Vencerse a uno mismo

Acompañado de la sinfónica Telegraph Road” –Love Over Gold, Dire Straits, 1982-, hoy voy a apartar la literatura y voy a contar una historia de superación. ¿No han tenido nunca algo importante que hacer que hayan pospuesto o que hayan pensado que no podrían conseguir por algún impedimento que se les antojaba imposible, que habían dejado a medias, etc.?

Estaba ayer en la ULPGC para una certificación de inglés y habían decidido que se realizarían las pruebas en el Aula de Piedra del Rectorado. Apenas había tenido tiempo de meditar aquella tarde hacia dónde me dirigía, lo que había significado ese coqueto salón de actos para mi vida: si sobrevolara la ciudad, vería aquella edificación como un tatuaje de piedra, incrustado en la anatomía de la capital, y esta una extensión de mí mismo. Mientras permanezca el edificio ubicado físicamente en el mismo lugar, el símbolo habrá viajado del país de las ideas a la realidad isleña; la ciudad, un anexo de mi piel.

Dos intuiciones me sorprendieron mientras aguardaba el comienzo de las pruebas. Apoyado en una pared de la terraza exterior del aula, que da justo a los jardines del rectorado, y sobre la que caía una sombra de refugio en una larga y cálida tarde de primavera, había acudido a la prueba con unas gafas de sol, una camisa de diseño indescriptible y en tonos blancos y azules de Desigual, el bolsito negro cruzado, un pantalón corto azul y zapatillas rojas, cruzada de bandas negras y blancas. Se notaba mucho nerviosismo en el ambiente. Escuché, antes de dar una vuelta para distraerme -y por si me entraba la risa si continuaba escuchando la conversación- a un treintañero diciendo a unos amigos que no había de qué preocuparse, que él conocía gente que había obtenido el certificado sin apenas saber inglés.

La primera intuición que me asaltó, mientras paseaba y le miraba el culo a las chicas buscando uno que me sedujera, fue la ausencia de ansiedad, nerviosismo o cualquier otra emoción negativa.  Estaba tan cómodo que me comenzaba a aburrir por la espera. La diferencia con mi último año y medio de carrera es brutal, me dije, mientras mi cerebro indagaba el por qué de ese control emocional. Me di cuenta de la magnitud de las presiones que padecí, que era capaz de describir ya por aquel entonces, pero que hasta que no volví luego a un estado de sosiego mi cerebro no fue capaz de evaluar; las raíces de las presiones, propias y ajenas, se habían ido abriendo paso por mi vida, afectando a mi carácter de forma muy negativa. Una presión atroz.

En definitiva, ya ni me acordaba de lo que era asistir a una examen con esa tranquilidad. Fui -mejor dicho, tras lo visto: era- de los que, sacando buenas notas, mi mente -y por reflejo, mi cuerpo- padecía una tortura medieval la víspera y las horas previas al examen.

Sentí la serenidad, en aquel paseo circular y azaroso, que te da el saber que se cumplió el objetivo que te habías trazado. Que, para lograrlo, hubo que superar una serie de circunstancias adversas -cuya narración me daría para una trilogía-. Estos sacos de lastre desprendidos sirven, como ustedes habrán concluido ya, para sentirse muy bien con uno mismo y para mirar hacia adelante con ilusión.

Una tarde de aquellas en las que cogí la bicicleta, ya con el título de licenciado en el bolsillo, estaba por la dársena interior del muelle deportivo. Se había puesto a chispar; anunciaba lluvia. De forma inesperada, aparece un conocido corriendo en la acera de enfrente, a la altura de un conocido club marítimo. Nos paramos; se acerca y el saludo, que iba para unos segundos, se extiende un cuarto de hora. Este chico solía coincidir conmigo en la biblioteca, que ya era mi segunda casa por aquel entonces; yo, concluyendo la carrera; él, preparándose unas oposiciones. Solíamos hablar sobre todo de ese estadio en el que nos encontrábamos: que si hay convocatoria en tal sitio para unas oposiciones, que si la documentación, que mira qué cabrones, lo que le hicieron a un amigo… Siempre me preguntaba cuántas me quedaban para acabar, y la última vez que nos vimos solo eran dos exámenes, los dos últimos. Me deseó suerte, yo a él con su oposición. Pero, como me decía casi siempre, no sé si por alguna convicción que veía en mi cara al contárselo, me decía que ese paso era muy importante, que él, como muchos otros amigos, no tenía título universitario que le aumentara algún punto en las oposiciones y que, aparte de eso, lo que estaba haciendo me iba a cambiar la vida por lo que significaba: no rendirme. Y nos dábamos constantes ánimos en aquellos encuentros esporádicos por más que, como decía, compartíamos biblioteca y podríamos haber coincidido a diaro.

