El aprediz de mago.

Cuando la puerta se cerró, la enorme y pesada cortina rojo inglés que tapaba los grandes ventanales de la biblioteca del castillo se entreabrieron y salió Pedro, el aprendiz de mago. Se había escondido en aquella estancia para buscar el II Tomo de Los Conjuros. Quería encontrar la fórmula que le permitiría recordar y memorizar todo.
Encendió la linterna y alumbró el índice del libro, cuyas hojas amarillentas olían a antigüedad. Estaba escrito con letras extrañas y en color violeta oscuro. Allí lo encontró: “Conjuro para recordarlo todo”.
-¡Este es! –se dijo a sí mismo, y empezó a copiarlo rápidamente, antes de que nadie entrara y le pudiera sorprender: los aprendices no podían tocar los libros de la biblioteca sin el permiso del Director, un ser superior capaz de llevar a cabo las más increíbles hazañas de magia blanca.
Con las manos temblorosas, sacó su lápiz azul y escribió el conjuro en un papel.
Dejó el libro en el estante y abrió cuidadosamente la puerta. No había nadie en los pasillos. Su corazón latía con la fuerza de cien tambores. Se fue escondiendo en cada rincón que encontraba a su paso y subió las escaleras caracol que llegaban hasta lo alto de la torre. Desde allí se divisaba una gran llanura verde, sobre la que destacaban algunos árboles, pero por la parte contraria, el castillo quedaba atrapado en el límite de un enorme precipicio que acababa en un caudaloso río.
Allí extendió sus brazos lanzando el conjuro al viento con una gran voz que le salía de las entrañas:
-“¡Sinazazú, sin sá!
Que la memoria aumente ya,
para que todo lo pueda recordar.
¡Sinazazú, sin sa!”.
Dichas estas palabras, Pedro sintió mareos. La enorme pradera se acercaba peligrosamente hacia él, hasta que la notó bajo sus pies. Se tumbó de espaldas, y contempló el cielo rosáceo del atardecer. Las nubes estaban pintadas de un suave color naranja, mientras el malva le iba abriendo paso a una luna todavía perezosa.
Bajó los párpados y por su mente empezó a desfilar su vida matizada en todos, todos sus detalles. Abrió los ojos asustado porque, de pronto, cientos, miles de instantes anteriores adquirieron sentido. Las pesadillas que había tenido, sus viejos miedos le volvieron a atenazar el corazón, se volvió a sentir niño pequeño e indefenso rodeado de fantasmas, pero también comprendió todas las conversaciones que había tenido, revivió todos los abrazos que había sentido, volvió a besar a su única y preciosa novia de profundos ojos azules, y vio de nuevo a sus abuelos transmitiéndole su sabiduría, que ahora podía comprender.
Sin darse cuenta, se oyó musitar:
-Mamá…
Recordó su pelo negro resbalándole por los hombros, notó con perfecta agudeza sus manos, y se fue yendo en el tiempo hacia atrás, más y más atrás, más y más atrás, hasta que llegó a sentir el delicioso placer de flotar dentro del vientre de su madre.
Sintió tanto amor, que decidió quedarse en ese recuerdo para siempre.

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