Franz Kafka: El proceso en seis puntos

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La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes.

John Lennon


Uno. El proceso.

La obra consta de diez capítulos, semejantes a diez cuadros, sucediéndose de un modo brusco en la mayoría de las ocasiones, que acentúan los estados de ánimo de Josef K., el protagonista, en forma de presentimientos de una catástrofe que se le viene encima.

Josef K., empleado de banca, es arrestado una mañana sin ninguna razón especial.

Alguien debía de haber hablado mal de Josef K., puesto que, sin que hubiera hecho nada malo, una mañana lo arrestaron.

El autor no permite que el lector tenga una idea clara del mundo en que vive el protagonista. Cuatro van a ser los elementos centrales en los que se desenvuelve la novela, inacabada -detalle muy importante-: la casa de Josef K., el banco donde trabaja, los juzgados y la casa del abogado -aunque el contacto con el sacerdote es importante, tan sólo acude a él una vez-. K. jamás descubrirá cuál es su culpa; poco a poco se agota mentalmente, se frustra, y no puede llegar a defenderse. Sólo conoce que es culpable de un modo terrible, y que cada paso que da le lleva irremediablemente a la culpabilidad, pues en el tribunal lo que importa es lo accesorio, y no el hecho en sí del acto.

Después de su «arresto» persigue a la señorita Bürstner, a la que apenas conoce, disculpándose por los hechos acaecidos en su habitación durante su arresto, que ella desconocía. Para K., la falta de voluntad para aceptar la culpabilidad será definitiva, a la vez que carece de la misma para pedir ayuda, por su orgullo. La doncella Leni le advierte que la única forma de escapar al tribunal es reconociendo su culpa. El pintor Titorelli, que supuestamente tiene contactos con los oficiales, le dice que el tribunal nunca llega a absolver del todo a un acusado: un caso puede aplazarse temporalmente, un acusado puede ser absuelto provisional o aparentemente, pero más tarde vuelven a acusarlo, e incluso el juicio puede posponerse indefinidamente. Pero K. pretende lo imposible: una absolución total.


Dos. El Tribunal.

El tribunal es una extensa organización compuesta por jueces, magistrados y ordenanzas de todo tipo, con funciones que se pierden en cuanto a su utilidad. La burocracia aparece así representada como una lacra social, signo de la modernidad. Por medio de su tío se pone en contacto con el abogado Huld, especializado en tales casos. La posición del abogado no es oficial, puesto que el tribunal no reconoce ninguna forma de defensa. Pero después de su primer interrogatorio, su curiosidad -y ansiedad- lo atraen al tribunal. En un primer momento, se sintió tentado de ignorar la culpabilidad: tal vez su consciencia de culpabilidad es lo que le hace interesarse tanto por su propia defensa; y, si esto es así, entonces el tribunal tiene razón y el protagonista es culpable.

El tribunal no llega a convencerse jamás de la inocencia de la persona acusada. Por eso, K. se siente ante la realidad de la culpabilidad existencial, asociada al miedo que obsesionaba al propio Kafka, quien veía una probable culpabilidad en todo pensamiento y acción. Es posible que su actitud sea una reacción arrogante ante los problemas de la existencia, pero en vez de admitir esta posibilidad acusa al tribunal de ejercer mal sus funciones o argumenta que nadie puede ser culpable, puesto que todos los hombres son iguales, lo cual deja de tener sentido en el momento en que se admite lo contrario: que todos los hombres son culpables. En la novela, el mundo parece inspirar culpabilidad. Y el tribunal posee ciertos paralelismos con la relación que mantenía Kafka con su padre: aunque tiene la autoridad absoluta, es imperfecto, y mantiene una relación de necesidad de aceptación sin la que se siente desgraciado, y le incita a acudir una y otra vez a él.


Tres. La imagen de K.

Para ser un hombre supuestamente inocente, se preocupa en exceso de su imagen pública. A medida que avanza el tiempo, comienza a sospechar y poco a poco se da cuenta de que más gente sabe que es culpable; incluso que sepa más del caso que él mismo. Sus reacciones son las de un hombre consciente de su culpabilidad, temeroso de que su secreto llegue a ser de dominio público. La atmósfera de la novela, en la que parece un sueño, podría dar a entender que todo sucede en la mente del protagonista, como si de una terrible pesadilla se tratase.

Es posible que K. sea la víctima de una organización injusta, pero también cabe que tanto el tribunal como K. estén equivocados. Todos le advierten que asuma su circunstancia: tal vez K. busque un ideal en un sistema imperfecto. Es evidente que el retrato que hace del tribunal es un elemento de crítica social, no sólo hacia la burocracia, como dijimos anteriormente, sino como sistema que aliena al hombre y lo mantiene en un estado de constante perplejidad.

En lo que se refiere al abogado, al pintor y al sacerdote -pues en las mujeres busca una relación sensual-, busca sus consejos para luego rechazar sus ayudas. Esto refleja lo desilusionado que se encuentra K. respecto a la ley. Tanto Titorelli como Huld son personajes dudosos y estrafalarios, sobre todo el pintor, que parece más dispuesto a ayudarlo. El sacerdote muestra su superioridad moral y espiritual en todo momento: la religión parece tener la respuesta a los problemas de la existencia. Cuando le dice que nadie puede ayudarlo, es cuando K. comienza a confiar en sí mismo.

