Ángeles y demonios

Gracias a él todo cambió.

El ángel llegó a la Tierra. Su presencia paralizó el tiempo y aquel oscuro lugar cambió repentinamente. A su paso todo se volvía blanquecino, frágil y ligero. De no ser por él, resultaba imposible percatarse del mal que acechaba en aquella ciudad. Mentiras, daños, robos, peligros y más peligros. Sus palabras dejaban boquiabierto a cualquier ser pues eran pura sinceridad. La maldad desapareció fugazmente dejando solo paz y armonía. Gracias a él todo cambió: las personas, las actitudes, lo actos…  Todo cambió, pero a mejor.

Cambios.

Lo esperaba desde hacía varios siglos. Sin embargo, la noticia vino en el peor momento posible. Estaba a punto de redimirme, de presentar mis respetos ante Él para poder regresar a su lado, el lado del bien, el lado de la Luz y la esperanza. Y, a pesar de ello, todos mis compañeros se habían distanciado notablemente en los últimos días; sabían lo que me iba a pasar y no querían sufrir la misma condena. Era algo predecible.

Decidió expulsarme, Él no dudó ni un segundo, simplemente me señaló y me hizo incorpóreo, lo que rápidamente provocó mi caída desde los Cielos y mi éxodo hacia el abismo.

Al despertar ya era de día, probablemente el sol se pondría en un par de horas. Hacía un calor seco que no parecía que se fuese a marchar y el sol relumbraba en lo alto del cielo. Al mirar a mi alrededor descubrí algo aterrador, me encontraba en lo alto de un peñón que no dejaba de balancearse peligrosamente. Alrededor de éste reinaba un imperturbable océano, sólo salpicado por las rocas que ocasionalmente se desprendían del islote. Estuviese donde estuviese, sólo tenía una opción; volar lo más lejos posible. Consternado por la situación decidí marchar rumbo al este, donde era más probable que encontrase algún tipo de cultura o civilización; sin embargo, nada más dar un par de aleteos descubrí una horrenda verdad, mis bellas alas habían degenerado en una suerte de finos huesos unidos por un delicado cartílago magenta; tras esto, decidí acercarme más al mar y contemplar mi reflejo; sin lugar a dudas un grave error, ya que al contemplar mi nuevo cuerpo me desplomé y caí al mar. Volví a alzarme por encima del oleaje; sin embargo, durante los breves momentos que permanecí sumergido sucedió algo extraño; acepté mi nueva forma, es más, la prefería a la pálida y serena que poseí durante tantos milenios. Ahora era más grande, fuerte e imponente, había perdido la belleza que nos caracterizaba, pero a cambio había logrado algo increíble; poder.

Fui el primero de mi raza. El único y verdadero sentido de mi existencia en este universo era modificaros. Bien sabéis que pronto arraigué la semilla del poder en vosotros; apenas tardé cuatro milenios en convertiros en los exterminadores, los destructores de mundos, los únicos monstruos del cosmos; los humanos.

Él os forjó a su imagen y semejanza, y yo os dí el poder necesario para ignorar sus moldes.

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