Amélie Nothomb no me vuelve loco
Érase una vez que me encontraba en una de las bibliotecas públicas de mi ciudad y, perdidos en la letra N, encuentro dos libros de Amélie Nothomb. Durante mucho tiempo ha estado “de moda”, como tantos otros antes; al principio recibía estas noticias como si fueran vacaciones, pero las editoriales han abusado tanto que lo tomo como el fuego desesperado del náugrafo para vender más ejemplares.
Me leí, por azares de la vida, un par de críticas literarias sobre Nothomb y me gustó eso que comentaba de que “publico uno de cada cinco que escribo”. En los últimos meses pareciera que estaba destinado a leer algo de una de las autoras en lengua francesa más reconocidas.
Los dos tomos de la Biblioteca Insular de Las Palmas son Estupor y temblores y Ácido sulfúrico. En la contraportada leí ambos argumentos y el de Ácido sulfúrico me pareció demasiado tópico -un Gran Hermano televisivo, otro ataque novelístico contra los reality shows-, así que elegí el primero.
Como todo lo que leo me produce curiosidad por el autor, me informé en la enciclopedia más ilustrada a mi alcance, la Wikipedia. Y ahí encuentro que -oh, sorpresa-, dice de Estupor y temblores:
Estupor y temblores (Stupeur et tremblements), Gran Premio de Novela de la Academia Francesa en 1999, y fue llevada al cine por Alain Corneau en 2003.
Esta coincidencia me recuerda a cuando leí Rojo Brasil, de Rufin, una novela dinámica, bien contada, con interesantes pasajes y con una prosa suelta y precisa, que había ganado el Goncourt. De lo que también me enteré más tarde.
Pues pensé exactamente lo mismo de ambas novelas: que son ligeras, un poco gaseosas -en el sentido de que no permanecen demasiado tiempo en la memoria-, divertidas -la de Nothomb mucho más, por supuesto-, y al mismo tiempo son agradables con el lector. No hay nada que lo perturbe ni inquiete. Uno puede pasar un buen rato leyéndolas. Y tienes la certeza de que son buenas novelas, sí, pero entonces te vuelves clasista y piensas que lo mejor de la literatura actual ha cruzado el charco.
Volviendo a Nothomb, volví a devolver el libro y saqué en préstamo, con la esperanza de volver a encontrar una historia interesante, Ácido sulfúrico. Mala suerte; cuando me dedico a avanzar dejando hojas atrás, es que la cosa acabará mal. No la terminé, pero en mi descargo tengo que decir que lo intenté remotar y algunas páginas más avancé.
Nothomb me deja la impresión de que escribe cuentos largos. Sus historias tienen una especie de halo de hiperrealidad, lo que le da una visión muy personal -y entiendo que esto es bueno-. Pero en la segunda novela me dejó perplejo. Los diálogos de Ácido sulfúrico me parecieron tópicos y excesivamente largos. Y aunque parece ir en la senda de haber localizado algún hallazgo, no termina de concretar las coordenadas en el mapa de su novela y da la impresión de quedarse a medio camino.
No me deja ganas de releer alguna de sus otras novelas -tema aparte es que tendría que comprármelas, y no me apasiona esa idea, aunque puede que en el depósito de la biblioteca tengan alguna más-.
Sí, Nothomb tiene un estilo preciso, es divertida, y sus historias son imaginativas -aunque la del reality show no es precisamente un tema original-. Creo que se desenvuelve mejor cuando lo autobiográfico tiene mucho peso en lo que escribe. Concluyo: para tenerla entre mis clásicos contemporáneos tendría que ocurrírseme un adjetivo más interesante que: amena.
Sin comentarios aún.
Añade tu Comentario