Este capítulo es muy importante, pues es cuando le cuenta la leyenda del hombre ante el guardián, que comentaremos en el siguiente capítulo, pues si El Proceso representa el mundo de un hombre dividido interiormente, inseguro de estar en la realidad, resulta lógica la inclusión de un elemento religioso.

Al final de la novela, acepta su destino. Dos hombres vienen a buscarlo, sin avisar, con un propósito definido: K. ni siquiera se plantea una huida. Tan sólo una mínima resistencia. Sabe que va a morir, pero no hace nada. La ley vence: él es un sujeto sin voluntad. Es acuchillado, y sus últimas palabras, como un perro, resuenan en toda la novela. Muere en un estallido de amargura y rabia. Pero nunca furia: muere como ha vivido su culpa.


Cuatro. La Ley.

El verdadero leitmotiv que marca el rumbo de El Proceso fue la relación de su autor con Felice Bauer. Los paralelismos existentes, entre la novela y el noviazgo, son muy claros, tal y como lo ha puesto de manifiesto Elías Canetti. Hay hasta una cierta identidad de los nombres de los personajes con la realidad: la señorita Bauer sería la señorita Burstner y la amiga de ésta, la señorita Montag, encarna, a su vez, la figura de Grete Bloch (amiga de Felice y madre del único hijo que tuvo Kafka); por su parte, el nombre de Josef tiene tantas letras como el de Franz, y K. es obviamente la inicial del apellido Kafka. Pero si éste fue el marco, en él Kafka desarrolló una historia repleta de senderos.

Kafka, como Kierkegaard o Unamuno, fue existencialista, pues su vida fue una constante pregunta acerca del sentido de la misma. Pero Kafka no halló soluciones, al menos aparentemente: se quedó en la paradoja y el aforismo. Precisamente de sus aforismos (incluidos en el volumen Meditaciones bajo el título Consideraciones sobre el pecado, el sufrimiento, la esperanza y el camino verdadero), podemos extraer las líneas fundamentales del pensamiento de Kafka: la verdad, tal y como nos la muestra el mundo, no es susceptible de ser conocida; la salvación sólo pasa por creer en un dios personal (algo que permanezca siempre indestructible) tomando como instrumento para alcanzarlo la paciencia.

Algunos críticos como Harold Bloom han querido relacionar este esquema de pensamiento con la idiosincrasia hebrea: como dijo el propio Bloom, Kafka no era un escritor religioso sino un escritor que hizo de la literatura una religión.

Un ejemplo vendría a ser la parábola Ante la ley que, en el capítulo llamado Visita a la catedral, relata el sacerdote a Josef K. El sacerdote compara a K. con el hombre del campo que llega ante la ley. Este hombre, al llegar a las puertas de la ley, se topa con un portero que le prohíbe la entrada en ese momento, pero que no excluye la posibilidad de que un día pueda hacerlo. El error principal del hombre es creer al portero y considerar lo que dice como «verdadero». Tras esperar toda una vida, el hombre sabe que esa puerta estaba ahí para él y que podría haber entrado en el momento que hubiera querido. Aunque la postura del hombre pueda ser tachada de indolente por su pasividad, en realidad no lo es: tanto el hombre de la parábola como Kafka mismo hacen todo lo que pueden para entrar en la Ley. Una Ley que es visualizada como una fuerte luz que emana detrás de las puertas.

La leyenda relata que el hombre viene desde lejos para entrar dentro. Es la historia de una búsqueda, la búsqueda de quien ha recorrido un camino demasiado largo para llegar a una puerta, punto de encuentro entre lo de dentro (la Ley, la Luz, Dios) y lo de fuera (el mundo, la realidad tal cual es percibida por los sentidos), entre lo abierto y lo cerrado.

Aunque las interpretaciones, tal y como afirma Kafka por boca del sacerdote, son múltiples, podríamos decir que estamos ante la eterna búsqueda de la felicidad (tanto del personaje como la del creador). Pero para lograrlo es necesario el conocimiento de la Verdad y para que el hombre pueda vivir «en la verdad y no ante la verdad», es necesario no creer al hombre (pues éste la desconoce). Los paralelismos entre la Ley Divina y la Ley Humana son evidentes: tanto los sacerdotes como los jueces se equivocan al aplicar la Ley porque desconocen la Verdad que ella encarna. La única salvación para Kafka es buscarla dentro de uno mismo, encontrar lo indestructible y crearse un dios personal. El vehículo para conseguirlo es la paciencia (que puede ser confundida con la indolencia que muestra K. en El Proceso).

Así las cosas, podríamos afirmar que la Ley que regula tanto la vida como la obra de Kafka no es otra que la confianza en lo indestructible que hay en nosotros y que por largo que resulte el camino hay que recorrerlo (se ha sabido gracias a Max Brod, albacea y amigo personal de Kafka, que El Proceso es una novela inacabada quizá porque el proceso de K. en sí es inacabable).

