Dejad de quererme
Dejad de quererme es una película intimista, donde se desarrolla el juego de un personaje que actúa, incomprensiblemente, de forma extraña, como si desatara su furia acumulada durante años. Recuerda, vagamente, a Un día de furia, pero con la sensibilidad francesa y la realidad del situarse en un paisaje urbano europeo que nos la hace nuestra y cotidiana.
La sinopsis es la siguiente:
Antoine, 42 años, publicista, es un hombre de éxito. Está casado con Cécile, es padre de dos hijos, vive en una bonita casa no lejos de París y tiene muy buenas relaciones con los vecinos. Su discreta relación con la guapa Marion no va tan en serio como para perturbar su equilibrada vida.
Sin embargo, un día como cualquier otro, su vida cambia. Durante una reunión con un cliente importante, pierde los estribos y, de paso, el proyecto. Su socio le propone que se tome unos días de vacaciones para descansar, pero Antoine está decidido a acabar de una vez por todas y ofrece venderle su parte.
De vuelta a casa para el fin de semana, empieza a destruir sistemáticamente lo que ha construido durante años. Su mujer le acusa de tener una amante, y no lo niega. Su comportamiento es odioso y la saca de quicio sin darle la menor explicación. Es su cumpleaños y sus dos hijos le han hecho dibujos, pero de golpe, se vuelve intransigente y duro con ellos. Su amigo de toda la vida le pide consejo acerca de la compra de un coche de coleccionista; en vez de ayudarle, se las arregla para que no salga el trato. Sus amigos le han preparado una fiesta sorpresa en su propia casa. Parece disfrutar insultándolos uno a uno: incluso se mete con la guapa Virginie, que en su opinión se pasa de coqueta. Nadie entiende lo que le ocurre. La velada no tarda en convertirse en una auténtica pelea verbal. Presa de la ira, los echa a todos.
La película es sensible, que no sensiblona; intenta aplicar la teoría del descubrimiento del hipócrita o los hipócritas de turno, lanzando esas verdades que siempre hemos querido decir.
Y aunque lo consigue, tampoco descubre nada que no hayamos visto antes, o incluso pensado en muchas ocasiones. El personaje se desahoga parcialmente y la trama sigue. Todo comienza a encajar mucho más tarde, cuando ya ha pasado bastantes minutos. Como en una montaña rusa, tras la dureza aparece oculta la sensibilidad; tras la sensibilidad, el hombre que se ha hecho duro consigo mismo.
Sin embargo, no es pretenciosa y ahí radica parte de su encanto. Su protagonista está excepcional en cada plano. La película tiene tensión y los actores están todos a un gran nivel.
Sin duda, una película que hace meditar en nuestras vidas, nuestro mundo y que deja un regusto dulce y encantador, a pesar del drama que se representa en pantalla.

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