Monthly Archives: abril 2014

Un último momento

Un extraño dolor abarcaba mi cabeza, como si fuera a explotarme, continuo, lento… y doloroso, sobre todo doloroso.
No hacía falta ser un experto para saber que tenía fiebre, lo cual era normal a mis noventa y dos años de edad, esperaba la muerte de un momento para otro, estaba preparada, ya fuera por infarto, vejez, enfermedad… estaba lista, no me preocupaba, es más, la esperaba con los brazos abiertos, a diferencia de mis familiares. Hijos, nietos y mi hermana… todos estaban como una barrera entre yo y la muerte, pero lo que no entendían era que yo estaba cansada, solo era una encorvada viejita, que anhelaba la llegada del último aliento, del último movimiento de mis músculos, el momento de dormirme, y no volver a despertar.
Terminé de comer tan rápido como mi desgastado cuerpo me lo permitía, y fui directo a mi tocador, sabía que me quedaba muy poco, sabía que iba a ser hoy, así que, mientras miraba las fotos de las personas que formaban mi familia, llamé a mi hermana, esa mujer de diez años menor que yo, tan activa como cuando tenía dieciséis años, que le gustaba observar todo con sus grandes ojos marrones como su pelo abundante, ya un poco plateado por el paso del tiempo, pero a mi opinión, tan bella como el primer día.
Al tercer timbre escuché su voz, cansada pero llena de ternura.
-Hermanita, ¿qué tal? ¿Te encuentras bien? ¿Te duele algo?
-Hola Lara, me duele un poquito la cabeza, pero por el resto estoy de maravilla.
-¿De maravilla? Tu nuca estas de maravilla, dime que no es lo que yo pienso que…
-Diles a todos que les quiero, que no me extrañen, esto es lo que yo quiero, y que no cometan locuras, yo velaré por todos ustedes, ahí arriba.
-No, no, no, tienes que ser fuerte, Raúl no lo aguantaría, solo tiene tres años…
-Es lo que yo quiero, solo así soy feliz, os quiero.
Y colgué, pasa no seguir escuchando sus sollozos.
A paso lento recorrí mi casa, mirando por última vez lo que fue mi hogar desde hace cincuenta años, al menos.
No puede evitar que una silenciosa lágrima brotara de mis oscuros ojos, recorriendo mis pómulos hundidos y arrugados cachetes, llegando a mi mandíbula, y desde ahí cayendo al oscuro suelo de mármol, por el que tantas veces había caminado, sentado, jugado… donde había pasado mi vida, entre estas paredes blancas y marrones, que le daban un toque cálido, como a mí siempre me había gustado.
Pasé mi dedo por las finas telas rojas de los sillones, por la mesa de cristal, por la televisión negra que tantas risas, miedos, llantos y enfados me había otorgado.
Miré la nevera, la cocina, el fregadero, las sillas y la mesa. Observé los dibujos pegados al congelador que me hicieron mis nietos. Agarré unos cuantos y me dirigí a mi habitación, donde me senté sobre la mullida cama, y abrí el cajón de la masita de luz.
Removí hasta dar con la foto de mi hermana con nuestros hijos. Me acosté en la cama, depositando los dibujos y la foto en mi barriga y pechos, abrazándolos fuerte, como si así me los pudiera llevar a la otra frontera, como si así pudiera llevarme una parte de mi vida al otro lado.
Lentamente cerré mis ojos, a la vez que el dolor de mi cabeza disminuía, y detrás de mis ojos empecé a ver todas las caras de las personas que abarcaban mi corazón, sintiendo como, aunque no las volviera a ver, estarían dentro de mí, al igual que yo dentro de ellos, no nos olvidaríamos, porque así era el amor…
«fuerte y duradero»-pensé, y me sumí en un oscuro sueño del que nunca volví a despertar.

El cadáver de la esquina de las avenidas

Pues me han matado. Hay que joderse. Ya me lo parecía a mi, que todo iba demasiado bien. En cuanto te parece que todo es de color rosa y que tienes dinero, amor y no me acuerdo qué más (que estás en chachilandia, vamos); la cagas. Me confié mucho y ahora estoy aquí, desangrándome, con un pedazo de puñal clavado en la espalda; en el cruce de las avenidas “De América” y “De Los Reyes Católicos”. No me explico por qué han traído mi cadáver aquí, si me mataron en otra parte…
Para despistar, supongo. A lo mejor la pasma (nunca me acostumbraré a llamarlos “policía”) piensa que la asesina es la doña.
Resumiendo, que yo estoy muerto y es muy probable que encarcelen a una mujer que me cae bien. Si es que esos, si tienes antecedentes penales, te meten en el trullo pero en dos segundos. ¡Me dan ganas de mandarlos a todos a tomar por culo!

