La tribu.

Louise había decidido irse de vacaciones. Hacía tiempo que necesitaba tomarse un descanso de su familia y, en cuanto vio el momento, hizo una escapada a un hotel rural.

Una vez llegó, le picó la curiosidad y fue a explorar los alrededores. Detrás del hotel había una plenitud de montañas, las cuales parecían no tener fin, así que optó por escalarlas. Tropezó un par de veces y, en una de ellas, cayó inconsciente.

Lo primero que vio al despertarse fue el rostro arrugado de una mujer que la miraba con curiosidad.

— ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy? —balbuceó la joven, aún desconcertada. La anciana parecía no entenderla, así que lo intentó nuevamente—. ¿Dónde estoy?

Al no obtener respuesta, Louise se levantó y observó el panorama; estaba en una especie de cueva, la cual parecía haber estado deshabitada por siglos. A su derecha estaba la ya mencionada mujer, observándola extrañada.

—Agua —susurró de repente, señalando hacia la entrada de la cueva.

La joven asomó la cabeza y vio que estaba diluviando fuertemente. Segundos después, un relámpago cayó a lo lejos, haciéndola temblar.

—No salgas, muchacha. Es peligroso —murmuró la anciana. Otro rayo cayó, y ella volvió a temblar—. Están enfadados.

— ¿Quiénes?

—¡Los dioses, muchacha! —exclamó como si fuera obvio—. Nuestra tribu ha sido un secreto durante milenios, y tu presencia les disturba. No eres de los nuestros, jovencita, así que ten cuidado, sobretodo con Ed. ¡Por favor, ten muchísimo cuidado con él! ¡Es muy peligroso!

— ¿Quién es Ed? ¿Y cómo sabe usted que es tan peligroso?

—Ed es el jefe de la tribu, y sé que es peligroso porque, hace bastante tiempo, me ocurrió lo mismo que a ti: fui a escalar, me resbalé y caí inconsciente. En cuanto desperté, Ed me sacrificó como ofrenda a uno de sus dioses, sólo por haber “irrumpido” en su tribu. Y he estado encerrada aquí desde entonces. Llevo doce años muerta, muchacha. Así que por lo que más quieras, ten cuidado.

 

Sofía Núñez.

¿Otro día igual?

En aquel pasillo no había un silencio normal, digamos que era un silencio doble. El primero era fácil de describir era un silencio apacible y difícil de perturbar,el segundo, un silencio generado por las cosas que faltaban: niños corriendo por los pasillo, profesores riñéndolos…
Contrastaba con aquella atmósfera soporífera y calurosa, pensé yo. Seguí avanzando y un olor delicioso era transportado por una leve y refrescante brisa, llegué al lugar del que provenía: la cafetería que aunque bulliciosa la mayoría del tiempo estaba desierta. Crucé el patio donde por fin vi a alguien, una chica de pelo castaño claro acababa de cruzar la verja hacia la cancha. Fui tras ella pero al bajar las escaleras de después de la puerta un olor acre y a cerrado emanó del baño de los chicos, no le presté mucha atención aunque me tapé la nariz con el cuello de la camisa, también desde el gimnasio escuche el sonido de muchos objetos cayendo simultáneamente, aquel sonido me desconcertó y casi hace variar mi ruta pero con una fuerte decisión continué tras la chica al llegar a la cancha la vi de espaldas, de pronto se viró y con una voz masculina nada propia de ella me dijo:

Esta no es su cama, David.

Era el profesor, me había vuelto a quedar dormido

¿Esto me hace una heroína?

Desde 1º de la ESO estaba con él en la misma clase, pero nunca había notado su presencia.

Hasta que llegó 2 de la ESO, en clase estaban sentados de uno en uno. La profesora la sentó justo detrás de él y ahí, en ese momento empezó todo. Él cada vez se giraba más hacia atrás y ahí empezaron a hablar. Cada día hablaban más, a veces unían sus mesas y se sentaban juntos. El amor empezó a crecer en ella y no hubiera importado si él no hubiera tenido novia en ese momento. Ella sabía que no debía ilusionarse pero lo hizo, él, por su parte le daba ilusiones pero no para hacerle daño, daba ilusiones porque él también las tenía, pero su novia seguía allí.

Todo ese curso fue igual, tenían un feeling especial. Habían abrazos en todo momento, caricias, lágrimas, preocupaciones y hasta algún que otro beso de por medio, pero por desgracia todo acaba y ese curso se acabó y con el todo lo vivido. Ese año se pasó volando y sin duda siempre será uno de sus mejores años en el instituto.

Olvidarlo será difícil y ella lo sabe, pero gracias a esta vivencia, ella aprendió algo más. Aprendió que todo se acaba, que las cosas tienen un fin y que por mucho que quieras algo, no siempre vas a conseguirlo.

