Pintaste mi mundo

Miré a mi alrededor y me gustó la casa que ese simpático niño me había construido y los colores que había escogido para el techo, un rojo vivo y para la puerta, un verde esmeralda.

Me sentía muy feliz, ya que, ese niño me había dibujado una sonrisa tan bonita en la cara. Me había hecho con el pelo rubio rizado, muchos tirabuzones amarillos descendían a los lados de mi redonda cabeza, los ojos eran más bien dos puntitos de color azul y el vestidito rojo me sentaba muy bien. Aunque no tenia dedos me gustaba el aspecto que me había dado y le cogí un gran cariño a ese jovencito.

A continuación hizo un árbol a la derecha de la casa, era más o menos de mi tamaño. Vi como trazaba las líneas que formarían sus ramas y las cubrió de verde para convertirlo en hojas.Me sorprendí al darme cuenta de que era un manzano al poner circulitos rojos en la copa. ¡Que bien estaba quedando mi nuevo mundo¡

Luego trazó unas montañas en el fondo y un río que descendía desde las montañas hasta el lado izquierdo de la casita. Le colocó un viejo puente de piedra y sobre él un gato, pero no le gusto y lo borro, en su lugar hizo un perro, ¡Que alegría! A mí también me gustan más los perros que los gatos.

Concluyó el dibujo con un radiante sol,  ahora solo faltaba colorear. Todo el cielo era de un azul celeste, el pico de las montañas estaban cubiertas de nieve y todo el suelo verde aunque en algunos sitios aparecían puntitos de varios colores a modo de flores. El río era un poco más oscuro que el cielo y el perrito era marrón con una manchita blanca en la cola. ¡Qué bonito había quedado! Me encantaba mi nueva vida. Se lo agradeceré para siempre. Sin embargo llego la hora de la merienda y el zumo de manzana del rapazuelo se precipitó accidentalmente sobre mi mundo y este se difuminó.

ELENA MÉNDEZ VIDAL

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