Para saber por qué acepté este trabajo de detective, hay que entender mi situación. Me acababan de desrejar y no tenía ni puta idea de qué hacer. Mi abuela me daba periódicos para que buscase ofertas de empleo, pero con esta crisis que si quieres arroz, Catalina. Yo tampoco ponía mucho de mi parte; solo me fijaba en el aumento de la criminalidad callejera y la corrupción política. Eso me dio una idea. Y para una que tenía, no iba a desaprovecharla: me hice detective corrupto.
Cuando me encargaban un caso de robo buscaba al culpable y cuando le tenía cara a cara le decía que si quería salir bien parado bastaba con que me diese más dinero del que me ofrecían mis clientes. Si estaban verdaderamente asustados, hasta me daban algo de yerba.
Si se les perdía una mascota, compraba otra parecida en el mercado negro a precio de saldo y les decía que no había encontrado a su bicho, pero que les había traído otro. Y se quedaban tan contentos. El truco era ser honorable y hacer las cosas bien de vez en cuando, para no levantar sospechas.

Mi confidente era la doña, la dueña del tugurio entre las avenidas “De América” y “De los Reyes Católicos”. Que buenorra estaba. Si le pagabas una pequeña propina, te dejaba que le tocases las tetas, y si le pagabas un buen fajo te llevaba a la trastienda y te dejaba tener sexo con ella. Que puta.

Bueno, pues un día me encargaron un caso serio. Ya tenía cierta reputación en el barrio, y la pasma vino a pedirme ayuda. Resulta que alguien estaba robando obras de arte en museo, y no tenían ni puta idea de quién podía ser. Cuando me dijeron la recompensa por coger al ladrón se me calló el puro de la boca. Eso ningún ratero de tres al cuarto podía igualarlo ni superarlo. Les dije que me pondría en el caso inmediatamente, y baje al bar.

Ojalá no lo hubiese hecho. La doña me dijo que algunos hablaban sobre que le habían quitado las cadenas al Tirano. Joder, joder, jodeeeeeer. Mierda. Estoy MUY jodido. Cuando hacía unos años me metieron entre rejas, empecé a “cantar” todo lo que sabía. Investigaron lo que dije y atraparon al Tirano. Y creo que estaba un poco contrariado por eso.

Vale. Si le habían soltado, tenía dos noticias: primero, tenía que contratar a un guardaespaldas. Y segundo, ya tenía al ladrón del museo: el Tirano traficaba con obras de arte. Fui a chivarme a la pasma, pero me dijeron que necesitaban pruebas (vídeos, fotos, un chivato…). Total, que tuve que agarrar una cámara e irme a la parte trasera del museo.

La vida me iba muy bien (mucha pasta, putas, yerba,…), pero todo lo que sube baja. Vamos, que te jodes cuando menos te lo esperas.

Estuve todo el día esperando a que se hiciera de noche y cerraran el maldito edificio. Estaba helado, en una esquina.

Al final se hizo de noche y cerraron. Pasaron 2,3,4,5 horas. Cuando me iba a marchar, oí un ruido. Me metí entre los arbustos y observé la escena. Unas personas estaban sacando algo por la parte de atrás. Saqué la cámara y empecé a sacar fotos.

Se me había olvidado quitar el flash.

Ya se imaginan lo que pasó: se giraron y corrieron hacia mi, eché a correr, me atraparon, me reconocieron, me apuñalaron… No es algo que de ganas de recordar.

Y luego me trajeron a la esquina donde se juntan la “Avenida de América” y la “Avenida de los Reyes Católicos”.

Tengo ganas de fumarme un puro, en lo que esa luz al final de túnel se hace más grande. Pero (mierda) me dejé el paquete en casa y no tengo fuerzas ni para gemir.

El robo

Notaba como un enjambre de avispas me picaba por todo el cuerpo. Intentaba espantarlas,
pero se burlaban de mi. Eché a correr y empecé a caer, caer, caer… El viento me helaba las manos y las piernas, hasta que caí a la lava y me empecé a quemar.
Me desperté de golpe, sudando. Solté un gemido. “Mierda”. Solo me faltaba esto. Un
catarro. Cojonudo. Me sorbí los mocos, me levanté, me soné y fui al ordenador. Volví a mirar la página que tanto me atormentaba:

