Daniel Pennac: decálogo para leer libros
Sé que no es nuevo -el libro se publicó por primera vez, en la edición que uso de Anagrama, en abril de 1993-, pero es de esos temas que escondes en la memoria y de repente ¡zas! te acuerdas sin venir a cuento. La memoria es un laberinto caprichoso.
Daniel Pennac, también novelista -al que no he tenido el placer de leer-, publicó Como una novela (Anagrama, 2001), un ensayo en forma de, yo diría, novela, para motivar a la lectura y, de forma indirecta, hacer hincapié en nuestras costumbres. Él es profesor de instituto, y en el ensayo se mezclan tanto las ideas del Pennac escritor como del Pennac profesor con experiencia en el aula.
Lo que más me llamó la atención es que Pennac dibuja la lectura de la misma forma que la veo yo: un acto aislado y donde uno establece reglas propias. Entre éstas, saltarse páginas, dejar libros a medias, retomar sólo fragmentos y, sí, también lectura de cabo a rabo. Su idea central es: ¿cómo motivar a la lectura a los jóvenes? Su respuesta es: otorgándole los mismos derechos que nos concedemos los adultos.
También es un recorrido muy interesante leer aquellos fragmentos donde habla de sus lecturas y experiencias, de los libros buenos y los malos. El dogma de “hay que leer”, los grandes autores universales, es un libro que es más práctico que, por ejemplo, Cómo leer y porqué, de Harold Bloom, donde el norteamericano intenta motivar a la lectura a partir de la comprensión y el placer estético de grandes obras universales, un poco al estilo de La verdad de las mentiras de Mario Vargas Llosa, o del Curso de literatura Europea de Nabokov.
…digamos que existe lo que llamaré una ‘literatura industrial’ que se contenta con reproducir hasta la saciedad los mismos tipos de relatos, despacha estereotipos a granel, comercia con buenos sentimientos y sensaciones fuertes, se lanza sobre todos los pretextos ofrecidos por la actualidad para parir una ficción de circunstancias, se entrega a ‘estudios de mercado’ para vender, según la ‘coyuntura’, tal o cual tipo de ‘producto’ que se supone excita a tal o cual categoría de lectores.
Sin lugar a dudas malas novelas.
¿Por qué? Porque no dependen de la creación sino de la reproducción de ‘formas’ preestablecidas, porque son una empresa de simplificación (es decir, de mentira), cuando la novela es arte de la verdad y (es decir, de complejidad), porque al apelar a nuestro automatismo adormecen nuestra curiosidad, y finalmente, y sobre todo, porque el autor no se encuentra en ellas, así como tampoco la realidad que pretende describirnos.
En suma, una literatura del “prêt a disfrutar”, hecha en moldes y que querría meternos en un molde.
No creamos que estas idioteces son un fenómeno reciente, vinculado a la industrialización del libro. En absoluto. La explotación de lo sensacional, de la obrita ingeniosa, del estremecimiento fácil en una frase sin autor no es cosa de ayer. Por citar únicamente dos ejemplos, tanto la novela de caballerías como, mucho tiempo después, el romanticismo se empantanaron ahí. Y como no hay mal que por bien no venga, la reacción a esta literatura desviada nos dio dos de las más hermosas novelas del mundo: “Don Quijote” y “Madame Bovary”.
Así pues, hay ‘buenas’ y ‘malas’ novelas.
La parte más interesante de su ensayo es, a mi juicio, a partir de que establece las reglas -diez- y el porqué de las mismas, que hace en capítulos sucesivos. Por más que sean conocidas, no me resisto a publicarlas de nuevo:
- El derecho de no leer un libro.
- El derecho de saltar las páginas.
- El derecho de no terminar un libro.
- El derecho de releer.
- El derecho de leer lo que sea.
- El derecho al bovarismo.
- El derecho de leer donde sea.
- El derecho de buscar libros, abrirlos en donde sea y leer un pedazo.
- El derecho de leer en voz alta.
- El derecho de callarse.
Recrea, así, el espacio privado de nuestra lectura, y nos recuerda que también los jóvenes -incluso los de espíritu- tienen derecho a abandonar, releer, leer en voz alta, saltar páginas o, más elemental: no leerlo jamás. Su clave es: libertad de elección.
Por lo tanto, Como una novela es un texto que recomiendo, también, a los que no quieran leerlo jamás. 😀
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