Valentina Sepúlveda

Ojos color café.

Sus ojos marrones me escrutaron de arriba a abajo y sentí como, por primera vez, un calor reconfortante recorría todo mi ser. Había sido la sola mención de mi nombre, la manera en la que sus labios se formaban al pronunciarlo, lo que me había hecho ver que, quizás, había algo valioso en mí.

Después de tanto tiempo sin sentir emoción alguna, de vivir como si estuviera en un círculo vicioso de monotonía, su sola presencia me hacía sentir fuegos artificiales en mi interior, me hacía sentir como si estuviera en casa.

Mi hogar no era un lugar, era una persona.

 

Sofía Núñez.

¿Soy un héroe?

¿Hay dragones que vencer? Si, los hay.
¿Hay algún tesoro? Si, lo hay.
¿Hay una damisela en apuros? Si, la hay.

¿Cuál es el dragón? El cáncer.
¿Cuál es el tesoro? La vida.
¿Cuál es la damisela? La persona que más quiero.

Ahora solo me pregunto: ¿Después de años de lucha, lagrimas derramadas, noches sin dormir y largas horas con la espada de Damocles sobre su cabeza; se ha cerrado el ciclo?

¿Me he convertido en un verdadero héroe?

La voz

    Esa tarde como todas las tardes, salí a jugar con Alexandra y con Laura. Entre varios juegos, Laura decidió que sería una buena idea ir al campo de fútbol. Allí mientras jugábamos con la pelota, sin querer la lancé muy fuerte y Alexandra fue a buscarla. La pelota llegó justo a la entrada de una vieja casa abandonada rodeada por altos matorrales y montañas de ramas secas. La entrada no era muy agradable a la vista, e hizo que un escalofrío recorriera mi espina dorsal.
    Laura que era muy atrevida nos propuso entrar dentro a echar un pequeño vistazo, yo no quería. Había oído a mi madre hablar con mi padre de que esa casa era peligrosa.
    
-No seas cobarde, Carlos -murmuró Laura con una sonrisa torcida-. ¿O es que acaso te da miedo invocar a un fantasma?
    Alexandra empezó a reírse y Laura se unió a su risa.
    
-Vale, vamos, pero esto es una tontería -y dicho esto los tres nos pusimos en marcha.
    Al entrar tuve que tragar saliva por el nudo que se me había formado en la garganta, otro escalofrío volvió a recorrer mi cuerpo.
    
-Carlos… -una insignificante voz me llamó desde detrás de una columna en la entrada de la casa.
-¿Ha…habeis oído eso? -el miedo empezó a hacerse dueño de mi cuerpo.
-¿Oír el qué? -cuestionó Alexandra con insolencia.
-Nada, nada 
     Ni una palabra más fue dicha, y los tres empezamos a caminar sin rumbo alguno. Unos minutos después, Laura y Alexandra se alejaron, y yo quedé en completa oscuridad. Con torpeza, comencé a caminar por donde creía que habían pasado, tratando de encontrarlas a ellas y a la linterna.
-Carlos… Carlos… -rápidamente me giré, pero a mis espaldas no había nadie.
    Otra vez la misma voz. Esto era aterrador y quería salir de allí inmediatamente pero al intentar buscar la entrada todo parecía haber cambiado de sitio, no era capaz de averiguar por donde había llegado hasta aquí.
    
– ¡Carlos! -volví a escuchar, aunque ésta vez era una voz femenina y mucho más fuerte; Laura-. ¿Se puede saber dónde estás?
    
    Con prisas y con mis piernas temblando corrí hasta donde supuse que estaba Laura pero algo se interpuso en mi camino.
    
-¡Carlos, para! -de nuevo la misma voz.
    Los gritos surgieron de mi garganta, las lágrimas se amontonaron en mis ojos. Me tiré al piso y me tapé los oídos con intención de no oír más esa aterradora voz.
    
-Carlos, ¿por qué estás llorando? -Laura apoyó su mano en mi hombro y me ayudó a levantarme- ¿Qué te pasa?
-¡Quiero irme! ¡Quiero irme! -mis pies se movieron solos, corrieron y di con la salida. 
    El aire de fuera llenó mis pulmones. Laura venía detrás de mí, pero y ¿Alexandra?
    