“La adolescente María Domínguez Sánchez ha sido detenida por el presunto robo de varios
objetos de valor pertenecientes a su tío, don Marcos Rodríguez Sánchez. El robo fue cometido durante la mudanza del señor Rodríguez, recientemente trasladado a las afueras por motivos de salud. “El pobre hombre se enferma a cada rato,” relata Juan Pacheco Aviedo, novio de la detenida “siempre estaba sonándose y tosiendo.” Cuando los hombres de la agencia de mudanzas abrieron el camión y sacaron los objetos embalados se percataron de que una de las cajas estaba abierta. En esa caja se encontraban: un candelabro, un par de guantes de boxeo firmados por Sylvester Stallone y un jarrón de la dinastía Ming. Todos esos objetos poseían un gran valor económico, y fueron obtenidos por el señor Rodríguez tras varios años participando en subastas benéficas y otras. El último personaje que se acercó al camión ( y por tanto a la caja) fue la señorita Domínguez, la tarde anterior a la partida. La policía la mantiene bajo arresto por considerarla sospechosa. “Tiene que ser un error,” comenta el señor Rodríguez “tengo plena confianza en mi sobrina. Estoy seguro de que ella no fue.””
Miré la pantalla del ordenador. Decidido. Llevaba varios días planeándolo. Aparté la vista
del artículo periodístico y me vestí. Investigaría por mi cuenta. Por las averiguaciones que había hecho a lo largo de las semanas anteriores, podía hacer dos cosas: Podía hablar con el novio de mi sobrina.
O ir a tener una breve charla con mi sobrina en su nuevo apartamento en el que estaba bajo arresto domiciliario.
Decidí empezar por la primera opción, ya que por el momento era lo mas sencillo. Cogí el coche conduje hasta la casa de Juan. Toque cuatro veces a la puerta. Su madre la abrió y me permitió el paso.-¿Está Juan en casa?
-Sí. Espere que le aviso.
-Gracias.
Unos instantes después Juan bajo por las escaleras,
-Buenos días Don Rodríguez.¿Qué tal está?
-Bien gracias por preguntar, querría hacerte un par de preguntas.
-Ok ningún problema.
Los dos tomamos asiento y empece con las preguntas:
-¿ Tú crees en verdad que tu novia, osease mi sobrina, me ha robado?
-No creo, además, ella estaba con usted colocando los muebles cuando se dio la alarma.
– Vale, ¿sabes de alguien que pudiera haber cometido el robo?
-Lo siento pero no tengo ni idea.
-¿Podrías decirme que hiciste la noche anterior al suceso?
-Estuve un rato con su sobrina y después me fui con mis colegas.
Seguí haciendo preguntas durante unos veinte minutos más.
-Bueno, eso era todo, gracias por tu colaboración Juan.
-De nada, y suerte con su investigación Don Rodríguez.
-Gracias, hasta luego.
-Adiós cuídese.

Como no me había servido de mucho la entrevista a Juan pensé Que era preciso pasar al plan
B. Tendría que hacerle un par de preguntas a María, a ver si me podía aportar algo que demostrara que era inocente.
Fui a el apartamento, pidiendo permiso a la policía antes por supuesto.
-Buenos días cielo
-Hola tío Marcos.
-Veras, quiero demostrar que tu no eres la culpable del robo, y quiero hacerte unas cuantas preguntas.
-Vale, gracias.
-¿Sospechas de alguien?
-No tengo a nadie en mente.
-¿Qué hiciste la noche anterior?
-Tú lo sabes fui a tu nueva casa.
-Me gustaría que me lo contaras con el máximo detalle posible por favor, ¿Viste algo sospechoso?
-Ahora que lo mencionas, creo que si, cuando pasaba por la ermita del pueblo, vi a una grupo de
chicos merodeando.
-Un momento,¿no estuviste antes con tu novio?
-¿Con Juan? No. Él estaba haciendo un trabajo de sociales para clase.
-Eso es todo lo que quería saber, gracias.
-Que vas a hacer tío.
-Nada en especial, tu espera, pronto saldrás de aquí. Adiós.
-Chao.

Salí del apartamento y me metí en el coche. “Así que Juan mintió”. Luego iría a hablar con él, pero ahora tenía otra cosa que hacer: en ambos relatos se mencionaba una mezquita. Yo la conocía, a veces pasaba enfrente cuando iba al campo.
Por fin llegué. Me bajé del coche y entré. Estaba en ruinas, con el tejado semiderrumbado y las ventanas tapadas por unas tablas clavadas de forma apresurada. Por dentro estaba llena de grafitis y latas de cerveza. “El lugar idóneo para una reunión de adolescentes”. Miré por todas partes, intentando ver algo fuera de lugar. Nada. Todo parecía jodidamente igual. Cogí una lata y, frustrado, la tiré contra una pared. “Espera, ¿qué?”. Había sonado a hueco. Me acerqué a la pared y le di un puñetazo. Hueco. Intenté mover el bloque de granito más cercano. Se movía, en poco tiempo lo había sacado de su sitio. Metí la cabeza por el agujero, descubriendo una habitación en penumbra. Encendí mi mechero (si el médico se entera de que fumo, me mata) y alumbré el cuarto. Dentro estaban un candelabro, unos guantes de boxeo con algo garabateado y un jarrón con dibujos de flores y dragones. Sonreí. No me di cuenta, pero estaba llorando. Mi sobrina era inocente. El culpable era… Noté un horrible dolor en mi hombro y un estridente sonido en mis oídos. Me volví. Mi hombro sangraba, estaba medio sordo y Juan me miraba con un revólver. Sonreía.
-Adiós, viejo.

El siguiente disparo le acertó en el corazón.

Olmo Nauzet García González
Andrés Crespí Domínguez
Lucía González Dénez

Una carta de amor verdadero.

