Una vida en polaroids

Una liana corta el cielo límpido y azul en dos mitades, suspendida en el aire, lo suficientemente abajo como para poder tocar las polariod que cuelgan sobre esta, como una especie de dominó de fotos que se extiende hasta perderse en el horizonte. Nos retrasamos unos pasos y tiramos de la primera polaroid. Vaya, en realidad son varias, unidas por el extremo superior en formato de almanaque. La imagen tarda en revelarse, como si fuera acabada de tomar. Sí, ahí estamos nosotros, ¿tendríamos cuatro años? El fotógrafo nos tomó la foto desde atrás, a la izquierda, tomando el balcón de amplios ventanales y nuestros piececitos subidos a una palangana celeste. Miramos algo; en la parte superior se aprecia la pala, de brazo amarillo, de un tractor, abierta como las fauces de un tigre. Soltamos la foto y vaya, qué es eso; la polaroid vuelve a oscurecerse. Agarramos de nuevo la foto; el mismo proceso,primero un tono morado, luego rojizo, y los colores van dispersándose en sus lugares como un niño que pinta un dibujo en blanco y negro. ¿Y las fotos de detrás? Otras imágenes nuestras de aquellos años.

Avanzamos. ¿Qué habrá aquí? El aire es húmedo y sin embargo el sol, que cuelga como un broche, es pegajoso, y sus rayos caen como brasas blancas sobre la frente y el cuello. Una foto de la adolescencia parece revelarse; sí, ahí andamos jugando a la pelota, al fondo un parque sucio y un grupo de hippys fumando yerba, unas chicas juegan a saltar la comba en segundo plano, la del vestido a rayas azules y celestes está en cuclillas y parece mirar absorta un bicho, tal vez un escarabajo, intentamos recordar si había escarabajos por allí. Pasamos las fotos y nos reconocemos, reconocemos el adolescente que fuimos, los tormentos, el dolor, los conflictos, el primer beso y la traición, seguramente…

¿Y aquí, al frente? Caminamos hasta el extremo de la liana, pero parece que no acaba nunca, así que cuando intentamos coger el último árbol de polaroids aparece uno justo a su derecha. Nos conformamos; cogemos la primera imagen, esperamos, y nos vemos. Es un primer plano mirando al horizonte, como si el fotógrafo misterioso estuviera en un edificio cercano con un teleobjetivo y disparara 35 imágenes por segundo. ¿Qué vemos? El paso del tiempo, las huellas de las convicciones que fuerno despejadas, las cejas más pobladas, las marcas en los ojos y los labios al sonreír, tenues aún, o quizás no tanto, ahora que la foto termina de revelarse y toda la paleta de colores refulge: los rojos, los amarillos, los turquesa, los tonos pastel incluso parecen vivos. Esa es la palabra, entonces, vivos. Estamos contentos, sin duda, mirando hacia la izquierda de la liana, que se pierde a nuestros ojos, por el autoconocimiento y la capacidad de haber crecido. De haber entendido que hay certezas más allá del brillo fatuo e insípido y de la  ilusión del oro. Certezas que nos da seguridad en nosotros mismos, en nuestras actitudes, en un abrazo afectuoso y cálido con el mundo. Y es ahí, entonces, cuando la liana, sorprendentemente, se adhiere a nuestros brazos en cruz, y al abrir los ojos nos abraza con la calidez del primer beso de una madre.

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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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