Cangrana

Esa soleada mañana me marché a leer bajo el árbol de siempre. Disfruté mucho de mi tranquila lectura, pero terminé el libro muy deprisa. No me quería marchar todavía, así que me entretuve haciendo ondas en un lago que estaba cerca.

Con las ondas, hice navegar un nenúfar en el que descansaba una rana. El nenúfar llegó hasta mí y el pequeño animal se dio cuenta de que era yo quien la había molestado. Se enfadó tanto conmigo que se puso completamente roja. La rana saltó en mi dirección con la intención de pelear. Yo pensaba que no me podía hacer nada malo, pero de repente le salieron dos pinzas con las que me pellizcó la nariz.

La cangrana se marchó satisfecha en su nenúfar, dejándome a mí atrás con la nariz tan roja como ella.

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María Pérez Martín – IES La Isleta

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