Mortal

Todo sucedió aquel día. Aquel día en el que decidimos ir a hacer unas fotos para un reportaje de Dafne. Ella es periodista. Sus compañeros habían rechazado esa noticia, pero ella decidió cogerla con la ilusión de que la ascendieran. Yo me llamo Ylenia, soy arqueóloga. Dafne y yo somos amigas desde que tengo uso de razón y todavía conservamos nuestra amistad. Vivimos juntas en un pequeño apartamento en la ciudad. Tenemos pareja y trabajo estable. En cierto modo somos felices o  lo éramos, hasta ese día.

Ese día transcurrió de manera muy sencilla. Íbamos en el coche, Álvaro y yo íbamos delante y Dafne y Daniel detrás. Cantábamos y nos reíamos. Nos dirigíamos a Valleseco, a sacarle fotos a una casa abandonada denunciada por ruidos, para el reportaje. Al llegar hicimos diversas fotos del lugar. Era un poco siniestro, todo sea dicho. Para finalizar, decidimos sacarnos Dafne y yo una foto delante de la casa como recuerdo para nuestro álbum.

Volvimos a casa pronto, el reportaje era para el día siguiente y no había tiempo que perder. Al llegar encendimos el ordenador para imprimir las fotos, eran unas 100. Las dejamos imprimiéndose mientras íbamos a cenar. Estuvimos hablando de cosas sin sentido hasta que oímos el sonido particular de la impresora al informar de que estaba ya todo impreso. Nos levantamos. Yo me quedé recogiendo la cocina mientras Dafne iba a buscar las fotos. Al rato la oí gritar; la llamé dos, tres, cuatro veces, pero no me respondía, así que fui para la habitación y me la encontré sentada en el suelo mirando fijamente una foto.

– ¿Qué pasa Dafne? Me estás asustando -no respondía, tan solo me tendió la foto y yo me reí al verla-. Sí, salimos mal pero eso tampoco es motivo para gritar.

-Mira dentro de la casa -susurró con un hilo de voz. Miré la casa. Al principio no vi nada, pero al mirar por la ventana de la derecha vi a una persona, supuse que era un hombre. Se veía muy borroso, pero había algo que se veía claramente: en la mano llevaba una pistola, una pistola que apuntaba hacia delante.

-¿Qué significa esto? No puede ser, a lo mejor nos lo estamos imaginando todo. No se oía nada -estaba muy asustada, no sabía que hacer y encima Dafne no reaccionaba. Mi primer instinto fue llamar a Álvaro pero eso no habría servido de nada. Así que cogí el teléfono y llamé a la policía. No les dije quién era; solo les dije que se pasaran por la casa y que luego me llamaran. A lo mejor eran alucinaciones nuestras.

Esperamos tres horas sentadas en la misma postura en el suelo. Yo porque no me podía creer que fuera cierto; y Dafne porque todo esto la superaba. Sonó el teléfono y me levanté de un salto. Al cogerlo oí la voz de un hombre que me dijo:

-O borras esa foto o te olvidas de tu precioso novio.

-¿Quién eres? -no, no, no. Este era el hombre de la foto. ¿Y tenía a Álvaro? Imposible.

-Alguien a quien deberías temerle. O me das la foto o te olvidas de la vida de todos tus seres queridos.

-¿Dónde y cuándo?

-Chica lista. En el aeropuerto dentro de una hora. Sé quien eres, te encontraré. Si no estás ahí ya sabes lo que va a pasarte y a tu amiga también -y al decir esto colgó.

No me había dado cuenta de que estaba llorando. ¿Habrían encontrado algo la policía en la casa o ese hombre se habría encargado de destruir todas las pruebas? Y lo más importante de todo… ¿A quién habría asesinado? Se lo conté todo a Dafne. Ella era la más afectada de las dos, pero no dudó un segundo en levantarse, coger todas las pruebas y salir por la puerta. Fuimos hasta el coche y en ese momento la policía llamó diciendo que no habían encontrado nada. Yo no podría vivir con la culpa de encubrir el asesinato de alguien así que, como supuse que nuestros teléfonos estarían pinchados, me paré en una cafetería y desde el teléfono de un hombre le di el aviso a la policía de todo lo que iba a pasar. Les dije que me buscasen allí. Todo pasó muy rápido. Casi sin darme cuenta.

Al llegar buscamos el sitio más cercano a la entrada y entramos. Había mucha gente, pero en seguida reconocí a Álvaro en las escaleras. Estaba asustado. Salí corriendo a por él, pero él me dijo que no con la cabeza y me paré en seco. También estaba Daniel y detrás de ellos dos había un hombre. El hombre de la foto. El asesino. Se acercaron a hablar con nosotras y descubrí a un agente de policía unos pasos más allá, vestido de incógnito.

– Ylenia y Dafne, encantado de conoceros. Que ganas tenía de veros en persona -puso una sonrisa más siniestra que la del joker. Un escalofrío me recorrió la espalda.

-Aquí tienes las fotos. Todas. Ahora déjanos ir -Dafne le tendió la pila de fotos y la tarjeta de la cámara.

-¿Cómo sé que no me engañáis?

-Porque queremos seguir vivas y recuperar nuestras vidas. Y ahora, por favor, devuélvenos a nuestros novios -Dafne estaba muy segura de sí misma. Y yo solo pude quedarme temblando a su lado.

– Vale, tomad -al soltar a Álvaro y a Daniel, les abrazamos. Dafne lloraba abrazando a Daniel, estaba ileso, pero lo de Álvaro era otra historia: estaba muy pálido y no se acercó a mí. Al acercarme a él y darle un abrazo, posé mi mano en su espalda y me la llené de sangre. Tenía clavado un cuchillo. Cayó al suelo. Busqué su pulso, era muy débil.

-De nada -dijo el asesino.

La policía tomó las riendas de la situación. Se acercaron y acorralaron al hombre, apuntándole con sus respectivas pistolas. Gritaron:

-¡William Trey, ríndete, no tienes nada que hacer!

-Oh amigos encantado de volveros a ver. Muy bien, ¿os hago la lista de mis asesinatos? Lo digo para que os sea más fácil calcular mi condena. Este es uno de mis asesinatos. ¿Muy dramático, no? -empezó a reírse. Yo no podía parar de llorar. Ya estaba muerto. La ambulancia no sirvió para nada. Ya hacía rato que su corazón había dejado de latir.

Lo demás carece de importancia. Nos llamaron a declarar, arrestaron a ese asesino, yo le juré que algún día me vengaría, le hicieron un precioso funeral a Álvaro…

Desde ese día todo para mí ha cambiado. Ya nada es como antes.

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