Monthly Archives: abril 2014

El capurizo.

Érase una vez, un pequeño capullo, nacido de una pegazo, del cual, en otoño surgió un capurizo, lleno de upas que hacían mucho daño, los animales del bosque se alejaron de él, pero, un par de zarigüeyas se animaron a hablar con él. Con el tiempo, el capurizo y las zarigüeyas se hicieron muy amigos, se querían mucho, pero nunca podían jugar a las cogidas ni nada que implicara el contacto físico.
Con los años, el capurizo fue cambiando, y de sus antiguas púas empezaron a florecer hermosas flores, y con cada palabra de amor que le decían, más hermosas las flores nacían.

Y de esa forma, el capurizo demostró a todos los animales del bosque que le habían hecho sentir mal, que las púas que más duelen, pueden desaparecer, pero sin cariño, lo más probable es que siempre te pinches.

Por: Carlotta (ÍES la isleta)

Muñeca. (historia de detectives)

«Continuamos con nuestro repaso de noticias locales nocturno. Ya han transcurrido tres meses desde que una niña de doce años desapareciera sin dejar rastro, dando apertura a el ahora famoso caso «muñeca» que cuenta con los expedientes de otras dos niñas…«

-Esto no te va a hacer dormir, Verónica, sino todo lo contrario -me dije a mí misma.

Los paseos siempre me habían ido bien con el insomnio así que salí a la avenida y volviendo ya a casa, vi que una pequeña esfera de luz blanca se alzaba sobre las olas y me atraía de una manera muy extraña. Decidí seguirla, o más bien mi cuerpo me llevó, hasta llegar a una cueva en la playa que jamás había visto antes. En la oscuridad que la bañaba, distinguí una horrorosa imagen: el cuerpo de una niña delgada con piel muy pálida y con arañazos profundos que le recorrían el cuerpo. Cuando mis ojos se adaptaron a la penumbra, pude observar unas palabras en idiomas desconocidos escarificadas en sus muñecas y manos y, en el centro, un pentágono con una estrella dentro y una «E» en el centro. Un escalofrío me recorrió la espalda indicándome que había una presencia detrás. Reuní valor y giré la cabeza lentamente pero allí no había nadie. Me giré completamente para desvelar el rostro de aquel que se encontraba allí conmigo pero no tuve suerte y solo vi la luz de la salida. Los temblores de las piernas solo me permitían dar pequeños pasos y cuando ya casi veía el mar, oí una voz que sollozaba y helaba el alma.

-Por favor, ¡detenlo!.

Me giré hacia la dirección de la voz y la niña que antes estaba tumbada y sin vida, se dirigía hacia a mí corriendo, consiguiendo atravesarme. Mis sentidos se desvanecieron y mis rodillas se desplomaron sobre la arena.

Ya por la mañana, gracias al agua salada y a la brisa desperté. No debería haberme saltado la prohibición de paso por derrumbamiento, «porque no hay otra explicación para esto que un golpe en la cabeza», me dije. Pasaron varios días y quedé con mis amigas para perdernos por las calles hablando de cualquier tema banal ya que necesitaba despejarme. La verdad es que no había dormido bien últimamente y llegué a la parada de guagua con el plan de echar una siesta nada más llegar a casa, pero lo que vi allí me quitó todo sueño que pudiera albergar. Varios carteles empapelaban el vidrio de la parada con rostros de niñas pequeñas. Debajo de un número de teléfono había una foto que me resultaba familiar. Los recuerdos vinieron a mí entonces como un alúd y me di cuenta de que «mi pesadilla» de hace unos días era muy real. Su voz empezó a resonar en mi cabeza: «Por favor, detenlo…». Una gran intranquilidad afloró en mí que me obligaba a resolver este rompecabezas. Al fin y al cabo, yo tenía más información que las autoridades y aunque decidiera declarar sobre lo sucedido, nadie me creería. Mi decisión más tarde fue recorrerme toda la ciudad hasta encontrar la comisaría principal que estudiaba el caso. Supuse que no le importaría que le «cogiera prestado» unos expedientes.

Examiné lo más profundo que pude hasta que saqué algo en clave. Se llamaba Lucía y era una niña completamente normal, tal y como sus padres, pero tenía a un hermano muy problemático en el sentido de que la policía lo había detenido un par de veces por realizar actos anti-religiosos y dañinos. Hugo Domínguez, amigo de mi novio curiosamente. Cogí el teléfono y enseguida lo llamé. Tras preguntarle sobre este chico me contestó que estaba muy afectado por la muerte de su hermana y que no habían hablado desde la última vez que quedaron.

-¿Y qué hicieron? -pregunté.

-Uno de nuestro grupo había sacado una ouija del desván y nos fuimos al campo a probarla a ver quién se cagaba encima antes -dijo en tono burlón.

-¿Y pasó algo que lo consiguiera? -pregunté con una sonrisa.

-Bueno, el vaso se movió un par de veces. Lo más seguro es que fuera uno de estos gilipollas -contestó con risa nerviosa.