Estoy de acuerdo con Harold Bloom cuando afirma que Kafka «no tiene esperanza, ni para él mismo ni para nosotros». Sólo podemos atisbar lo que Kafka pensaba de sí mismo en sus Diarios: pero Kafka era un escritor que nunca dejaba de serlo, por lo que no carecen de su sutil ironía. ¿Debemos creerlos a pies juntillas? ¿Son los pensamientos secretos verdaderos? Kafka es un escritor hermético; sus textos se ríen de las interpretaciones de los críticos, y dudo que fuera un hombre que escribiera exclusivamente como terapia: amaba la literatura por sí misma.


Cinco. Fenomenología de la muerte.

La obra de Kafka se ha definido con frecuencia como una fenomenología de la muerte, como una «tanatología». Y, ciertamente, en la mayoría de sus relatos y novelas aparece el tema de la muerte con un protagonismo obsesivo, ya sea como telón de fondo o como el final inexorable al que tienden los personajes. En Kafka encontramos, por esta razón, una de las más ricas imaginerías de la muerte en la historia de la literatura. Su acercamiento a este problema se realiza de un modo simbólico: la muerte, aunque se produce frecuentemente con una vulgaridad y banalidad terribles, supone un tránsito que conduce a la liberación. Así, la muerte va a mantener cierta trascendencia mística. Para Josef K., en El proceso, la muerte supone el final de una existencia angustiosa.

En su obra, la muerte no ofrece ninguna respuesta al hombre, su significado es un «dejar-de-estar-vivo». Por esta razón, Wiebrecht Ries la opone acertadamente a la muerte de Ivan Ilich, en la obra homónima de Tolstoi, en la cual la agonía forma un proceso continuo con el acto de morir y con la transformación de la muerte en luz. Así pues, la muerte en la obra de Kafka ofrece una imagen ambivalente, fruto de las mismas convicciones del escritor. En sus Diarios y en su correspondencia leemos que para Kafka la muerte no suponía un trauma, más bien era un fin anhelado. Su miedo no tenía por objeto la muerte, sino el morir, sobre todo el dolor que acompaña al morir. En una carta escrita a Milena: «¿Te asusta pensar en la muerte? Yo sólo tengo un miedo horrible al dolor… Por lo demás, uno se puede aventurar a la muerte». Sin embargo, este deseo de morir desencadenaba a su vez un pánico generado por la conciencia de esa voluntad autodestructiva, lo que le impulsaba a plasmar en sus escritos sus anhelos de muerte, algunas veces envueltos en una atmósfera onírica, en el que las fronteras entre la muerte, el sueño y la vigilia quedan indefinidas.


Seis. Final.

Auden llamó a Kafka el Dante del siglo XX. Era un escritor que escribía continuamente y con dedicación, pero en sus historias y novelas no sucede nada explicable y estas, aunque terminadas, podrían ser consideradas perfectamente fragmentos. Los diccionarios adoptaron el término «kafkiano»: el DRAE lo define como «Dicho de una situación: absurda, angustiosa», y algunos consideran sus historias surrealistas. Pero no hay nada de surrealista en Kafka, pues sus descripciones son «naturales» y «normales». Lo demás, la angustia, el peligro inminente, está siempre ahí. Sus historias, además, están repletas de humor, gracias al manejo extraordinario de la ironía. ¿Acaso no es la historia de K., vista desde una perspectiva más alejada, una comedia? Mientras en La metamorfosis es su familia el centro de su crítica y desazón, en esta es el aplazamiento de su boda con Felice Bauer, y es un ejemplo de cómo la vida y la literatura se cruzaban en Kafka. A medida que iban sucediéndose los acontecimientos en su vida, los iba plasmando en la novela, que incluso sin terminar tiene un orden lógico y no carece de cierta unidad. Quisiera concluir con uno de sus aforismos, en los que era todo un maestro:

Los cuervos afirman que un solo cuervo podría destruir los cielos.

Incuestionable es la cosa, pero no prueba nada contra el cielo, porque el cielo significa precisamente la imposibilidad de los cuervos


BIBLIOGRAFÍA

§ BLOOM, H.: El canon occidental. Barcelona, Anagrama, 1997.

§ CANETTI, E.: El otro proceso de Kafka: sobre las cartas a Felice, Madrid, Alianza, 1983.

§ HERNÁNDEZ, I.: estudio preliminar a El Proceso de Franz Kafka, Madrid, Cátedra, 1997.

§ KAFKA, Franz: El proceso, Barcelona, Lumen, 1975.

(C) Julio Caballero. Creative Commons License
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Sobre el Autor

Julio

La idea de este blog nació de la pasión por escribir y compartir con otros mis ideas. Me interesa la escritura creativa y la literatura en general, pero también la web 2.0, la educación, la sexualidad... Mi intención, en definitiva, es dar rienda suelta a mis pasiones y conocer las de otros; las tuyas. ¡Un saludo!

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