Hola cariño, ¿cómo estás? Seguro que bien, siempre has sido un chico fuerte.Como sabrás, esta carta no la escribí hoy ni hace unos días, ya que hace casi seis años que no estoy a tu lado. La escribí -bueno, mejor dicho- la escribo mientras estás en la cocina con tu padre preparando esos macarrones que te salen tan bien y a mí me encantan. Ahora mismo acabas de acercarte a mí corriendo, me has abrazado, me has dado un sonoro beso en el moflete acompañado de un «te quiero mami» y has vuelto corriendo a la cocina. No consigo evitar que las lágrimas inunden mis ojos y una sonrisa un poco amarga aparezca en mi rostro. Todavía no soy capaz de creer que dentro de unos meses no pueda inventarme cuentos donde tú eres el protagonista, no pueda comprarte chocolate a escondidas de tu padre o no pueda hacerte un hueco en mi cama cuando por las noches tengas pesadillas. Sé que papi cuida muy bien de ti, te quiere muchísimo. Quizás te preguntes porqué esta carta llega seis años después y precisamente hoy, en tu decimocuarto cumpleaños. La razón es que el seis es tu número favorito porque es el día que vienen los Reyes Magos. Recuerdo cuando te iba a buscar a la salida del cole y me contabas todo lo que te había pasado en el día relacionándolo con ese número y diciéndome: «Es que el seis es mi número preferido, mami» y luego sonreías. ¡Cómo voy a extrañar estas cosas ahí arriba! Pero esa es una parte de la razón, la otra es porque… crecer significa afrontar la muerte de tus seres queridos y creo que ya eres mayor. Posiblemente ya lo hayas afrontado, ha pasado mucho tiempo. Habrás tenido que crecer antes de lo debido por mi culpa, pero no te enfades, seguro que luché con todas mis fuerzas para poder quedarme a tu lado el mayor tiempo posible.

Es tan extraño escribirte esta carta estando tan cercas…

No sé si te has vuelto un rebelde o has seguido como siempre, pero lo que sí sé es que sabrás cambiar si eso es lo correcto. Bueno…no quiero alargarme mucho más, no creo que hayan cosas que no sepas. Quiero que seas muy feliz cariño y solo espero que esta carta te haya hecho llorar de felicidad y no de tristeza, ya que recordar es duro, y más cuando estás seguro de que nada volverá a ser como antes. Pero tú sabes que aunque no esté…ESTOY.

¡Ah! Una última cosa. Se me olvidaba decirte que sé que los abuelos últimamente están un poco insoportables, pero trátalos bien, para ellos esto está siendo muy duro. Y es que solo hay una cosa peor que tener cáncer y es que lo tenga tu hijo.

Te quiere y te querrá siempre con locura, tu madre.

 

Desirée Serrano Santana (IES La Isleta)

Carta de amor

Bruscamente me recosté en el respaldo de la silla y suspiré de alivio.
Había terminado de escribir una carta de amor, y fue más fácil de lo que me pareció en un principio, solo tenía que explorarme, sacar todo lo que sentía y escribirlo en una hoja de papel.
La carta era para la dulce chica de pelo rubio y largo, que veía en el parque todos los días, mientras ella me contaba lo que había hecho en la semana, y yo contemplaba, embobado, el iris negro como el azabache, que contrastaba con su pálida piel blanca, como la nieve.
Muchas veces había intentado explicarle mis sentimientos, pero cuando la veía, se me esfumaba la valentía, como si el viento me la hubiera quitado, para acobardarme y luego, en mi casa, regañarme internamente.
Por eso mismo me encontraba aquí, sentado frente a esta ventana que dejaba ver los verdes campos, iluminados por un hermoso atardecer. Sin embargo, yo no miraba aquello, sino un poco más abajo, sobre la mesa, un simple lápiz, y una hoja, en la que escribí con el corazón, la carta de amor.
Después de un rato de duda, me dispongo a leer, por primera vez, el resultado de lo que salió de mi alma…
«Querida Elena:
No sé cómo empezar, principalmente, por el hecho de que hay muchas cosas que explicar, y la mayoría son difíciles de expresar o de entender.
Nos conocemos ya desde hace un buen tiempo, y a lo largo de este me he dado cuenta, que siento algo, desde el primer momento en el que te vi aparecer. Aún me acuerdo, como te acercaste a mí con el propósito de darme un folio que se me había ido con el viento, y parado cerca de tus pies. Recuerdo como me miraste con esos ojos negros como el carbón que tanto me gustan, y me hablaste con esa melodiosa voz que nunca puedo quitarme de la cabeza.
Desde ese mismo instante supe que sentía algo, y que quería verte siempre, oírte, o incluso oler el intenso perfume a vainilla que llevas impregnado en la piel.
Siempre he pensado que la palabra «seguro» nunca es efectiva, ya que nunca se puede estar totalmente seguro de algo, pero, sin embargo, ahora mismo te puedo decir, sin cavilaciones ni duda alguna, «Estoy seguro que de ti me he enamorado».

