apasionados por lo que considerábamos buena literatura. No coincidíamos en todos las obras por igual, pero al menos era alguien con quien podía intercambiar impresiones cuando algún asunto me requería pasar por la biblioteca.

Al poco de haber dejado el libro en donación, me sorprende otra tarde felicitándome por el premio y mostrándose caprichosa, quejándose además de que no le hubiera dicho nada a ella. El desenlace fue breve, pues yo tenía prisa: le pasaría una copia y se la dejaría en la secretaría otro día. Recuerdo que le dije, con una sonrisa, que no fuera muy cruel, queriendo rebajar sus expectativas dadas las lecturas que ella solía hacer. Me dejó caer que un buen amigo suyo, del que no recuerdo el nombre, poeta y ganador de varios premios importantes según me contó, le solía pasar sus poemarios para pedirle opinión antes de publicarlos. Dicho lo cual, me despedí y a los pocos días le dejé una copia.

Y se cumplió la máxima de que «el infierno son los demás». A la semana siguiente volví a pasar por la secretaría. Me invitó a pasar a la oficina. El guardia de seguridad estaba en la puerta. Me dijo que no le había gustado nada. Le respondí que no importaba, que no le podía gustar a todo el mundo -fue mi primera crítica negativa del texto, todo hay que decirlo-. Me enseñó los folios que le había entregado: no había hoja en la que no hubiera añadido correcciones. Entonces, ni corta ni perezosa, empezó a señalarme algunas. Le dije, tras indicarme ella un acontecimiento supuestamente erróneo del texto, que en el marco de la ficción no tengo la necesidad de ser exacto con los acontecimientos históricos, siempre que encajen en el marco de la ficción, del mundo que creé; y en dos o tres más, porque la situación se extendió por lo menos a veinte minutos, se quedó callada porque era ella la que no había entendido lo que quería decir. Hubo puntos discutibles y que probablemente eran ciertos, todos de estilo, si no fuera porque ese es mi estilo. No le gustaron muchas metáforas (ni siquiera las que el ex decano de mi facultad, el poeta, editor, áccesit del Adonais y catedrático de Teoría de la Literatura de la ULPGC, Eugenio Padorno, me había confesado, en uno de sus talleres de poesía, que podrían ser un buen material para un poema). Yo no dije nada más; recogí mi texto, y el guardia de seguridad de la puerta, que había asistido a la representación como un público atento, no pudo dejar de inmiscuirse en la charla que había acabado:

-Qué bien te lo has tomado. Eso dice muchas cosas buenas de ti. No todo el mundo hubiera reaccionado de la misma forma.

Ella, entonces, cambia su semblante como si la hubieran abofeteado.

-¡Espero no haberme pasado, Julio! Enhorabuena por el premio -me dijo.

Yo seguí en mi discurso: que la única forma de aprender es escuchando las críticas ajenas, y que cada lector tiene su punto de vista sobre lo que lee; que uno luego escoge lo que cree que le puede ser útil y lo demás lo desecha. Y que a mí me seguía gustando mi texto aunque todo texto es mejorable. Cuando salí de la oficina me estaba cagando en sus putos muertos, como ustedes podrán intuir.

La chica de la secretaría no solo se había puesto por encima mío como autoridad a la hora de enjuiciar un texto estilísticamente, ya que sus correcciones fueron en exclusiva de estilo, sino por encima de todo el jurado del premio, compuesto por catedráticos de literatura de la universidad y escritores. Un jurado emite un fallo; y como tal, un escritor debe aceptar que hay más participantes que podrían haber optado al mismo, que haya un par de miembros del jurado que se decantaron por otro texto como su favorito -por ejemplo, el presidente de mi jurado había apostado por el que quedó en segundo lugar-. Lo peor es que yo no la requerí como correctora de estilo, sino que había tenido un gesto amable con alguien con cierta complicidad literaria para que leyera mi obra.

Para un escritor, lo que escribe es como un hijo para una madre: tal trascendencia tiene y tan sagrado es. Y aunque la lectora no sea consciente de este hecho, que como tal queda fuera de su marco de actuación, aunque fuera por tener un ápice de educación, esa no son las formas adecuadas de comportarse con un escritor que arriesga, y desde luego que yo opté por esa postura paciente y de debate sosegado no por falta de carácter, sino porque uno no se esperaba una situación tan surrealista.

Sería incapaz -eso lo pueden atestiguar los escritores principiantes o aficionados de mi revista literaria– destrozar un texto de un escritor joven, ya ni digamos uno que gana su primer premio. ¿Qué se consigue con eso más que retrasar su evolución y satisfacer el ego propio? ¿No es mejor, en todo caso, indicarle cómo mejorar en aspectos puntuales? ¿Decir un simple me gustó, o no me gustó pero luego señalar algo positivo del texto? Imponer su concepto subjetivo de qué es lo literario, qué canon de calidad debe ser el elitista, es una de las manías de este tipo de lector pedante. Dicho por una persona que no tiene ni puta idea de las teorías del canon, el concepto de canon mismo, etc. etc., con la que que no podrías tener un debate sobre corrientes críticas ni ha oído hablar en su puta vida de Coseriu, Bajtin, Saussure, Barthes o Todorov (ya no digo leerlos), es cuanto menos vergonzante. Por no tener, no tiene ni puta idea siquiera de lo que está hablando más allá de una estructura superficial; lo de la estructura profunda lo dejamos para cuando lea sobre la Gramática Generativa de Chomsky, que también le vendrá grande.

