Mi pequeño Bruno

Como cada sábado por la mañana iba paseando por la calle principal para comprar el pan. No solía cambiar mi rutina porque disfrutaba de aquel paseo que me permitía ver tantas cosas.  A las 9 de esa mañana, con mis auriculares puestos y una suave melodía de jazz sonando, me encontré con la señora Rodriguez, la panadera, saliendo de la tienda con aparente prisa.

-Buenos días Ángel. -me saludó amablemente- Hoy no podré atenderte. He recibido una llamada de la policía y tengo que ir a comisaría inmediatamente.

-Si me permite puedo acompañarla. Hoy no tengo ninguna prisa.

María que ese era su nombre, asintió sin mediar palabra e inició junto a su acompañante el paseo al puesto de la policía que había en el pueblo. Allí estaba en la puerta Ismael, el inspector jefe, esperando con seriedad. Cuando nos vio lo único que hizo fue entrar sin decir palabra. Dentro de la comisaría se notaba la tensión en el ambiente.

-María, siento decirte que estas en problemas – le dijo el agente a la señora Rodriguez- Tu caso ha sido abierto de nuevo y eres la principal sospechosa. Creo que deberías prepararte para el juicio.

-No puede ser- comenzó a tartamudear la mujer- creía que se había acabado mi pesadilla.

-Sabes que te dije las consecuencias de que lo hicieras -le dijo con voz más tranquila el hombre.

-De acuerdo, no puedo hacer otra cosa que irme. -me miró de una manera extraña- Esta vez no estaré sola.

Tras esas frías palabras sentí un miedo inexplicable. La mirada de aquella mujer que creía tan normal como cualquiera del pueblo se había vuelto fría. Notaba que algo maquinaba en su cabeza. Estaba en mis pensamientos cuando me habló. Habíamos caminado tanto tiempo en silencio que no me di cuenta de que estábamos en el viejo parque abandonado.

-Supongo que ya no puedo engañarte diciéndote que soy una simple panadera. Tampoco quiero que me creas una delincuente. Hay una explicación para todo lo que has visto hoy. Ven conmigo.

 

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