De: Steve»

Lucía González Denez

Aquí te amo

Ahí se acercaba ella, con su vestido que no le quedaba más largo de las rodillas, y yo aquí esperando, como una hoja mecida por el más ligero viento, temblando.
Ella era, es, el amor de mi vida, la persona que nunca podre sustituir, y en ese parque, con no muchos arbustos, con árboles con escasas hojas por la llegada del otoño, ella destacaba, con más dulzura en su pequeña figura, a pesar de sus altos pómulos y sus carnosos labios, llevaba las mejillas sonrojadas por la carrera, con sus trenzas medio despeinadas por el apuro y por el viento, pegada a su pequeña carita de castaños cabellos, que hacia contraste con sus ojos azules como el mar. Aunque tuviera los pómulos y ángulos de madurez marcados, sus pecas y su carácter la hacían más niña.
Nunca tuve la esperanza de llegarle al corazón, yo era demasiado larguirucho, y no tenía ningún aspecto especial, que me diferenciara o destacara de nadie, tenía el pelo negro y ojos marrones, labios gruesos pero pálidos y sin algún detalle en especial. Por eso me quede de piedra cuando vi su nombre en la pantalla de mi móvil.
Pero todo empezó meses atrás, cuando la vi entrar a mi casa.
-Perdón, ¿quién eres?
-Lo…lo siento. Estaba buscando a la señora de esta casa, la vi afuera, pero dijo que entrara y la esperara, que ya venía.
-Ah, claro, siéntate- Le dije mientras la conducía al salón, luego me quede contemplando tal belleza, hasta que se me ocurrió preguntar- ¿Quieres algo de beber…?
-Ana.
-Ana- saboreaba su nombre entre mis labios mientras lo pronunciaba- ¿quieres?
-No, muchas gracias…
-Dylan
-Dylan…-que bien sonaba mi nombre pronunciado por su dulce voz-
Y en eso empezó todo, empezamos una conversación, hablando de nuestra vida de adolescentes, nos hicimos amigos durante mucho tiempo. Me enteré de que ella vino de viaje, durante un largo tiempo, cuatro años. Nos llevábamos muy bien, congeniábamos en todo, pero un día se separo, y no me hablo, me evitaba y poco a poco, se fue alejando.
Y aquí me encuentro, en este parque; ella se acercaba a paso lento y cauto.
Cuando llego a mi lado no pude hacer más que recordar la conversación.
-Hola
-Hola- le dije y se produjo un largo silencio, hasta que ella suspiro y me atreví a preguntar-¿Por qué llamaste?
-¡Oh! sí, claro, tengo que decirte algo muy importante.
-Claro, dime.
-No, aquí no, en persona.
-¡Ah! Claro, ¿en dónde?
-Emm… ¿podemos quedar dentro de… media hora? ¿En el parque?
-Oh, claro. Te espero.
-Adiós
-Adiós
Esa fue nuestra pequeña conversación, tenía la voz apagada y débil… triste.
Cuando llegó se produjo un incomodo silencio, a lo que yo carraspeé, haciendo que ella empezara a hablar.
-Hola, necesito decirte algo, pero quiero que te sientes.
-Vale
En un desesperante silencio nos acercamos al banco más cercano, donde nada más sentarnos nos miramos intensamente. Sus ojos se cristalizaron, aguaron.
Las gotas que amenazaban con salir de sus ojos no llegaron a salir, no antes que me dijera esa frase. Esa que no quería que saliera de sus labios, esa que tanto me atormentaba porque era un hecho, iba a ocurrir, claro que no tan pronto.
-Me voy, vuelvo a mi país-Y empezó a llorar.
No sentía nada, no oía nada, no pensaba en nada.
Lo único que se repetía una y otra vez era esa frase, lo único que sentía era esa daga que se clavaba dentro de mí, y que se hundía, y se hundía, y retorcía.
Solo tome una decisión, debería haberlo hecho antes. Le toque el hombro mientras mi cabeza repetía <<valor, valor, valor>> Ella se dio la vuelta <<valor, valor=»»>>.
-¿Qué pasa?- <<valor, valor, valor>>- Lo siento.
Y eso fue lo último que dijo mientras me acercaba a ella, justo antes de unir sus labios con los míos, justo antes de esa palabra se repitiera en mi cabeza, <<valor>>.
No me sorprendió haberlo hecho, momentos desesperados requieren medidas desesperadas. No me sorprendió que ella pusiera una expresión interrogante mientras me acercaba a ella. Lo que si me sorprendió fue que ella siguiera con esta nueva sensación, me sorprendió que le gustara.
Este era un momento dulce, increíble, nuevo para mí. Pero todo lo bueno acaba, así que cuando nos separamos se me escapa de los labios:
-Aquí te amo.
Ella no hizo más que llorar y volver a besarme.