Pues aquella tarde que anunciaba lluvia me preguntó. Le dije que ya era licenciado, con una sonrisa; le pregunté: había sacado su plaza. No estaba fijo, pero era un comienzo. Y, después de preguntarle por cómo fue todo y darle la enhorabuena, a punto de salir hacia casa ambos para evitar la lluvia torrencial que caería un par de horas más tarde, me coge del hombro, me para la arrancada de la bici, y me dice que lo que he hecho tiene mucho mérito, que eso no lo hace cualquiera, nadie insiste tanto tiempo con algo que se le resiste, recuerdo sus palabra casi textuales, y que eso que había conseguido era más que un título, que se me iba a quedar para toda la vida. Yo le agradecí lo que me había dicho y nos despedimos definitivamente, tras recomendarme unas pautas por si quería opositar y en que podía contar con él para ayudarme a prepararme si elegía una oposición similar.

Qué curioso, verdad, que a veces aquellas personas con las que nos tropezamos a lo largo de una época parece que nos miren a los ojos y nos lean la vida… y otras pasen tanto tiempo con nosotros, piel con piel, y sean unas desconocidas o no sepan cómo leernos por dentro o cómo hacernos felices.

La segunda intuición fue la de volver al salón de actos donde se celebraron los actos donde me habían entregado los premios literarios. El primero, el de narrativa, es el que guardo con más cariño. Me acuerdo de lo mal que lo pasé con el discurso -esto de los discursos públicos no es lo mío, así que tranquilos que no me voy a presentar a ninguna alcaldía- para que a posteriori me confirmara un periodista, en el cócktail para autoridades e invitados que se había preparado al acabar el acto, que había dicho exactamente lo que se debía decir, a su juicio, y no toda esa pompa ostentosa de quien gana un premio. Como todavía no acababa de digerir lo que había pasado, y flotando en la nube del acto, le dí las gracias con la misma sonrisa con la que se las di a un señor con traje y corbata que me preguntó por dónde se iba al servicio.

Enredados en los tejemanejes de la propia vida, nos metemos en rutinas; abstraídos por el trabajo, el estudio, las ocupaciones diarias, apenas tenemos tiempo de meditar sobre nuestra felicidad, y el tiempo se nos come el pensamiento. Y por eso algunas decisiones tardan en llegar o se posponen, pero al final sucede lo de siempre: que si somos fieles a nuestra naturaleza, reventamos por todas partes, como una liberación, un estallido, como la obra de Faulkner: somos el ruido y la furia.

Me viene a la cabeza, mientras concluyo este texto, la imagen una muñeca matrioska, esas que tienen una más pequeña dentro cada vez que la abres, y es como si hubiera habido una rebelde y que, atascada, hubiera tenido que enfrentarme con ella -conmigo- y romperla porque no me dejaba avanzar. Y mírame aquí ahora, concentrado y vital, tras el vía crucis de los últimos años de mi vida, hago recuento mirando el monitor mientras escribo al ritmo de “Telegraph Road”, con la orquesta de los Straits rugiendo en una canción brillante, con un par de premios que ¡quién me iba a decir que los iba a ganar!; Alan Clark al teclado, dibujando castillos en el aire, y la carrera terminada, ¡con un par!; Pick Whiters a la batería, que resuena como una tormenta de verano y el máster, los cursos, los idiomas, ¡un máster!; Mark Knopfler pulsándome la médula como si esta fuera la tercera cuerda de su Stratocaster y, ¡recontrajoder!, con mi primer libro de relatos en la imprenta

¡MI PRIMER LIBRO DE RELATOS EN LA IMPRENTA!

¿Y todo esto? ¿En serio, tío? Are you kidding me? Are you kidding me, motherfucker?!

Y que todo esto me pase en la ciudad de un billón de sueños.

Imagen: User:FanghongDerivative work: User:Gnomz007 [GFDL undefined CC-BY-SA-3.0], undefined

[email_link]

Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

2 Comentarios

Deja un Comentario
  • “Qué curioso, verdad, que a veces aquellas personas con las que nos tropezamos a lo largo de una época parece que nos miren a los ojos y nos lean la vida… y otras pasen tanto tiempo con nosotros, piel con piel, y sean unas desconocidas o no sepan cómo leernos por dentro o cómo hacernos felices”.
    Qué gran verdad, me encantó…
    Un besote!

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Copyright ©  La ciudad creativa