Lectores como estos hay muchos; gente sin preparación académica ninguna, ni formación sobre lectura crítica -hay cursos que los preparan para trabajar para editoriales-, que creen saber más de las técnicas narrativas que los propios escritores, que van dando recetas de lo que es buena o mala literatura basándose en su competencia lectora. Pero solo tienen eso, que no es poco, dirán los ofendidos lectores que lean este argumento; el gusto se va haciendo con el paso del tiempo, y un buen lector es algo que agradece un escritor inteligente.

Pero dedicarse a la crítica literaria porque se han leído muchos libros es como si yo me dedicara a la profesión de entrenador de fútbol porque tengo un gusto exquisito eligiendo los mejores partidos de la televisión. Los años de formación en crítica literaria, teoría de la literatura, análisis textual, lingüístico, etc. etc., según esta lectora, pueden quedar supeditados al gusto de un lector que elige un paradigma de obras del que no es consciente de su subjetividad implícita, como corresponde a toda elección.

Ahora tengo mucho cuidado de a quién dejo leer mis manuscritos, no solo por no repetir este tipo de situaciones desagradables, sino porque analizo a quién se lo estoy dejando, qué formación tiene y qué beneficio me puede dar el que lo lea. Por lo tanto, solo lo doy a escritores que conocen bien la artesanía o a personas con algo más que buen gusto y que me pueden aportar sus críticas para mejorar. Cuidaos de los lectores pedantes que asoman por todas partes: no ha sido el único que he conocido.

Siendo malpensado, me pregunto ahora, pasados unos pocos años de aquella desagradable anécdota, qué hubiera pasado si finalmente le digo a esa treintañera soltera de irnos, por fin, a tomarnos una tarde ese café del que habíamos hablado. Puede que solo esté especulando y la chica de la secretaría sea una lectora pedante como otra cualquiera… o puede que la venganza de una mujer sea terrible.

Lady writer on the tvYou couldn’t hardly write your name! 

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

6 Comentarios

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  • Vamos, no es para tanto. Si destrozo tu texto tendría sus razones, pero normal, cada lector es un mundo entero. Creo que también existen lectores pedantes que saben mucho de esa «crítica», lectores pedantes con títulos profesionales, con maestrías, con cargos universitarios, cuajados dentro del cuadrado de la ACADEMIA, y que sirven a ella, sin dejar que nadie salga de sus límites. Lo de pedante se da en todos lados, incluso había algo de pedante en dejar tu libro dentro de los de CIENCIA, y así. En fin, los escritores siempre serán presa vulnerable cuando se les ataca el Ego, la vanidad. Tampoco hay que gustarle a todos, eso sería ser un bufón.

    Saludos

    • Estoy de acuerdo con de los pedantes que trabajan en universidades, centros culturales, organizaciones, ministerios, editoriales, etc. Pero también hay quienes trabajan ahí y saben mucho. Hay de los dos tipos.

      Lo de meter el libro en la biblioteca de la Facultad de Medicina es tan pedante como los otros -pocos, eso sí- libros de literatura que había. Comprenderás que lo que escribí fue una ironía y que en aquellos momentos, embriagado de felicidad por el premio, lo que quería era dejarlo en la biblioteca porque como me llevaba tan bien con el personal me habían pedido uno para leerlo, y me ofrecieron dejarlo en donación. Dicho esto, estaba tan feliz que lo hubiera regalado a la Pizzería Pepito si me hubieran pedido uno para que lo leyeran sus clientes comiendo pizza, no sé si me entiendes o necesitas que me explaye más. Cuando escribes quieres que te lean, no sé si has sentido esa sensación, tú que creo que eres escritor y estás en Poesiamas.net. Porque parece que no eres escritor, estés o no de acuerdo con mi punto de vista, creo que cada uno se toma las cosas según su carácter. Yo tengo mucho. Es lo que hay.

      En cuanto a lo de que no es para tanto, me ha llegado la alma. Yo no presto mis relatos a una persona para que lo lea y me lo raye y me marque dónde debo mejorar, sobre todo si es una persona que no ha escrito una línea en su vida.

      Esto significa que es alguien que no ha arriesgado nunca en la literatura en su … vida y desde el escudo de su criterio subjetivo dice: esto está mal, esto lo rayo, esto lo tacho, como si yo le hubiera dado esa potestad. Yo no le di el texto para que me lo corrigiera, porque no tiene ni puta idea ni formación, sino como lectora, es decir, tiene una competencia literaria, la suya. Así que no sé en qué lugar entra eso que dices de los académicos y pedantes: este tipo de lectores pedantes comunes en qué lugar entran. Como no tienen titulación los perdonamos más o cómo va…

      Esto significa, por la forma que tuvo de hacerlo, una persona con demasiadas pocas herramientas para analizar una obra literaria, ni siquiera para un comentario crítico más allá de su gusto personal. Una cosa es que me guste el cine y otra que pueda ser un buen crítico de cine solo por ver muchas películas.