Historia de detectives

-¿Cuanto dices que te desapareció?
-Diez euros, y ayer cinco. Pero también desapareció mi tarjeta de crédito, que es lo que más me importa. – Moisés parecía angustiado, que era lo más normal, ya que hacía muchos años que trabajaba allí a diferencia de las tres chicas nuevas, y nunca había pasado nada parecido, los robos no eran algo usual en el restaurante, y menos a los empleados.- Lara, no te llamaría por cualquier tontería, pero esto pasó cuando estaba trabajando, por eso te aviso.
-Bueno, no te preocupes, voy a aclararlo, mañana lo hablaremos con calma.
Colgué, mientras pensaba en lo que me había dicho. Me extrañaba que se lo hubieran robado en el trabajo, más bien se le debería de haber caído, pero un robo era extraño.
-¿Qué pasó, mami? -Leah era mi hija mayor, su curiosidad era una de sus mayores defectos, o virtudes.
-Dice Moisés que le desapareció quince euros, y una tarjeta de crédito- Leah abrió los ojos como platos.
-Pues a Cristal también, pero veinte euros.- Cuando Irina, mi hija menor, me dijo eso, me quedé de piedra, Cristal era una de las chicas nuevas que trabajaban en el restaurante- Estaba yendo a su casa, y me dijo, «Irina, ¿sabes algo de veinte euros? Cuando fuiste a poner el dinero en mi bolso, ¿no agarraste nada? No te preocupes, yo no le digo nada a nadie».
-Y tú, ¿agarraste algo?- Le pregunté
-No, nada, y se lo dije. Pero ella me siguió preguntando, o si vi a alguien, o si Leah o yo habíamos tocado algo,… Pero no sé nada, mamá.
Enseguida agarre el móvil y marque el numero de Cristal. Al tercer tono, contestó.
-¿Lara?
-Hola Cristal, una pregunta, ¿qué es eso que me contó Irina sobre veinte euros?
-No, nada, que hay veinte euros que me desaparecieron, pero no te preocupes, son cosas de niños, no pasa nada…
-No, es que Irina no fue, ella no tiene nada. Pero a Moisés también le desaparecieron cosas.
Hubo un largo silencio, en el que tuve tiempo para pensar. Al final decidí que lo mejor sería hablarlo con todos.
-Mira, mañana procura venir puntual, que vamos a hablar con todos, a ver qué está pasando.
Nada más colgar le envié un mensaje a Moisés, y a las chicas nuevas, Ángela y Alina, por último hable con mi marido, Dante. No podía permitir que sucediera esto en mi restaurante.
A la mañana siguiente los tenía a todos sentados alrededor de la mesa, esperando a que alguien empezara, así que hablé.
-Vamos a ver, a Moisés y a Cristal les están faltando dinero, y tiene que haber pasado aquí, ya que entran con el dinero, y salen sin él. El dinero estaba en los bolsos, que se guardan en el almacén, así que tiene que haber sido alguien que tuviera acceso al almacén.- Me quedé mirándolos a todos, esperando que hicieran algo. No tuve que esperar mucho, ya que enseguida Alina me dijo:
-Lara, a mi me han faltado diez euros.
Miré a Ángela. Ella era la sospechosa en este momento, pero nunca me lo hubiera esperado, ella era muy buena, pero sin embargo, ella era sospechosa, y además no le habían robado nada.
-Es que yo no traigo dinero.- Parecía nerviosa
-¿Y cómo vuelves a casa en guagua?-Acusó Alina.
-Pues, porque tengo un bono de guagua.
-Ángela, no te preocupes, voy a encontrar al culpable.
Sabía que ella no podía ser, su cara de sorpresa al principio de la reunión me lo dijo todo. La conocía desde hace tiempo, y la descartaba, al igual que a Moisés. Solo me quedaban Cristal y Alina.
Veo a Cristal, que se acerca y me dice.
-Hay algo raro, a mi Alina me dijo que le habían quitado veinte euros, no diez.
Me había quedado sin palabras, así que asentí, y le indiqué que siguiera trabajando, mientras me iba a la cocina y empezaba a pensar, pero mi tiempo de reflexión no duró mucho, ya que entró Moisés, diciéndome que le habían llamado del banco, que habían utilizado su tarjeta en una gasolinera, y que mañana podríamos ir a preguntar si tenían cámaras de video. Además tenía que acompañarlo.

Estábamos frente al señor de la gasolinera, explicándole por que necesitábamos ver las grabaciones, a lo que él no se opuso, y nos llevo a un cuarto donde estaban las cintas de seguridad. Eligio una y nos la mostró. Le indicamos la hora que nos dijo el banco, y efectivamente aparecía una mujer, que se giro lentamente, dejándonos ver el rostro de Alinda.

La joya de Nunca Jamás

El sol empezaba a salir rutilante aquella mañana en el país donde los niños seguían siendo niños, donde el tiempo estaba parado y el tic-tac de los relojes era silenciado, pero no por mucho tiempo. Un lugar mágico donde piratas luchaban contra niños, donde los indios mantenían el equilibrio de aquella preciosa isla y donde un hada un poco cascarrabias y celosa conseguía que los niños pudiesen volar. Muchos piensan que la mayor amenaza para Garfio es Peter Pan, pero…¿están seguros? Hay algo que le asusta aún más que un simple niño jugando a ser un héroe y ese, queridos amigos, soy yo, la mayor amenaza para todos los habitantes de Nunca Jamás…¿Qué pasaría si el chico que nunca creció creciera? ¿Qué pasaría si el tic tac del cocodrilo volviera a sonar? ¿Y si Garfio fuera un viejo y arrugado pirata? ¿Y si los niños perdidos se hicieran mayores? ¿Dejarían de creer en los cuentos, en las hadas, en Campanilla? Sí, son muchas las preguntas sin respuesta.

