Aquella chica.

En el parque Dumberlton, uno de los más hermosos de la ciudad, resonaba el tic-tac del reloj. Hacía ya una hora que aquella joven esperaba impaciente la llegada de su amado.
Cuando el silencio de aquella media tarde de otoño se vio interrumpido por el graznido de unos cuervos, que alarmó a aquella joven, se divisó a lo lejos la llegada de su amado.

-¡Cariño -gritaba este mientras se acercaba, lamentándose-, siento no haber sido puntual!

Mas sus lamentos no funcionaron, y aquella tranquila tarde de otoño se convirtió en un escenario sangriento.

-No es la primera vez que pasa -decía ella subiendo su tono de voz.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Aquella joven, de apariencia tranquila, agarró al amado y empezó a golpearle contra el árbol, casa de innumerables aves, hasta que fue destruido. La joven lanzó al chico contra el tronco con tanta fuerza que las hojas cayeron; golpeó así una vez más al muchacho que, ya destrozado, chocó contra La Torre. La chica agarró fuertemente el tronco del árbol, arrancándolo del suelo y, en un giro, hizo que este chocara contra el joven, y a su vez, contra La Torre, con la terrible consecuencia de que esta se derrumbara. Mas no fue la única. La chica apartó a su amado de entre los escombros y rompió a llorar. Este, dolorido, se levantó, alzó su mano hacia la de su amada, y con voz dulce y suave dijo:

-Tras la calma, viene la tormenta; mas nadie dice cuánto duran las dos. Prometo y juro que no volveré a decepcionarte, levanta.

La joven le miró, y una vez sus miradas conectaron fue como la primera vez que se vieron, y supieron de inmediato que estaban echos el uno para el otro. Ella agarró su mano, él la levantó, sonrieron y se abrazaron, dando final a aquella ya no tan tranquila tarde de otoño, pero no, sin embargo, a su historia.

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