La importancia de llamarse Ernesto
Aunque suele emplearse el término para clasificarla como “comedia de salón” o “drama de sociedad”, La importancia de llamarse Ernesto también suele considerarse una farsa.
Uno de los rasgos fundamentales de estas obras es que pretenden servir de espejo a la sociedad, algo que lograron, pues el público le encantó verse retratado sobre el escenario con tanta sutileza y elegancia. Wilde utiliza las historias y recursos más conocidos y habituales dentro del teatro popular de su época, y especialmente del melodrama.
La importancia de llamarse Ernesto es una joya del absurdo, llena de chispeantes epigramas tan característicos de Wilde, y en ella no hay pretensión de abordar asuntos de trascendencia. Su propio subtítulo nos avisa: “Una comedia trivial para gente seria”. Domina en ella el principio del placer, por encima de cualquier otro requisito moral; el mundo que nos retrata Wilde es un mundo donde reina la armonía, la mayor libertad, muy afín a la Utopía que él soñó para el estado del socialismo. Como farsa que es, se sitúa en el terreno de la paradoja, la fantasía, de la contradicción, donde se da rienda suelta al espíritu dionisiaco y desaparece cualquier atisbo de superego.
Wilde consigue que la comicidad con la que trata a sus personajes y las situaciones que viven no empañen el espejo en el que se refleja la sociedad de aristócratas a la que se dirige. En la obra está presente esa sociedad, pero aquí Wilde se siente con absoluta libertad para romper la moral dominante y reírse descaradamente del mundo. Dominan, más que en sus textos anteriores, su habilidad epigramática y la fluidez de sus diálogos, que ponen de manifiesto muchas ideas modernas sobre el arte, la vida, la memoria, etc., aun bajo el disfraz del absurdo y lo fantástico.
La música también es un elemento esencial de la obra, tanto por el propio sonido del piano que sube el telón en la primera escena como por las alusiones y artificios musicales que se usan.
La mentira y Lady Bracknell: el humor del absurdo.
El gran hallazgo de Ernesto es Lady Bracknell, un personaje hilarante y capaz de transformar a todo aquel que se sitúa a su alcance: casi da miedo y es mejor no encontrarse con ella. He aquí a Lady Bracknell poniendo fin a una entrevista con Jack, luego de que éste le haya propuesto matrimonio a Gwendolen. Al informarla Jack de que ha perdido a sus padres, Lady Bracknell ha comentado: “Perder a uno de los padres, señor Worthing, puede considerarse una desgracia; perder a los dos parece negligencia…”
Las gratuitas digresiones de Lady Bracknell son victorias wildeanas que se alzan con elegancia al filo del sinsentido: “Esa línea es inmaterial”, “tenga o no manijas”, “de cualquier sexo”, “una joven educada con superlativo esmero”, “selle alianza con un paquete”. ¿Por qué Lady Bracknell nos deleita tanto?
Que sea tan divertida se debe en parte a que carece de humor. En un sentido sutil, Ernesto está más emparentada con el ethos de Falstaff y Sancho Panza que con cualquier otro en la literatura. El desorientador subtítulo que le puso Wilde (“Comedia trivial para gente seria”), nos lleva al reino de los juegos infantiles, un mundo donde la existencia o falta de sandwiches de pepino puede desatar una crisis tremenda.
Wilde habría podido titular su mejor obra La importancia de ser despreocupado, de no ser porque, como hemos visto, el significado secreto de earnest era para él “originar”. Ser original era mentir, pero mentir despreocupadamente, en interés del arte. Según le dijo filosofía de la obra era “que las cosas triviales de la vida se traten con seriedad y las cosas serias con trivialidad estudiada y sincera”. Pensemos en el interés de Algernon por la comida: “Detesto a la gente que no se toma las comidas en serio. Es tan superficial…”
Ernesto es, en definitiva, una farsa, una pieza del absurdo o la mayor pieza moral de Wilde; quizás las tres cosas, porque aquí Wilde manifiesta su hermoso genio de forma definitiva. Todos en la obra son admirablemente egoístas, lo que en ese reino absurdo es una virtud primordial. Como señala Gwendolen con orgullo, los personajes de Wilde nunca cambian – salvo de afectos – y siempre son serios mentirosos. A la cabeza está Lady Bracknell, que como una poetisa romántica impone su visión a la realidad, aunque la visión es una parodia del mero egoísmo.
En la subestructura de Ernesto no hay pecado ni culpa; la paradoja de la mentira seria estriba en que todos dicen la verdad, bien como reflexión subsidiaria, bien como extravagancia e hipérbole. Esto se debe a que la mentira estética es visionaria y no se opone a la verdad ni a la realidad sino al tiempo – y la naturaleza. La grandeza de la figura de Lady Bracknell radica en que triunfa sobre el tiempo, en una “trivialidad estudiada y sincera”.
Ernesto rechaza tanto la naturaleza como la sociedad y desdeña imitarlas. El “apasionado celibato” al que Lady Bracknell condena (momentáneamente) a Gwendolen y Jack, a Cecily y Algernon, no es la perversión refinada que nos sentiríamos tentados de vislumbrar, sino una broma sabia; pues los personajes de Wilde no son seres humanos. Son paradojas en juego en el campo visión del autor. Wilde mantiene la chabacanería esencial de la obra bajo control cuidadoso y constante.
En rigor, la pieza acaba como un triunfo de Lady Bracknell; sus virtudes egoístas dominan la estupenda conclusión, con todos al borde del matrimonio bajo su firme bendición. ¿No se ha convertido así, de alguna forma, Lady Bracknell en la representante de Wilde?
Lady Bracknell (saca el reloj): Vamos, querida. (Gwendolen se levanta) Ya hemos perdido cinco trenes, si no seis. Uno más que perdamos y en el andén empezarán los comentarios.
(C) Julio Caballero. 
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
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