Algo me ocultaba, eso estaba seguro. Cuando quedamos al día siguiente lo notaba un tanto raro. Su sonrisa era mucho más forzada y si por algo se caracterizaba él era por su naturalidad. Traía el coche de su padre y me dijo que me tapara los ojos, que me iba a llevar a un sitio muy especial. Me hizo ilusión aquella sorpresa pero había algo en mi interior que permanecía alerta.

Al llegar y quitarme la venda, me encontré en un bosque con un techo de hojas que no permitía a los últimos rayos del atardecer pasar. Me condujo a través de la espesura del bosque hasta una lúgubre y solitaria cabaña. Parecía que no hubiera vivido nadie en ella durante años. Después de eso, recibí un gran golpe en la cabeza y desfallecí. Cuando desperté, oía varias voces y ecos retumbar. Me repuse para después darme cuenta de que estaba sola en una habitación oscura y aún dentro de esa horrorosa cabaña. Intenté pedir ayuda a quien estuviese allí dentro pero nadie me liberaba de aquellas cuatro paredes. Al cabo de unos veinte minutos, abrieron la puerta unas figuras vestidas con túnicas negras y pronunciando lenguas muertas. Intenté escapar pero consiguieron atraparme y llevarme a una especie de capilla con techo cupular. En el suelo, justo debajo de mis pies, estaba dibujado el símbolo que llevaba la niña escarificado en la palma de la mano en mi horrible pesadilla. Cuando me arrastraron hacia él, vi bajo una capucha negra como la noche a Raúl, aunque sus ojos no reflejaban la misma persona de la que me había enamorado. Eran completamente negros como el resto de los allí presentes y pareciera como si una fuerza superior los controlara a todos. Me resistí a sus garras todo lo que mi cuerpo aguantó pero eran numerosos y con correas me inmovilizaron. Empezaron a realizar cánticos, pronunciando varias veces el nombre de «Euronymous» y mi cuerpo convulsativo no atendía a mis órdenes mientras sentía que me arrebataban algo vital. Mi mente desistió y no recuerdo nada más de esa ceremonia.

Me desperté en un psiquiátrico muy aturdida y con pensamientos poco propios de mí, ya no era la misma. Admitiré que me hallo dividida en dos. Una parte quiere recuperar la cordura que todos dicen que he perdido y la otra se dedica a pudrirme la mente, atacar a todo el que me ofrece ayuda o escribir combinaciones de palabras sin sentido, depende del día. Solo sé que algo fue atraído aquella noche en el campo.

-¿Has hecho el ejercicio que te sugerí? -preguntó el Dr. Fernández cuando entraba por la puerta.

-Sí. He sido tan descriptiva como pude. No sé… no sé si estará bien -replicó Verónica.

-Seguro que sí. ¿Me lo dejarías leer? -realizó un ademán de coger el folio hasta que la chica de lo cedió- ¿Sabes? Me recuerdas a mi hija, tenéis casi la misma letra aunque ella solo tiene diez años.

-Tiene que ser una niña encantadora -dijo con seguridad y luego en un susurro leve finalizó la conversación- Me encantará conocerla cuando salga de aquí.

Una sonrisa macabra le cubría el rostro, nada propia de la chica que había salido un día a dar un paseo por la avenida.

Daniel Artiles y Yazmina.

 

Cerdhumaripabra

-¡Aaah! -grité con todas mis fuerzas.

O eso pensé yo, pero nadie vino a mi habitación.

-¡Mamá, papá! ¡Ayúdenme! -grité casi llorando.

Nada, ni se inmutaron. No sabía qué hacer, me iba a dar un ataque. En el espejo mi cara era rosada y redonda, mi nariz era la de un cerdo y de mi cabeza salían dos gigantescos cuernos que parecían ser de cabra al igual que mis piernas, que ahora eran peludas y finalizaban en unas horribles pezuñas. Mi tronco era el mismo de siempre pero..¡con unas enormes alas de mariposa en la espalda! ¿En que extraño ser me había convertido? Estaba asustada, muy asustada. De repente, mi hermano pequeño abrió la puerta de mi habitación y al verme salió corriendo mientras gritaba:

-¡Papá, mamá! ¡Un cerdhumaripabra! ¡En la habitación de Eli hay un cerdhumaripabra!

Silencio, no escuché nada más hasta al cabo de pocos segundos cuando aparecieron mis padres y mi hermano muy enfadados. Comenzaron a empujarme y a pegarme mientras decían «Eli…,Eli…,Eli…» repetidamente hasta que se convirtió en un susurro y desapareció. Cerré los ojos y los volví a abrir de un brinco. Mis padres gritaban mi nombre desde la cocina y mi hermano me zarandeaba mientras veía la televisión y decía:

-De mayor quiero ser un cerdhumaripabra.

No entendía nada. Miré la televisión y me di cuenta que mi hermano estaba viendo la serie de dibujos animados ‘Martín, Martín’. Ahora todo tenía sentido.

Desirée Serrano Santana, IES La Isleta

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