Meridiano de sangre
Meridiano de Sangre transcurre en la frontera entre México y Estados Unidos. A mitad del siglo XIX, las autoridades de Texas arman un grupo para acabar de forma extraoficial con la mayor cantidad de indios. El grupo Galton tiene como líder al juez Holden, albino, violinista, depravado pedófilo, que capitanea a una jauría humana. La carnicería humana comienza por los indios…
Harold Bloom homologó esta novela de Cormac McCarthy con Moby Dick de Melville: ¿puede haber mayor halago que comparen a Meridiano de Sangre con la novela que encarna lo norteamericano por excelencia? Sí: la certeza de que Faulkner, de alguna forma, también ha sido revisado y se ha hallado un novelista norteamericano que está, como poco, a la par del talento del autor de ¡Absalón, absalón! ó Las Palmeras Salvajes. La lista, probablemente, la completen Philip Roth, Thomas Pynchon, Don DeLillo y John Dos Passos.
El talento épico de la novela es notable: remite, como en los clásicos del western, a la expansión de fronteras del país norteamericano. El juez Holden encarna, en ésta reconquista salvaje, a un hombre inteligente, con una vasta cultura humanística, pero también un asesino meticuloso y violador de niños. Aunque Holden es el segundo al mando del grupo, lo cierto es que no solo dirige a los violentos de Galton: dirige toda la novela como un Ahab divino que tiene una presencia palpable aún cuando no intervenga en la escena. Bloom considera al personaje “un villano digno de Shakespeare, yaguiano y demoníaco”.
Las descripciones poéticas, a las que nos tiene acostumbrados McCarthy, aparecen aquí con un esplendor que rivaliza con los brillantes diálogos. Una novela, en definitiva, que deja un estremecimiento por su belleza, originalidad, fuerza, y que, florituras y alabanzas gratuitas aparte, marca, junto a un diminuto elenco de novelistas (Toni Morrison, Roth, Pynchon, etc.) un punto de inflexión en la narrativa norteamericana de los últimos cincuenta años.
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