En aquel lejano lugar

No sabía como. No sabía por qué. El caso es que ella estaba allí, para bien o para mal ese dulce aroma a vainilla embriagaba todos mis sentidos. En aquel lejano lugar con las casas bañadas de un tono gris y el manto negro de la catedral como guardiana del tiempo. Era fácil perderse por las calles de esa misteriosa ciudad. Esa hermosa mujer de lento caminar, que pasaba por el parque de la fuente y admiraba la naturaleza a su alrededor, con sus ojos de toque caramelizado reflejaba las ansias de encontrar algo. Desde el banco donde la veía era fácil imaginar la vida de otra manera. No sólo por esa encantadora mujer que llamó mi atención, sino por todo en su amplitud. En esa tarde tan cálida, con pequeñas gotas que caían ante mis ojos, solamente me apetecía relajarme y ver el mundo pasar a mi alrededor. Descubrir por qué los filósofos disfrutaban tanto de la naturaleza, pensar sobre la vida y lo más importante, ver el mundo de verdad. La gente se identificaba bastante bien, algunos estaban como yo perdidos en su mundo escuchando una balada romántica, otros, con más suerte, se encontraban con sus parejas o familias paseando y pasando una fría tarde de ese inicio de verano. Los restantes eran paseantes de la vida, unos que en soledad iban con prisas y agonías, otros que estaban acompañados y no se daban cuenta porque realmente no querían estar ahí. En definitiva, mirar por un momento a mi alrededor me hizo darme cuenta de la variedad, de la verdad de las personas. Esa misteriosa mujer con labios rojo pasión, esa gente con tanta variedad de acciones y mi propia persona en ese pequeño banco del parque manifestaban una realidad, allí estaba yo, en un mundo casi de juguete, con personajes de toda clase llamados personas.

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