Daily Archives: 2 junio, 2014

No se porque recuerdo….

No se porque recuerdo que todos los sábados hasta que cumplí los 4 años venía a mi casa un señor, entre 40 y 50 años. Era bajo, gordo y calvo y siempre vestía una camisa blanca y un pantalón rojo.

Este señor venía y se sentaba a hablar conmigo como si me conociera. No me dijo ni su nombre, ni porque estaba aquí, y como no me importaba mucho tampoco se lo pregunté. No me acuerdo de lo que hablábamos, pero sé que tenía un poco de importancia, porque mis padres siempre nos estaban acechando.

Este personaje siempre me viene a la memoria cuando es Navidad, porque se parecía mucho a Papá Noel y cada vez que venía me hacía un pequeño regalo.

Con las alas cortadas

¿Se puede echar de menos algo que nunca has tenido? ¿Se puede llegar a añorar algo que ni siquiera has conocido? La respuesta es sí. Y yo soy un claro ejemplo de ello. Añoro la libertad. Y nunca he sido libre. Soy princesa, lo sé. No debo quejarme, eso también lo sé. Se han encargado de que lo recuerde bien. Pero en los pequeños momentos que tengo para mí, esos momentos en que nadie me mira, nadie calcula mis más mínimos movimientos, es, en esos momentos, cuando me permito el lujo de pensar libremente, de quejarme.

Miro por la ventana. Más allá de los enormes muros del castillo, que parecen querer encerrarnos en vez de protegernos, se puede ver con claridad la gran plaza central. Con personas normales y vidas normales, que, sin embargo, me envidian. Y es que solo ven lo de fuera: los preciosos trajes, los exquisitos manjares diarios, las maravillosas fiestas con excelente música o las lujosas tiaras con diamantes incrustados. Y es todo cierto. Pero se equivocan. Es como un pájaro, ¿envidiarías al ave más hermosa del mundo pero que, por desgracia, tiene las alas cortadas? Pues es lo mismo. Solo que ellos solamente le ven el cuerpo, y no pueden apreciar que le han cortado las alas.

Contemplo con curiosidad la vida de fuera. Descubro a una joven pareja. Él la coge a ella de la mano. Probablemente no sea muy guapa, pero es feliz, y ahora parece la mujer más bella del planeta. Se ríen. Abrazos mezclados con caricias, cariñosos besos robados entre sonrisas. Más allá se ve a una anciana, de ojos tiernos y blanco cabello. Sentada en el banco, le da de comer a las palomas. Observo también a una niña de preciosos rizos y redondo rostro, que, llorando, suplica a su madre que le compre uno de los apetitosos pastelitos que vende la panadera. ¡Cuánto desearía tener que suplicar algo! Puede sonar estúpido, pero es cierto. No tengo sino que nombrar que me gustaría tener un pañuelo con hilos de plata y mi árbol genealógico bordado en oro para poseerlo en cuestión de minutos.

Pero hay más. Pasando la plaza y las humildes casas que la rodean, distinguimos el campo. Una gran extensión de tierra salpicada de cuando en cuando por granjas o grupos de altos e imponentes pinos. Me imagino corriendo. Y dejo de hacerlo. Duele demasiado.

Dejo de contemplar el mundo de fuera y trato de observarme a mí, a mi vida. Sería una chica bastante normal si no fuese por mi traje perfectamente planchado y colocado (hecho a medida, cómo no), por mis uñas pintadas sin fallo alguno, por mis labios a juego con mi vestimenta, por mi cabello peinado de forma tan estudiada, como medido con escuadra y cartabón. Sería una chica bastante normal si no fuese por tanta perfección.

Y aquí estoy, esperando a que mi padre, el admirado rey Dennis, acepte otorgarme el único regalo de cumpleaños que he pedido. Un paseo por la ciudad, sin escolta, sin damas de compañía o criadas.
Suena el ruido de la puerta al abrirse y me doy la vuelta, ansiosa. Pero tratando de ocultarlo. Al fin y al cabo, soy princesa, no debo exteriorizar mis sentimientos.

– Su majestad Selene, su deseo de dar una vuelta por la ciudad ha sido concedido.

Eso es un sí. ¡Eso es un sí! Sonrío. Es poca cosa. Pero es como si al hermoso pájaro de alas cortadas le ofreciesen un breve vuelo en globo.

Es poco. Pero es más de lo que puedo pedir.

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