Aquella misma mañana llegué a las orillas de la Laguna de las Sirenas provocando un terrible temor a cada paso que daba, sin querer, claro; no soy mala persona. Solo paso, lentamente para aquellos que quieren que llegue un futuro – ya sea lejano o próximo- y rápidamente para las personas que andan siempre con prisas. Nadie me puede ver, tocar u oír, pero sí sentir. Pueden sentir mi presencia cuando recuerdan épocas pasadas y sienten que nada volverá a ser como antes.

Nunca antes había estado en este precioso lugar, y mira que soy viejo… Se podría respirar la juventud, las ganas de jugar y la inocencia de los más pequeños que juegan a ser mayores. No se parecía a ningún lugar que hubiese visto: la codicia de los hombres, la pobreza, las guerras, el sufrimiento de personas inocentes, la muerte… Aquí nada de eso existe. Era como un pequeño paraíso que pocos tienen la suerte de conocer.

Todos dormían excepto el capitán Garfio, que había despertado de una terrible pesadilla. Smee fue a socorrerle de aquellos sueños, pero era imposible calmarle, sentía que algo extraño y peligroso estaba sucediendo en Nunca Jamás. Su inquietud era yo, claramente, aunque aún no sabía de mi presencia. Se incorporó a duras penas, se sentía cansado y…¿viejo? Quizás solo fuesen paranoias suyas, o quizás no. Sintió la necesidad de mirarse al espejo, así que mediante gritos le exigió a Smee que le trajese uno. Con el espejo en las manos, su preocupación desapareció, se veía igual de guapo que siempre. Escuchó un fuerte estruendo, se levantó rápidamente de la cama y le gritó a sus hombres. Ellos asomaron sus huecas cabezas por las ventanas de su camarote y vieron una pequeña y brillante luz dorada propia de Campanilla. Asombrados, empezaron a recibir golpes por parte de Peter Pan y los niños perdidos mientras Campanilla discutía con Garfio:

— ¿Qué has hecho ahora, Garfio? — gritó indignada.

— ¿Yo? ¿Qué dices, insensata? — inquirió el capitán mientras Campanilla se acercaba más y más a él, transformando su luz dorada en un color rojo, algo parecido al de un tomate.

— ¿Qué qué pasa? ¿Has visto a Peter y a todos los niños perdidos? ¡Eso es lo que pasa!

Garfio se percató que en la dulce y suave piel de Campanilla había unas pequeñas arrugas, ¿por qué? ¿No se supone que las hadas no envejecen y que mueren cuando la gente deja de creer en ellas? ¡Claro, esto debe ser culpa mía! De pronto, en el camarote de Garfio aparecieron sus enemigos acérrimos, pero había algo distinto en ellos, podría llegar a decir que con un poco de esfuerzo conseguía ver el primer pelo del bigote de Peter. Garfio se acercó a los niños observándolos incrédulo, ¿estaban más altos? ¿No se supone que en Nunca Jamás la gente no crece? Ups…culpa mía de nuevo.

— ¡La joya de la Roca Calavera! — exclamaron Garfio y Campanilla a la vez compartiendo una mirada cómplice y asustada.

— ¿Qué es eso? — preguntó Peter confuso.

— ¿No se lo has contado? — Campanilla negó con la cabeza, estaba aterrada.— La joya de la Roca Calavera es la que consigue que no pase el tiempo, que todos permanezcamos jóvenes.— en ese instante Peter rió haciendo entender que Garfio no es lo que se dice un «chaval».

— Alguien tuvo que haberla robado.— comentó Campanilla pensativa.

— Si no han sido ustedes ni he sido yo…¿Quién fue? — dijo Garfio mientras paseaba por el camarote.

— Hablemos con los indios.— opinó Peter y a todos les pareció buena idea.

Llegaron volando al Campamento Indio y se dispusieron a hablar con el jefe y su esposa.

— Estábamos esperándoles, sabíamos que vendrían.— dijo el jefe indio mientras los llevaban a su tipi.— Mi tótem ha sido robado, esa es la llave para poder entrar en la Roca Calavera.

— ¿Quién ha podido ser? — preguntó el capitán Garfio preocupado.

— No lo sabemos, pero necesitamos polvo de hadas para poder averiguarlo.— comentó la esposa del jefe indio.

Campanilla aceptó la propuesta y la jefa india se dispuso a prepararlo todo para el ritual. Cogió plantas medicinales y los polvos de hada, creando con ellos una especie de mejunje, el cual tomó. A los pocos segundos empezó a tener visiones. Pudo ver como una sombra robaba el tótem mientras todos dormían y como, luego, tras coger la joya de la Roca se dirigía hacia una casa de Londres cuya ventana estaba abierta. ¿Quién podría ser? Fuera quien fuese era el causante de mi aparición en la isla.

La esposa del jefe, agotada, contó todo lo que había visto.

— ¿Una sombra dices? — preguntó Garfio — La única sombra que habita Nunca Jamás es la tuya, Peter. ¿No tendrás nada que ver en esto, verdad?