      En cuanto a otros aspectos, respetando tu punto de vista, te diré algo: si no pusiera pasión en lo que hago y lo defiendo,
      ¿para qué cojones escribo? ¿Para no respetar mi propio trabajo, da igual si escribo como Cortázar o como cualquier aficionado? Perdona: yo no cojo un folio para escribir gilipolleces, sino para hacer literatura, y mientras más nivel tenga mi texto y mejor use los recursos para transmitir lo que quiero contar, mucho mejor.

      Dicho de otra forma: cuando ganes un buen premio literario, pásate por mi barrio, te invito a un café, me dejas tu texto para leerlo -ojo, no para darte una opinión crítica, sino para leerlo-, te lo emborrono, te digo que me parece flojo, y luego cojo un mechero y lo quemo. Si tienes más copias, qué más te da, eran para mí los folios.

      Total, como no es para tanto. Qué poca sangre, no. Lo siento pero no estoy nada de acuerdo contigo, como comprenderás, aunque respeto tu punto de vista, que me parece muy laxo y distante porque: no te ocurrió a ti, o porque lo que opinen de lo que escribes te da igual, y esto último es una pésima noticia por muchos motivos. A mí me puede dar igual lo que piense un lector, pero no me daría igual lo que piense un editor, un escritor que maneje bien la artesanía literaria o un profesor universitario experto en literatura. Cada uno se pone los límites. Respeto el tuyo, pero si yo fuera así me diría a mí mismo «qué poca sangre tienes, cojones, que ni sientes ni padeces». Un texto acabado es como un hijo, tal cual.

  • Pues yo he de decir que creo que no se trata de hacer críticas malas y no saber encajarlas, se trata de dejarle un trabajo a alguien para leerlo y que éste se tome la libertad de pintarrajear un original…de eso se trata. Me encanta esa comparación con los hijos propios, es magnífica, y es lo mismo…o casi igual.
    Yo tuve una experiencia similar. Mi pasión por una película, ya sabes cual, me llevó a presentar un trabajo a mi profesor de Historia del Cine, curiosamente hoy en día es mi jefe y qué curioso que hoy en día se acuerde de aqul trabajo de finalización de curso, ni siquiera era una tesina, que servía para mejorar la nota del examen, nada más. Una amiga no filóloga, que es muy distinto, licenciada en filología (yo soy licenciada, no historiadora) me dijo que le prestase la película y yo le dije que me gustaría que leyese el trabajo (con anotaciones a lápiz manuscritas de mi profesor y no precisamente criticándolo negativamente) tras ver la peli…leer el trabajo no corregirlo…tras 9 meses de posesión de mi trabajo, se lo pido y me lo devuelve CORREGIDO ¿corregido? con tinta, con sus anotaciones al margen, explicándome los errores que cometí utilizando esta expresión que no significa nada o malutilizando esta o puntuando mal o patatín y patatán. No es que me fastidie la crítica pero hoy mi trabajo de cine está manchado de irrespetuosidad, algo, y sé que es una insignificancia, lo sé, pero estaba orgullosa de ese trabajo, de si, en un futuro, cuando yo fuese vieja o cadáver alguien de mis descendientes lo encontrase y lo viese, con las anotaciones de mi profesor, dijese «pues qué movida, se lo curró genial para ser solamente un trabajo cualquiera de universidad» ahora encotrarán dos tipos de anotaciones y en lugar de eso dirán «vaya puta mierda, ¿por qué lo habrá guardado?»
    Es una falta de respeto, sobre todo si tú no pides correcciones, crítica es una cosa (yo en mi caso no la pedí) correción es otra y de todo modos hay unas cosas que se lleman post it…

  • Osea que esto no es ficción??? Bufff…
    Yo cuando no entiendo demasiado de un tema, como por ejemplo artes plásticas, economía, música, literatura u otros mil asuntos, como no puedo tener el pico cerrado, me limito a decir: «me gusta» o «no me gusta», por esto, por aquello o por lo de más allá. Pero las argumentaciones no pasan de describir meras sensaciones. Tengo muy presente que el punto de partida para emitir un juicio sobre algo que desconozco es justamente mi ignorancia, por eso no entiendo el poco pudor que tiene la gente en general… es pedir a gritos que te apaleen!

    Sobre lo de los hijos también pienso, como tú y como Lucía, que es algo así parecido a los trabajos de cada uno. Mi madre siempre dice que ella sabe perfectamente cómo son sus hijos, conoce perfectamente todos y cada uno de sus defectos, pero ay… que venga otro a decírtelo… pues como que no!

    • Gracias por el apoyo moral, cuore. Ahora las mujeres no quieren hijos, ni quieren San Valentín: más que un regalo, una buena cogida y listo. 😀

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