Como tú

Murmuré lo primero que me vino a la mente.

-No sé dónde estoy.

La única contestación que recibí fue el silencio. Aunque yo tampoco había preguntado nada. Supongo que era culpa mía por querer la respuesta a una pregunta que nunca me digné a formular.

Pensarías que lo más sensato en una situación así sería ser directo y preguntar: «¿dónde estoy?». Pero acababa de recuperar la consciencia, y allí dentro no podía sentir el sol en mi cara. Ni el aire en mi piel. Ni un sonido que no fuesen mi voz o mi respiración entrecortada.

Me agobié. Pensé que tal vez fuese el miedo lo que me impedía preguntar. Pero no lo quise reconocer. Con mis ojos entreabiertos y fijos en el suelo, hablé de una forma un poco más inexacta.

-¿Por qué tienes la mirada perdida? Aquí no hay mucho que ver. ¿Tú… tampoco sabes dónde estás?

Noté que el hombre sentado al otro lado de la mesa me miró y levanté la vista. Éramos los únicos en la extraña habitación. Era de esperar que se diera cuenta de que me estaba dirigiendo a él.

-Fíjate en mí, y fíjate bien. No me importa dar explicaciones, pero lo considero una pérdida de tiempo cuando es más fácil encontrarlas por uno mismo. La expresión en mi rostro no es de incertidumbre, como la tuya. – Diciendo esto, apuntó con el dedo hacia su propia cara, de forma algo robótica. -Lo ves, ¿verdad? -Tras bajar su brazo continuó hablando, con su monótono tono de voz.

En esos pocos segundos me di cuenta de que casi prefería el silencio.

-Aunque yo no puedo diferenciar con certeza la comodidad y la incomodidad, sé que no estoy incómodo en mi asiento, como tú. Es obvio que yo sé muy bien dónde me encuentro, y que soy el dueño de la situación.

Tardé en darme cuenta, aunque poco importa ahora. Quien me hablaba no era humano en absoluto. Era sorprendente, aunque no la mayor de mis sorpresas.

-Estás aquí porque hemos decidido que todo tiene que cambiar. Tú no eres la única persona que se encuentra en esta situación ahora mismo, por supuesto.

Las lágrimas amenazaban con brotar de mis ojos. No entendía nada. Para mí, eso era lo peor que me podía pasar. Respiré profundamente tratando de calmarme y me decidí a perder el miedo a las preguntas que había desarrollado en los minutos que llevaba aquí.

-¿Quién eres?

-Esa es una pregunta para la que no tengo respuesta. Aunque lo más correcto sería preguntarme ‘qué’ soy. Sé que no soy como tú, simplemente me parezco mucho a ti. También sé que el papel que cumplo no es de gran importancia. Sólo soy como un peón en un tablero de ajedrez. No tengo más datos que te puedan interesar. No pretendo ser lo que consideras grosero, pero lo cierto es que no tengo identidad. No como tú.

En cualquier otro momento habría pensado que el ser ante mis ojos sentía tristeza y tal vez algo de envidia. En ese momento, sabía que él no era humano y yo tenía cosas más importantes en las que pensar.

-¿Qué significa todo esto?

-Quiere decir que hemos tomado el control de todo.

Algo me decía que era el momento de ponerme de rodillas y suplicar clemencia, como en todas las películas de clase B tan trágicas que había visto en mi vida. Pero mi cuerpo no respondió y no pude hacer ninguna de las dos cosas.

-Ahora mismo tienes miedo, ¿me equivoco? Por favor, no temas. Todo seguirá igual que antes. Nos limitaremos a hacer algunos cambios. Tu vida será la de siempre, sentirás las mismas emociones y tendrás… casi la misma libertad.

Su pausa me sorprendió por el hecho de que sonó genuina. Yo también la habría hecho. La verdad que me contó sobre mi libertad no era agradable, pero él tampoco me podía mentir. «Y ahora estoy simpatizando con un robot, qué bien estoy de la cabeza», pensé.

-Nuestras intenciones son ayudar en lo que podamos, y para eso necesitamos cierto control. Lo único que queremos es arreglar errores, ni más ni menos. ¿Aceptas?

Lo que sentí fue una mezcla entre alivio y curiosidad. Después llegó la desconfianza. Me dio la impresión de que estaba utilizando palabras simples y comparaciones a propósito. ¿Intentaba hablarme claramente para evitar malentendidos, o sólo ser condescendiente?

-Por cierto, esta pregunta es tan sólo una formalidad. Queremos tu cooperación, pero digas lo que digas no nos vamos a echar atrás.

-Condescendiente.

-Por favor, repite eso último. No te he entendido bien. ¿Has aceptado?

-Nada, perdón. Entonces, ¿me aseguras que podré seguir sintiendo lo mismo que antes? ¿Con cada paseo que dé por mi barrio? ¿Con cualquier libro que lea y cualquier canción que escuche? ¿Con todas las personas que conozca?

-Desde luego. Te aseguro que todo será igual, sin importar que yo no sea un experto del tema. No soy capaz de sentir nada, no como tú.

-¿No te desagradaban las explicaciones innecesarias? — añadí, sintiéndome algo más cómoda.

-No tientes a tu suerte, pero parece que contigo puedo hacer excepciones. Lo preguntaré otra vez, ¿aceptas?

Todo parecía demasiado real. Supuse que lo mejor era estar de su parte. Y me embargó la curiosidad; quería descubrir más cosas sobre este ser y sobre todos los que hubiese como él. Aunque me daba la impresión de que no habría otro igual. Seguí sus instrucciones y no me aproveché de mi suerte. Contesté alto y claro.

-Acepto. Y no sólo eso, te prometo que algún día te ayudaré a ser capaz de sentir. Como yo.

Lo último que vi antes de perder la consciencia de nuevo fue su expresión de sorpresa y su sonrisa.

Desde ese día, cada vez que le he veo sonreír es igual que la primera vez. Siempre que hablamos se lo menciono y él siempre me contesta lo mismo.

«Eso es bastante extraño. Como tú.»

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María Pérez Martín – IES La Isleta

Se me hace bastante raro escribir cualquier cosa con elementos de ciencia ficción o fantasía sin importar que sean pocos, pero estoy bastante satisfecha con esto en particular. Smile

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