-¿Dónde está Alexandra? -mi pregunta pareció sorprender a Laura.
– ¿Cómo que Alexandra? ¿De qué hablas? -murmuró mi compañera con un tono sombrío.
-Alexandra venía con nosotros, se habrá perdido dentro, ¡tenemos que ir  a buscarla! -me puse en camino a la casa de nuevo pero Laura me detuvo.
-Carlos para, por favor. No tiene gracia -pidió suplicante a la vez que severa-. Ambos sabemos que Alexandra no está ni ha estado aquí desde hace mucho tiempo.
-¿Mucho tiempo? Hace 10 minutos estaba con nosotros, aquí y en el campo jugando y ahora ¿no? 
-Los dos somos conscientes de que Alexandra falleció hace tres años.
Valentina Sepúlveda, Sofía Núñez

¿tal vez consiga llegar?

Tal vez solo sea mi imaginación, ¿debo entrar?, ¿o no?, la oscuridad es solo la otra cara de la luz, tal vez vea la luz, tal vez consiga llegar, llegaré, podré seguir, continua saliendo, los chillidos de mamá retumban en mis oídos, ¿que estoy haciendo mal?, ya lo veo, la luz puedo llegar, siento el aire, pero me cuesta respirar, me duele todo, y me cuesta, pero debo seguir, ya queda menos, mamá suspira, estoy, fuera… el médico me entrega a mamá. Y entre sus brazos sudados me susurra:
-Bienvenido a la vida cariño…

El fósil

Me llamo Erik y tengo 13 años. Soy un amante de la literatura y colecciono objetos curiosos. Cuando era pequeño, mi abuelo me regaló un libro sobre fósiles. Él sabía que me encantaba y enseguida quedé fascinado. Me lo leía cada noche hasta quedarme dormido. Desde entonces, mi sueño es encontrar un fósil.

En el periódico de las mañanas, hubo un título que captó mi atención. En él, se hablaba de un posible fósil en lo profundo de un bosque que estaba a solo un kilómetro de mi casa. No me lo pensé dos veces y preparé mi mochila de explorador. Media hora después, ya podía divisar el bosque. Se le veía tranquilo, pero para ser mediodía daba escalofríos. Suerte que yo tenía un mapa y recursos en mi mochila. Mi abuelo me enseñó mucho sobre la naturaleza. Pasaron horas y seguía sin pistas. Se me ocurrió que quizás lo encontraría en cuevas o sitios más escondidos. Después de buscar desesperadamente y de que se me acabase la comida, decidí volver a casa. Pero justo cuando iba a salir de la cueva, me caí. El hoyo no era muy profundo, pero era reciente ya que seguía húmedo. Pude notar un bulto con forma casi ovalada y bastante duro debajo de mí. Por suerte, tenía pilas en la linterna, así que alumbré enseguida. Era él, el fósil que llevaba buscando en mi sueño tanto tiempo. En su interior tenía calcada la forma de un caracol, demasiado grande para ser de esta época. Era aún más bonito que en el libro. Estaba tan cerca que podía tocarlo, y no dudé en hacerlo. Pero justo cuando pude notar el frío de la piedra, mi sueño se desvaneció ante mis ojos. Mi despertador había sonado.

Nayara, Ayla Esteban y Marina

El misterio de la biblioteca secreta.

En una sórdida noche de verano Jake decidió ir a cazar luciérnagas en un alejado valle, donde divisó un abandonado castillo gótico a lo lejos del lugar. Por curiosidad decidió acercarse a investigar que se encontraba en su interior. A través de la puerta levadiza se adentro en las tinieblas de una gran biblioteca. Al entrar encontró grandes estanterías repletas de libros en un estado antiguo y en lenguas extrañas. Al sacar uno de los libros, una nube de polvo se levantó haciendo que se abriera una misteriosa compuerta que daba paso a una lugubre mina de la cual un brillo lo atrajo. Mirando más a fondo vislumbró preciosas piedras las cuales sin ningún motivo aparente permanecían allí. Incontables pasadizos se extendían como extremidades hasta donde abarca la vista. Un pequeño ser que brillaba de una forma extraña apareció de la oscuridad, al asustarse decidió huir dirigiendose a la penumbra. Al salir a la luz de la luna sin ningún miramiento opto por sepultar aquella entrada a su posible muerte.

Adrián Padrón, Daniel Arocha y David Hdez.

Ruiseñor materialista en aislamiento

Y con absoluta certeza, puedo dar fe, que creí haber visto los ojos de un hombre mirando las estrellas.

En aquella densa lejanía, su cabello al viento volaba, y sus ojos fijados al cielo no parecían despegarse. Un rostro inocente sin sonrisa, parecía habérsela borrado con una nube. Mientras por la amplia pradera, gotas de brillo escarlata funden los sueños de los dormidos. Se distingue una casa al este, con luces adormecidas, inquietas de no quitarle la corona de su reino al manto estrellado.

En aquella loma, cuyos prados asomados al este, puedo dar fe, de que vi a un hombre mirando a las estrellas

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