— ¡Y para qué querría yo que el tiempo pasase, Garfio! Además, hace días que mi sombra escapó, no sé nada de ella.— Peter se quedó pensativo durante unos instantes y, para cuando volvió a hablar, en su mirada había un brillo travieso y aventurero.— ¡Vayamos a Londres!

— Yo no puedo ir, tengo una tripulación a la que dirigir.— inquirió el pirata creyéndose importante, a lo que Campanilla le lanzó una mirada furtiva.— Vale, no me fio de la magia.—Campanilla se puso de brazos cruzados y ladeó el rostro, esperando otra respuesta.— Está bien… Me dan miedo las alturas.— dijo finalmente Garfio con tono avergonzado, causando una sonrisa en el rostro del hada.

Peter Pan y Campanilla se dispusieron a emprender el vuelo hacia Londres. Unos instantes después se encontraban delante de la ventana que la jefa india había descrito. Allí estaba su sombra, sentada con la espalda apoyada en la pared y con la joya entre sus manos, observando a los tres niños que dormían plácidamente en sus camas. Peter, ante el ladrido de un perro, cruzó el umbral de la ventana adentrándose a la habitación. El chico observó a la niña que dormía en la cama más cercana a la sombra, lo que no sabía era que este sería el comienzo de una nueva y apasionante aventura.

El joven se sentó al lado de su sombra y le preguntó curioso el porqué había robado la joya, a lo que ella le respondió que estaba cansada de la misma monotonía de siempre, que necesitaba vivir alguna aventura nueva, algo diferente y…¿qué mejor que llevarme a mí con ellos? Aquí todos me tienen en cuenta, pero en Nunca Jamás soy una novedad, y la sombra conoce al chico, sabía que haría lo que fuese para saber el porqué de mi presencia en esa preciosa y mágica isla.

La sombra, al ver como Peter se disponía a coger la joya, empezó a revolotear por toda la habitación a modo de juego consiguiendo despertar a la chica que dormía. Así fue como Peter conoció a Wendy.

Y esta fue la historia de mi corta, pero agradable – o al menos para mí -, estancia en el país dónde los sueños se hacen realidad, dónde siempre hay tiempo para una gran aventura y dónde aprendes a volver a ser un niño, si no pregúntaselo a mi amiga Wendy, que después de pasar por Nunca Jamás descubrió que no había prisa por crecer. Ahora Wendy, cada noche, deja su ventana abierta, esperando que algún día vuelva Peter en busca de su sombra y la lleve hacia la segunda estrella a la derecha y todo recto hasta el amanecer.

 

Ío Viera Herrera y Desirée Serrano Santana.

IES La Isleta.

Tu inesperada muerte

Todavía no puedo hacerme a la idea de ver tu cuerpo tirado en aquella esquina de la habitación, era una noche oscura como otra cualquiera, entonces decidí ir a buscar un poco de comida aquel restaurante que tanto te gustaba para pasar contigo una maravillosa noche, solo fue media hora y cuando regresé te vi allí tendida en el suelo, me acerqué rápidamente para ver si estabas bien pero no. Alguien en un instante había acabado con tu vida, no sabía que hacer, estaba nervioso, pero decidí llamar a la policía, los cuales llegaron en menos de diez minutos.Observaron la situación así tomando todas las pruebas necesarias para ver la causa de tu muerte, todo era un misterio, no sabían quien podría aver acabado con la vida de mi maravillosa esposa a la que tanto amaba, ni el porque no lo habían echo. Al principio los detectives creyeron que había sido yo el causable de tu muerte, pero con el transcurro de dos semanas se dieron cuenta de que yo no había sido. Pasaban los meses y me daba cuenta de que la mejor manera para descubrir a tu asesino era averiguándolo yo, ya que la policía no tenia ni una sola pista.Subí hasta tu cuarto, mire en tu teléfono llamadas, mensajes, en tu agenda, pero no había nada, hable con tus amigas pero tampoco dio resultado alguno.Una mañana estaba paseando por el jardín, cuando vi algo brillante que asomaba por detrás de la cochera, fui a ver, era un cuchillo de grandes dimensiones manchado completamente de sangre y en el cual se podían aprecia unas huellas, entonces decidí cogerlo con un trapo para que mis huellas no acabaran marcadas y lo llevé ante la policía. Después de unos días me sonó el teléfono, eran ellos ya tenían las huellas del presunto culpable. Fui a la comisaria donde supe por fin el verdadero asesino. Era una chica guapísima y delgada, mi secretaria. No me podía creer por que lo había hecho, entonces la interrogaron y ella dijo que era porque sentía celos de ti ya que pensaba que si lograba quitarte de en medio seria todo suyo. Pero se equivocó porque en ese mismo momento sentí mucha rabia, ¿cómo alguien podría hacer tan cosa semejante solo por amor? No lo se pero lo único que se es que tu eres la única persona de mi vida que aunque no estés sabre que siempre estarás en mi corazón ya que este sera tuyo para siempre.

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